Dagoberto Flores
Se dice, y yo lo creo, que no hay nada más fuerte en este mundo que el amor de madre. Puede ser que, a veces, por las condiciones asfixiantes de los hogares o por otras razones, las madres tengan que tomar decisiones difíciles que afectan a sus criaturas. Y esto sucede en todo el espectro del mundo animal, del cual los humanos formamos parte.
Muchas madres no quieren saber nada de política, y eso es comprensible. Su labor, cuando las condiciones se lo permiten, tiene como objetivo principal el cuidado y la protección de su descendencia.
La felicidad es un aspecto de la vida humana que no se puede medir. No hay aparato, por muy avanzada que esté la tecnología, que pueda determinar cuán feliz o cuán infeliz está una persona. Algo parecido sucede con el dolor. Los médicos le presentan al paciente una serie de caritas, desde la que muestra lágrimas en los ojos hasta la que tiene una sonrisa de boca a boca. —Dígame —dice el doctor—, en una escala del 0 al 10, ¿cuál es su nivel de dolor?
En la vida de todo recién nacido, los primeros años son los más cruciales. Nacemos solo con las defensas que el líquido materno nos ha provisto durante la gestación. De ahí para adelante, quizás nos proteja la pulsera de cuentas rojas que nos colocan en la muñeca, o un pedazo de paño o de hilo untado con saliva y colocado en la frente para curarnos el hipo, o que nos cubran con la camisa de un visitante que llega bien sudado para que no nos llegue «el mal de ojo». Y vaya usted a saber qué otras cosas más usaron nuestras madres para que venciéramos las enfermedades que atacan durante la infancia.
Sabiendo que la muerte puede llegar en cualquier momento, y más aún cuando se trata de infantes, instituciones serias dedicadas a la protección de la niñez comenzaron a contar cuántos muertos había y de qué edades. Así nació lo que ahora se conoce como «índice de mortalidad infantil». Como dije antes, no se puede medir la felicidad, pero sí se puede decir con mucha seguridad que, si en un país el índice de mortalidad infantil es pequeño, habrá más madres felices.
Una madre que llega al hospital con su hijo en brazos e hirviendo de fiebre no quiere saber nada del gobierno. Lo que le interesa es que los doctores le receten lo necesario para detener la diarrea, o para aliviar las picazones del sarampión, o que le den un ungüento para el pecho porque al cipotío le cuesta respirar. Alejada de las políticas del gobierno, no se entera de que buena parte de la protección de sus pequeños depende de las medidas que su gobierno haya tomado para mejorar la calidad de la salud materno-infantil y la infantil, por supuesto.
En los Estados Unidos, en 1993, el índice de mortalidad infantil era de 8,4 por cada 1.000 nacidos vivos (de aquí en adelante, todas las cifras son por mil nacidos vivos). Sin el dato exacto de nacidos vivos de ese año, no es posible calcular cuántos infantes fallecieron ni, por tanto, estimar cuántas madres perdieron un hijo. Afortunadamente para las familias, ese índice se ha venido reduciendo hasta llegar, en 2024, a un valor de 5,5.
Si se comparan esos años con El Salvador, por ejemplo, se observa que en 1993 la mortalidad infantil era de 40,1 y ya para 2024 fue de 8,8. Lo que refleja una gran mejoría. Esa estadística salvadoreña marcha de la mano con las demás repúblicas centroamericanas, encabezadas por Costa Rica y Panamá como las más sobresalientes.
Se podría argumentar que la diferencia tanto en lo económico como en el desarrollo tecnológico de los Estados Unidos con respecto a Centroamérica determina esa diferencia; y quizás lo sea, pero hay un ejemplo que se escapa a esta lógica. ¿Será posible que exista un país que, con menos recursos económicos y menos tecnología, obtenga mejores resultados en la salud materno-infantil y en el cuidado y la protección de la niñez?
Entre 1999, a mediados de la administración de Bill Clinton, y 2019, primera administración de Donald Trump, la mortalidad infantil de Cuba logró situarse por debajo de la de los Estados Unidos en varios años, e incluso de forma sostenida en la segunda mitad de la década de 2010. Un logro extraordinario para un país vilipendiado por los medios masivos de comunicación y asediado por leyes extraterritoriales en su contra emitidas por los Estados Unidos. Como preguntó Fidel Castro en uno de sus tantos discursos de denuncia: «¿Y este es el país al que atacan? Los que se nombran defensores de los derechos humanos».
Cabe resaltar que a partir de 2020 el índice de mortalidad infantil de Cuba va en ascenso. Las medidas coercitivas de Washington no son la única causa —la pandemia, la crisis energética y la escasez de insumos médicos también inciden—, pero sin duda agravan una situación ya vulnerable. ¿Cuántas madres tienen que pagar las medidas coercitivas de las políticas del actual inquilino de la Casa Blanca? Porque, aunque las madres decidan no meterse en política, es preciso concluir que ese índice, con toda la felicidad o el dolor que pueda producir, es en este caso resultado directo de las políticas de Washington.
Es fácil acusar al gobierno cubano de sus errores de tipo político-económico, que no dudo que los tenga, como los tienen todos y cada uno de los gobiernos de todos y cada uno de los países del mundo. Pero no reconocer que la felicidad o el dolor de las madres cubanas está siendo impactado por medidas coercitivas unilaterales de un país poderoso hacia otro débil resulta intelectualmente inconsistente. Eso explica el debate en la ONU. Eso explica por qué el canciller cubano se ha levantado de su curul para exigirle al representante de los Estados Unidos que no use el podio para lanzar vituperios. Eso explica por qué la abrumadora mayoría de los países miembros ha apoyado a Cuba contra el bloqueo.
Y esa es una razón para cantar con los cubanos: «¡Cuba, que linda es Cuba! ¡Quién la defiende la quiere más!».
Nota: las cifras de mortalidad infantil provienen del Banco Mundial (indicador SP.DYN.IMRT.IN), basadas en las estimaciones del Grupo Interinstitucional de las Naciones Unidas para la Mortalidad Infantil (UN IGME).
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