web analytics
Página de inicio » Suplemento Tres Mil | 3000 » ¡Mamá, el muerto se mueve!

¡Mamá, el muerto se mueve!

 

Marlon Chicas

El Tecleño Memorioso

El fenómeno de la muerte es entendido por los escépticos como el final de todo, para el creyente el inicio de una nueva vida, de la que nos habla Nuestro Señor Jesucristo en su palabra a través de los tiempos, el tema de la muerte es un tópico del cual poco se habla o se evade. Sin embargo, existe otro tipo de muerte, el cual se continúa estudiando en el campo de la medicina, de la que Santa Tecla guarda algunos relatos asombrosos, que a continuación detallo.

Comparto algunas de estas vivencias de mis antepasados y un servidor, en cuanto a este estado biológico la cual se presenta con menos recurrencia en la actualidad, que con el pasar del tiempo y desarrollo de la medicina, ha disminuido considerablemente, la “Catalepsia” (Muerte Aparente), el cual es un trastorno provocado por una enfermedad, alteración neurológica o por intoxicación de determinados fármacos (ansiolíticos, antidepresivos…), produciendo un efecto secundario como la depresión respiratoria. Normalmente puede durar tres días o menos, en los cuales una persona en estado de muerte puede ser enterrada viva y despertar dentro del ataúd.

El primero de los caso, tuvo lugar en 1921, en el barrio Belén, siendo testigo de ello la abuelita Clemen (+), quien fue invitada a las exequias u honras fúnebres; de la hija de una buena amiga de la familia de nombre Rosalía o Chalía (+), ya que dicha infante falleció de forma inexplicable, por lo que la misma fue velada en su humilde casa de habitación, por lo que se dispuso su mortaja (vestidura, sabana o sudario), en la que se envuelve un cadáver para su enterramiento, luego se colocó a la chiquilla sobre una mesa en el centro del improvisado tanatorio (sala de velación).

Luego de ataviarla con blancos atuendos, la pequeña yacía expuesta a la mirada de los dolientes y acompañantes, cubierta por rosas de varios colores, cantos y oraciones eran el marco de aquel funeral, pasadas las diez de la noche de manera sorpresiva, la niña se incorporó asustada por los llantos y arreglos florales sobre su infantil cuerpo, soltó un fuerte grito, aventando con violencia las flores que le cubrían, mientras lloraba amargamente, como es lógico tal acontecimiento provocó que los asistentes salieran en desbandada por lo ocurrido, días después del hecho, se supo que tal incidente influyo en la pequeña, no volviendo a ser la misma.

Un hecho similar sucedió en 1973, siendo el suscrito participe de ello,  en un extinto mesón del barrio El Calvario, junto a otros amigos de infancia, con quienes asistíamos asiduamente  a velorios en busca de tamales, pan dulce y café, ya que, dicha bebida, era prohibida para los niños en esa época, así mismo colectábamos cigarrillos para nuestros hermanos mayores, ya que estos eran obsequiados en el lugar, en tal ocasión tocó en suerte quedar junto a una madre con su inquieto hijo, el cual de forma recurrente se acercaba al ataúd, en el que yacía el cadáver de don Simon, el féretro estaba abierto, a fin de que los dolientes y amigos pasaran a honrar su cuerpo.

Cerca de la medianoche el niño notó algo extraño en el fallecido, por lo cual insistía a su progenitora – “Mamá, el muerto se mueve”, – ella lo reprendía diciendo – “Cállate, que te van a oír los dolientes”, – por lo que el niño continuaba con su señalamiento, de pronto, don Simón se levantó de su ataúd acompañado de una fuerte brisa que inundo el lugar, provocando que algunas mujeres cayeran de rodillas haciendo la señal de la cruz, otras desmayadas por el hecho, por su parte, algunos como dice el dicho “Por aquí es más derecho”, llevándose de encuentro sillas, cacerolas y hasta unos perros que aullaban por el griterío. Días después de este incidente don Simón falleció definitivamente. Manifiesto que lo anteriores relatos no son producto de la imaginación, los cuales guardó en mis reminiscencias de nuestra amada y única Ciudad de Las Colinas, hasta la próxima amigos lectores.

Ver también

Mirada de Gavilán

por Wilfredo Díaz