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viernes , 20 octubre 2017
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Nosotros

Orlando De Sola W.

Todo idioma tiene palabras especiales para expresar la persona. En nuestro caso se llaman pronombres y son: yo, salve tu, buy el, sovaldi sale nosotros, vosotros, ellos; con variantes regionales, como usted, y de género, como ella.

Obsesionados con el yo, a veces olvidamos que el nosotros, ese pronombre que expresa nuestra identidad colectiva, también contribuye a formar nuestra identidad personal.

Tenemos miedo al otro yo, expresado en el tu y el usted. Por eso nos desintegramos, llegando a segregarnos del ellos. La discriminación es una facultad que todos tenemos por ser libres. Cada vez que escogemos, discriminamos. Pero la libertad para escoger, ni la justicia, dependen del miedo, el odio y la envidia, sino de la compasión.

A menudo nos confundimos al decir “los otros”, en vez de nosotros. Al hacerlo perpetuamos ese conflicto entre lo plural y lo singular, lo femenino y lo masculino, lo propio y lo ajeno, tal vez sin darnos cuenta.

El ego, que es el yo en latín, sirve de plataforma al egoísmo. Su contrario, que es el altruismo, origina en “alter”, que significa otro en latín. Pero el otro yo colectivo, que es el ellos, no nos interesa lo suficiente para contrarrestar el egoísmo, que exagera nuestro bienestar personal, quizá por instinto de conservación, o supervivencia.

El yo es el pronombre mas importante en español, como en todo idioma. Y el nosotros, que es el yo colectivo, no se consolida en nación, excepto cuando sentimos peligro. Solo el temor nos une, nunca en el amor, que es fundamental para toda misericordia y perdón. Por eso el conflicto entre altruistas y egoístas, envidiosos y codiciosos, indignados e indiferentes, perdura, no por amor, sino por temor.

Abundan las ofensas y sus correspondientes defensas, contrastando con la escasa concordia, cuya cara cordial rara vez asoma; y cuando lo hace se viste de hipocresía. Cada vez que nos une la ansiedad, la incertidumbre, o el temor, saltan los agravios, llevándonos hasta el próximo ciclo de discordia. Y así continuamos en desorden, tratando de armonizar lo singular con lo plural, lo femenino con lo masculino, lo propio con lo ajeno, sin mayor éxito.

Pero hay una manera de ordenar el caos y alcanzar la tranquilidad: se necesita armonizar raciocinio con voluntad, que son nuestros principales poderes, disuasivos y persuasivos. No hacerlo nos hace débiles. Y cuando nuestra poca razón se combina con excesos de voluntad nos convertimos en seres caprichosos y autoritarios.

Por eso, para ser libres como individuos y como nación necesitamos acercarnos a la lógica, que no es común porque requiere de premisas y silogismos válidos, no de falacias, falsedades, o simulaciones.

Y nuestro aparato de justicia, igual que los órganos legislativo y ejecutivo, están plagados de falacias e hipocresía, aunque no es difícil comprender que no hay justicia sin verdad, ni misericordia. Y estas no brillan porque no se investiga, o se ocultan en forma deliberada para sostener la perversidad.

Muchos de nuestros procesos judiciales, publicitados o no, tienen sus raíces profundas en la alevosía, que es la indefensión de la víctima, o convertirla en victimario, por lo que a menudo la justicia se interpreta como correlación de fuerzas, o violencia institucional, que significa abuso ilegítimo de la fuerza bruta.

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