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Medellín: contexto, significado y memoria (II)

Luis Armando González

Preocuparse por el gozo y la esperanza, las angustias y tristezas, de los seres humanos, especialmente de los pobres y afligidos, supone preocuparse por las condiciones económicas y sociales en las que estos viven. El Decreto Ad gentes divinitus lo dice con claridad:

“trabajen los cristianos y colaboren con todos los demás hombres en la recta ordenación de los asuntos económicos y sociales… Tomen parte, además, en los esfuerzos de aquellos pueblos que luchando con el hambre, la ignorancia y las enfermedades se esfuerzan en conseguir mejores condiciones de vida y en afirmar la paz en el mundo”1.

Con los pies bien puestos en la realidad que les toca vivir, los obispos reunidos en Medellín hacen suyos los graves problemas del continente.

“América Latina –sostienen— vive bajo el signo trágico del subdesarrollo, que no sólo aparta a nuestros hermanos del goce de los bienes materiales, sino de la misma realización humana. Pese a los esfuerzos que se efectúan se conjugan el hambre y la miseria, las enfermedades de tipo masivo y la mortalidad infantil, tensiones entre las clases sociales, brotes de violencia y escasa participación del pueblo en la gestión del bien común2”.

En la misma línea, hacen suya la principal novedad que plantea esa realidad: las ansias de emancipación y de liberación.

“Estamos en el umbral de una nueva época histórica de nuestro continente –dicen—, llena de un anhelo de emancipación total, de liberación de toda servidumbre, de maduración personal y de integración colectiva. Percibimos aquí los preanuncios de la gestación de una nueva civilización… No podemos dejar de descubrir, en nuestra voluntad cada día más tenaz y apresurada de transformación, las huellas de la imagen de Dios en el hombre, como un potente dinamismo”3.

O dicho de otra forma: “nuestros pueblos aspiran a su liberación y su crecimiento en humanidad, a través de la incorporación y participación de todos en la misma gestión del proceso personalizador”4. Liberarse y crecer en humanidad supone transitar de condiciones de vida menos humanas a condiciones de vida más humanas. Aquí los obispos se remiten a Pablo VI quien, en su Encíclica Populorum progressio, sostuvo que el verdadero desarrollo “es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas. Menos humanas: las carencias materiales de los que están privados del mínimum vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo. Menos humanas: las estructuras opresoras, que provienen del abuso del tener y del abuso del poder, de las explotaciones de los trabajadores… Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, la victoria sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura. Más humanas también: el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza”5.

El contexto de América Latina exige de los cristianos “claridad para ver, lucidez para diagnosticar y solidaridad para actuar”6. Con ese espíritu, los obispos dan un paso trascendental: introducen la noción de “signos de nuestros tiempos”, lo cual quiere decir que “las aspiraciones y clamores de América Latina” se interpretan como “signos que revelan la orientación del plan devino operante en el amor redentor de Cristo que funda estas aspiraciones en la conciencia de una solidaridad fraternal”7.

Así pues, en Medellín los obispos asumen que la liberación es la aspiración más importante del Pueblo de Dios. Y, de cara a esa aspiración, especifican el aporte que la Iglesia está obligada a ofrecer por fidelidad al plan de Dios en la historia: a) ofrecer una visión integral del hombre y de la humanidad, así como una visión integral del hombre latinoamericano; b) ser solidaria con las responsabilidades que han surgido en esta etapa de transformación de América Latina; y c) alentar los esfuerzos, acelerar las realizaciones, ahondar en el contenido de ellas, penetrar el proceso de cambio con los valores evangélicos8. Ahora bien, como paso previo, la Iglesia latinoamericana debe “purificarse en el espíritu del Evangelio”, “vivir una verdadera pobreza bíblica” para poder, entre otras cosas, “inspirar, alentar y urgir un nuevo orden de justicia, que incorpore a todos los hombres [y mujeres] en la gestión de las propias comunidades”9.

En su “Llamamiento final” los obispos reunidos en Medellín dicen lo siguiente:

“Llamamos a todos los hombres de buena voluntad para que colaboren en la verdad, la justicia, el amor y la libertad, en esta tarea transformadora de nuestros pueblos, al alba de una nueva era… Queremos también advertir, como un deber de nuestra conciencia… a aquellos que rigen los destinos del orden público. En sus manos está una gestión administrativa, a la vez liberadora de injusticias y conductora de un orden en función del bien común, que llegue a crear el clima de confianza y acción que los hombres latinoamericanos necesiten para el desarrollo pleno de su vida. Por su propia vocación, América Latina intentará su liberación a costa de cualquier sacrificio, no para cerrarse sobre sí misma, sino para abrirse a la unión con el resto del mundo, dando y recibiendo en espíritu de solidaridad”10.

Quizás el mayor significado de Medellín estriba en haber vinculado a la Iglesia con los procesos de liberación que marcaban a América Latina en aquellos momentos y que, en las dos décadas siguientes, dieron pie a un espiral de violencia estatal y paramilitar que golpeó con dureza no sólo a laicos, sino a miembros de la Iglesia. Esa Iglesia que vivió la persecución, la tortura y el asesinato, vividos por campesinos, obreros, estudiantes y profesionales, supo leer los “signos de los tiempos” y supo ser una Iglesia de los pobres. Transcurridos cinco décadas desde aquellos tiempos memorables, muchas cosas han cambiado en la Iglesia y en la realidad latinoamericana. El olvido y la desmemoria son la peor amenaza que se cierne sobre lo realizado por quienes aportaron compromiso y sacrificio en el pasado reciente de nuestras sociedades. Esta etapa de la Iglesia latinoamericana –sin la cual no se entiende la vida, obra y muerte del beato Oscar Arnulfo Romero— corre el riesgo de quedar sepultada en los resquicios más inertes del olvido.

No hay que permitirlo. Hay que mantener vivo el recuerdo, los compromisos y las prácticas de inserción socio-política suscitadas por Medellín –y cimentadas en Puebla en 1979—, de forma tal que la buena nueva de Jesús de Nazaret siga llegando a quienes son violentados en sus derechos y su dignidad por minorías que concentran el poder y la riqueza.


1. Decreto “Ad gentes divinitus”. En Documentos completos…, p. 370.

2. II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Medellín. “La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio”. En Río de Janeiro, Medellín, Puebla, Santo Domingo. Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano. Santafé de Bogotá, CELAM, 1994, p. 88.

3. Ibíd., p. 95.

4. Ibíd., pp. 89-90.

5. Pablo VI, Populorum progressio, Nos. 20 y 21.

6. Ibíd., p. 88.

7. Ibíd.

8. II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano…, p. 89.

9. Ibíd., p. 91.

10. Ibíd., p. 92.

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