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Morir poco a poco

MORIR POCO A POCO
Por: Christopher Mathew López (11 años)

Aquel día me sentía de lo más solo en casa, salí al pórtico y me senté en una grada para esperar a mi madre y mi padrastro. Yo era nuevo en aquella colonia y no conocía a nadie, acababa de cumplir quince años y no tenia amigos con quien divertirme.
—¿Quieres un cigarro? – me preguntó Lucas, al verme solo y triste.
Lucas era mi vecino y todos los días se reunía con sus amigos en la entrada de su casa para fumar y beber. Yo sabía que a él sus amigos le llamaban “jefe”; mi padrastro también me había advertido sobre él, diciéndome que era una mala persona, aunque no me explicó las razones.
—No, no fumo— le contesté.
—Ándale, prueba— insistió—, solo los hombres de verdad fumamos.
—No, es que nunca he fumado.
—No te vas a morir por fumar, solo es un cigarro.
—Lo pensaré.
Mi mente me traicionaba, “solo será una vez”, pensaba. Pero mi conciencia decía “Tu mamá te van a regañar”. “No se darán cuenta” – contestó mi mente. En aquella batalla ganó mi mente y decidí tomar el cigarro. Al cogerlo mi mano temblaba, lo llevé a mi boca y aspiré profundamente, el humo quemó mi garganta y sentí que me asfixiaba.
Lucas se puso a reír mientras me observaba.  A los pocos minutos recobré el aliento y empecé a toser.
—Ves que no te vas a morir— dijo Lucas.
Le volví a dar otro aspirada y me empecé a reír. Aquella era una gran experiencia, aquel cigarro había elevado mi autoestima, ahora era todo un hombre, uno valiente, fuerte y malo, como Lucas y sus amigos. Me fui a la casa antes de que mis padres llegaran. Cuando llegaron me encontraron dormido. Al día siguiente, cuando mis padres ya no estaban, salí al pasaje, me encontré a Lucas de nuevo.
—¿Quieres otro cigarro? — me preguntó. Extendí mi mano.
—¿Te gustó él de ayer?
—Primero sentí que me asfixiaba, pero después me gusto la sensación en mi cabeza.

Así pasaron los días, mientras mis padres no estaban yo salía a la calle y me reunía con Lucas y sus amigos, con quienes empecé a tener una gran amistad. A mi madre y mi padrastro había dejado de importarles, ya no me daban el estudio y querían que pasara solo en la casa, tampoco me dejaban comida hecha y me tocaba hacerla, cuando no tenía ganas de cocinar iba a la tienda y compraba alguna golosina, y con eso pasaba el rato mientras llegaba Lucas con cigarros que me quitaban el hambre.
Un día llegó Lucas con unos amigos y tocaron a mi puerta.

—Veníte, vamos a un lugar— me dijo.
—¿Adonde?
—Vos solo sígueme.
Dejé de preguntar, solo los seguí, no me preocupé por lo que mi madre y mi padrastro dijeran; sentía un desapego a ellos que ya no me importaba. Ahora sentía un gran aprecio por Lucas y mis amigos. Llegamos a un lugar grande en medio de un bosque. Pude  observar a tres jóvenes que colocaban unas botellas de vidrio sobre unos troncos.
Lucas me tomó del hombro y me llevó a un lugar alejado de las botellas. Sacó de su bolsón un revólver y me dijo.
—Mira, lo que vamos a hacer no es fácil, por eso hay que practicar.
Lucas sacó de su bolsón seis balas doradas y las colocó en el tambor del revólver.
—¿Vez esta arma? — me preguntó. Yo sentía miedo, a pesar de eso afirmé con la cabeza.
—Ahora vas a apuntar a aquellas botellas y les vas a disparar. ¿entendido?
—Sí – le dije. Lucas me dio el revólver.
Mi cuerpo temblaba, nunca había tomado un arma y me daba miedo dispararla.
—¿Co…cómo se dispara? – le pregunté.
—Averígualo tú mismo.
En aquel momento pasaron en mi mente todas las películas de asesinos que había visto en la televisión, aunque no se sentía igual en la vida real.  Levanté el arma a la altura de mi hombro, apunté a las botellas y halé el gatillo. ¡Bang! El arma había disparado, sentí  como me doblaba el brazo y me lanzaba hacia atrás. Sentí miedo, pero entre rizas de mis amigos me levanté y me alisté a disparar de nuevo; esta vez cerré los ojos y halé el gatillo, esta vez no me caí y para suerte mía le había dado a una botella, la cual se había hecho
añicos. Cuando terminé me sentía poderoso, si el cigarro me había hecho sentirme hombre, aquella arma me había convertido en un
super héroe.
—Si la quieres es tuya— me dijo Lucas.
—¿El qué?
—El revolver, si lo quieres es tuyo.
—¡Ah!, ¿en serio?
—Sí, mi “broder”, es un regalo de todos nosotros.
—¿En serio? ¡muchas gracias!
Lucas también me regaló una caja con balas, de inmediato tomé seis y cargué el revolver, no iba a andar un arma descargada por la calle. Cuando regresé a la casa, vi que la puerta estaba abierta, se me hizo raro porque aun no era la hora que llegaran mis padres.
Cuando entré estaba mi mamá, mi padrastro y mi hermano, este último había llegado de los Estados Unidos y nadie me había dicho nada. Mi mamá no estaba muy contenta, mi padrastro se miraba molesto, pero no me importaba, sabía que él no me quería y yo no
lo quería porque era un borracho.
—¡Que grande estás! – dijo mi hermano. Asentí con la cabeza.
—¿Dónde andabas?
—Con mis cheros —dije.
—¿Qué traes en el bolsillo? —preguntó mi padrastro.
—Nada —contesté.
—¡Eso es un arma! —dijo sorprendido.
—¿Qué cosa? —dije haciéndome que no sabía.
—¡Eso que tienes en tu bolsillo, pasmado! Me quedé callado, me había descubierto.
—¡Vos, seguro ya te hiciste maleante! —me gritó.
—¿Qué estás diciendo? – dijo mi mamá.
—Que tu hijo es un maldito maleante. No ves que anda un arma.
—¿Un arma? —preguntó sorprendida.
—¿Es cierto eso Christopher?
En ese momento me armé de valor.
—Sí es cierto, me la dieron mis amigos, los que se preocupan por mí, los que han estados todos estos días conmigo, mientras ustedes me dejaban abandonado a mi suerte.
—Eres un estúpido— dijo mi padrastro y me dio una bofetada que me lanzó al suelo.
En ese momento me enfurecí tanto que saqué el revólver de mi bolsillo y le disparé a mi padrastro. La bala le dio en el pecho y cayó al suelo, un charco de sangre empezó a inundar el piso. Mi madre y mi hermano estaban muy asustados. Mi hermano se abalanzó sobre mí, me quitó el revolver y me sujetó de las manos para que no huyera del lugar. Mi cuerpo temblaba, no podía creer lo que había hecho. Empecé a llorar. La policía llegó a los pocos minutos y me esposaron. Mi mamá lloraba sin parar y les decía a los policías que no me dejaran ir.
—¡Mamá perdóname! —le dije cuando
pasé cerca de ella.
—¡Yo no soy tu madre! —me gritó.
—¡No, mamá, perdóname! ¡no digas eso!
—¡Es la verdad, maldito! — gritó—. Yo no soy tu madre, tú eres adoptado.
—Mamá, ¿por qué dices eso?
—Es la verdad, eres adoptado y ojalá te pudras en la cárcel, desgraciado.
Aquellas palabras fueron el eslabón que llenó los rompecabezas de mi mente, por fin entendí por qué nunca recibí el amor que todos los padres dan a sus hijos.

