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sábado , 23 junio 2018
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Monseñor Romero: el sociólogo de los pobres (2)

René Martínez Pineda *

Monseñor Romero, el sociólogo de los pobres por antonomasia y audacia, edificó una hermosa metáfora de la revolución con la noción de Dios, hasta nacionalizarlo usando las homilías como trámite migratorio y poner el tiempo convulso como testigo de los niños de la calle, de los desnudos cotidianos, de los que nadie recordaba, de los que caminaban solos y descalzos en el nutrido serpentario de la pobreza y, no obstante, tenían buenos sueños que despertaban con bombas apuradas. En la homilía del 10 de Junio de 1979 (a unos días de las masacres en la Catedral Metropolitana, el 8 y 22 de mayo, que dejaron como saldo más de 20 militantes del Bloque Popular Revolucionario –BPR- asesinados a plena luz del día por los cuerpos de seguridad del Estado) Monseñor dijo: “Este Dios maravilloso es el Dios que los cristianos hemos seguido adoptando (nacionalizando para sentirlo suyo), es decir que es el Dios popular. Este es el Dios de la revelación; no necesita grandes abstracciones ni filosofías de Atenas. No es un Dios de los filósofos. Es el Dios que decía Cristo: Padre, te doy gracias porque has revelado estas cosas a los sencillos, a los humildes. ¡El Dios de los humildes!”. Parecía que, consuetudinariamente, Monseñor le daba vigencia mundana a los diez mandamientos para enfrentarlos a los diez mandamientos de la dictadura militar que privilegiaba el “sí matarás” en nombre del capital.

Ese tipo de mensajes son los que llevan a concluir que Monseñor fue el líder que botó el muro entre lo laico y lo religioso, entre lo teológico y lo político y descubrió la realidad tal cual es: una obra viva y en movimiento como suma del coraje popular. Sociológicamente, esos mensajes fueron una propuesta política de movilización social que sacó al pueblo de las iglesias; que enriqueció de secretos la noche; que usó la densa oscuridad del país para bautizar insurrecciones y resucitar esqueletos; que hizo clandestinas las sombras de la calle y las hizo cómplices de la justicia social. “El cristianismo no es un museo. Me da lástima pensar que hay gente que no evoluciona y que dice: Todo lo que ahora hace la Iglesia está malo porque no es como cuando nosotros lo hacíamos cuando éramos niños. Y recuerdan su colegio y quisieran un cristianismo estático como museo de conservación. No es para eso el cristianismo ni el evangelio. Es para ser fermento de actualidad y tiene que denunciar no los pecados de los tiempos de Moisés y Egipto, ni de los tiempos de Cristo, Pilatos, Herodes y del imperio romano, son los pecados de hoy aquí en El Salvador los que les toca vivir, el marco histórico. Este germen de santidad y de unidad tenemos que vivirlo aquí en la tremenda realidad de nuestro pueblo concreto… la tremenda realidad de los desaparecidos y asesinados, de tantos cadáveres sin identificar…”. (Homilía 17 de junio de 1979).

Como todo líder histórico, Monseñor fue duro en la denuncia que quemaba la tristeza, la ignominia de la explotación y la cruenta traición del pueblo reprimiendo al pueblo por treinta y dos monedas; y fue punzante en el llamado a tomar el turno del ofendido que propuso Roque. “También se prostituye la misa dentro de nuestra Iglesia cuando se celebra por codicia, cuando hemos hecho de la misa un comercio. Parece mentira que se multipliquen las misas solo por ganar dinero. Se parece al gesto de Judas vendiendo al Señor, y bien merecía que el Señor tomara nuevamente el látigo del templo para decir: Mi casa es casa de oración y ustedes la han hecho cueva de ladrones”, (Homilía 30 de junio de 1979).

Como singularidad sociológica, Monseñor Romero fue el líder carismático de una iglesia que tenía como púlpito la calle, lo cual le permitió asumir, con más eficacia, el compromiso social durante una dictadura militar que basaba su gobernabilidad en la represión masiva y selectiva, y le posibilitó convertir la iglesia de los pobres en un espacio de reflexión colectiva y hacer el maravilloso milagro de la conciencia política desde el evangelio. “Podemos presentar junto a la sangre de maestros, de obreros, de campesinos, la sangre de nuestros sacerdotes. Esto es comunión de amor. Sería triste que en una patria donde se está asesinando tan horrorosamente no contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de una Iglesia encarnada en los problemas del pueblo… y la represión era el más apremiante de esos problemas”, (Homilía 30 de junio de 1979).

A finales de los años 70, la única voz que denunciaba abierta y valientemente la represión contra del pueblo era la de Monseñor Romero, y eso mantenía la llama del movimiento de masas, pues era el apoyo estratégico y autoridad moral de la hermosa locura del cambio social que se escondía en el monte y en la balanza que cambiaba de mano para instaurar el equilibrio entre el delirio y la utopía del agua bendita fluyendo del chorro público y de las pupilas de lo eterno. “La muerte es signo de pecado cuando la produce el pecado tan directamente como entre nosotros: la violencia, el asesinato, la tortura donde se quedan tantos muertos, el machetear y tirar al mar, todo eso es el imperio del infierno. Son del diablo los que hacen la muerte. La experimentan los que le pertenecen al diablo. Colaboradores, agentes del demonio, impostores de algo extraño que no cabe en el plan de Dios. Por eso la Iglesia no se cansará de denunciar todo aquello que produce muerte. La muerte, aun la muerte natural, es producto y consecuencia del pecado”, (Homilía 1 de julio de 1979).

Solo un líder como Monseñor Romero era capaz de usar palabras de constructos diferentes de esa forma fulminante que dejaba atentos y absortos a todos, una voz de amor y lucha a cuatro vientos, un soplo de inspiración y compromiso social que aceleró el fuego para convertir en ruinas el infierno del capital. Monseñor Romero, como singularidad sociológica, creyó en su camino, en su voz, en su silencio, en su denuncia que anunciaba, en su resplandor de imaginario colectivo que desde el púlpito alumbraba a los humildes y asustaba al testaferro del fusil, al traidor de las lisonjas, al vendedor de ropa vieja en cajas nuevas. Para Monseñor Romero, ser el sociólogo de los pobres fue una opción, un acto de rebeldía y fue su manera de amar al pueblo en el que resucitó.

*René Martínez Pineda
Director de la Escuela de Ciencias Sociales UES

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