CLARABOYA
Álvaro Darío Lara
Urgido por el pálpito amatorio y por las visiones surrealistas, imagino que las noches o madrugadas del poeta Carlos Rodríguez (El Salvador, 1984) no le han dado tregua, hasta que éste ha logrado desembarazarse de tales tormentos, mediante la escritura de sus versos, contenidos en esta segunda publicación de su autoría, bajo el título de “Estados” (Agüero Editores, colección Vinilo 7”, No. 1).
Una poesía de formato breve, continuando la línea formal de su anterior libro “Espacio en el oleaje” (2021), donde el elemento marino y el entorno natural y agrícola del país constituyen el ambiente donde el poeta sigue experimentando el asombro y la intuición, tan característicos de la vocación poética.
En un ambiente nacional donde se confunde el oficio del poeta, su trabajo creativo, con la desmedida inmediatez por publicar y por la chocante teatralidad que rodea a los interminables recitales y festivales que se organizan por todo y por nada, la voz, repito, de los auténticos hacedores de la palabra pasa desapercibida muchas veces. Y qué bueno que se así, porque permite que éstos, desde su propia identidad y gracias a esa falta de innecesarios reflectores, desarrollen su labor en la paz, el silencio y la depuración que exige el trato con la poesía.
En mis lejanos inicios literarios, por gracia de los extraños dioses, tuve el privilegio de tener buenos maestros, que me recomendaron buscar la brevedad, la síntesis, antes de dar curso a los desbordamientos expresivos, que, con frecuencia, acarrean muchas hojas secas, y escaso verdor.
En esta brevedad, insistían en ejercitar las figuras propias de la estilística poética: la metáfora, la imagen, el símil, y otros valiosísimos recursos. Decía uno de ellos, que, a las personas, les resultaba difícil siempre redactar telegramas con precisión, se sentían más cómodos en la cháchara discursiva, que se extravía tan frecuentemente.
Fue muy grato, entonces, reconocer en la obra de Carlos Rodríguez ese trabajo en formas, casi epigramáticas, pero que reúnen esa condición de sugestivo arrobo poético. Por ejemplo, en el primer poema que abre su libro: “Sientes la polilla. / Tristes ramas. / Tristes pájaros. / Ojos que han sido criados/ para sacarte los cuervos”. (Poema 1).
El “sentir” la polilla ya presenta un sinsentido respecto a la lógica normal, al lenguaje objetivo ¿Cómo puede “sentirse” la polilla? La irracionalidad semántica, conceptual, tan propia de la poesía, se cumple en un verso de tres palabras. Luego la reiteración del adjetivo “tristes” con fines enfáticos. Y finalmente la inversión que efectúa, alterando el consabido refrán: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”, por el trastoque del lenguaje, al decir “Ojos que han sido criados/ para sacarte los cuervos”.
En un cortísimo poema de cinco versos, el poeta no sólo cumple con las características propias del lenguaje poético al torcer el sentido rutinario del lenguaje convencional; echar mano de la connotación, de la plurisignificación, y de la dimensión sonora del lenguaje mismo, esto es, el difícil arte del dominio rítmico, que en el verso medido viene dado por la métrica (ritmo exterior), pero que, en el verso libre, se convierte en ritmo interior.
Por lo apuntado, estamos frente a una poesía que es trabajada con rigor formal, con plena conciencia que la legítima emoción, el sentimiento, en literatura, no basta, ya que debe estar sostenido por el dominio técnico.
Una poesía vegetal y del dolor: “Mañana…/ seguirás siendo árbol, /pero sin el tallo de mis aspiraciones/ sin las cardinales ramas/ sin la flor que no llegó/ ni el aguamiel del beso…/ Hojarasca…/ lejos de la clorofila, / sólo neurálgica raíz con su hongo, /su bacteria”. (Poema 5).
Una poesía marina y de la fatalidad: “Desde la muerte, / Por el callejón de la niebla, / querrán volver mis ojos a besarte. / Me extenderá el mar/ su pergamino de sol, / esa arenosa fiebre de los amantes. / Me gritaré en silencio:/ ¡ciérrate campánula, que ya es muy tarde!”. (Poema 15).
La poesía de Carlos Rodríguez nos asalta con su plástica estilística: “Y esta azul distancia/ que en tus labios es verde”. (Fragmento del poema 17). O con sus particulares imágenes: “De mi corazón pende un murciélago/amoroso con su cría”. (Fragmento del poema 18).
El desamor atraviesa este poemario, demandando al poeta, en la sola noche de su verdad interior, cantar así: “Pasaste/ por el hambre azul de mi vereda / con la dulce carga de tu universo. /Arreciaba la tormenta, /parecía no importarte, / y tus ojos escribieron / tristemente tu nombre / en el cardíaco barro / y en los huesos del paisaje”. (Poema 28).
Un joven sencillo, dedicado al trabajo manual y al silencio, es el poeta Carlos Rodríguez. Y desde ahí, desde ese diálogo con los elementos de la naturaleza y con su corazón, escribe, con paciencia y con buena letra, sus poemas.
Sigo estando completamente seguro, que, de proseguir, ese ejercicio vital y literario, la poesía no le abandonará jamás.
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