El juez me juzgó como un adulto y me dio veintidós años de cárcel. Me encerraron en una celda escalofriante, adentro estaban otros once delincuentes, todos ya habían tomado su lugar para dormir, no me tocó de otra que dormir en el suelo de cemento y  currucarme para cobijarme con una pequeña cobija que me habían proporcionado. La celda olía a sudor, heces y orina, pasaron varios días hasta que mi nariz se acostumbró y dejó de darme nauseas. Durante muchas noches no pude dormir,  pensando en la muerte de mi padrastro, pero lo que más me afectaba era lo que mi madre me había dicho: “no eres mi hijo”.
Con el tiempo me acostumbré a la comida asquerosa de la cárcel, me acostumbré a ver asesinatos frente a mí, me acostumbré a que no debía confiar en nadie, me acostumbré al infierno en la tierra.

Cumplí los veintidós años de mi condena, porque nunca quisieron darme libertad condicional. Salí cuando tenia treinta y siete años.
Cuando estuve en la calle no sabía que hacer, ya no contaba con el apoyo de nadie, de mi madre no volví a saber nada, de mi
hermano menos. No tenia a nadie, en ese momento me acordé de Lucas y pensé que tal vez podría contar con él. Caminé mucho hasta que mis piernas ya no pudieron más, la noche llegó y con ella el hambre y el sueño; me acosté en la acera y me dormí soportando el frio de la intemperie. A la mañana siguiente, desperté adolorido, la gente pasaba a mi lado ignorando mi presencia. El hambre hiso que me levantara para ir a buscar algo de comer, pero no encontré comida por ningún lado, el día pasaba lento, me dolía el estómago y la cabeza, me acosté de nuevo sin comer. Al día siguiente tenía dolor de estómago, vomito, fiebre y dolor de cabeza, pensé que no iba a sobrevivir ese día. Al medio día sentí un dolor agudo en mi corazón, y empecé a temblar, sabía que era un paro
cardiaco, pero no sabía la gravedad. A los pocos minutos el dolor fue bajando. Un señor de camisa blanca se sentó junto a mi en la acera, me puso en la mano dos monedas y me dijo que me las daba para comer. Como el pecho aun me dolía no le pude dar las gracias.
—¿Has aceptado a Cristo en tu corazón? —me preguntó.
Negué con la cabeza, sin saber de qué me estaba hablando.
—¿No lo quieres aceptar?
—¿Qué sucederá si lo acepto? —pregunté casi sin aliento.
—Si lo aceptas, Cristo limpiará tu corazón de todos tus pecados, para que cuando mueras tu alma pueda entrar al cielo. Empecé a llorar, mi vida había sido un caos y no creía que mi alma se hubiera ganado el cielo.
—Oremos —me dijo.
El pronunciaba una oración que me parecieron las palabras más dulces y llenas de esperanza que jamás escuché en mi vida. Las repetí en mi interior, porque el dolor en mi pecho no me dejaba hablar. Al terminar la oración, cerré los ojos y pude sentir como moría poco a poco.

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