Por Raúl Palacios
La reciente votación de la Asamblea General de las Naciones Unidas volvió a dejar una realidad difícil de ignorar: por trigésima cuarta ocasión, la mayoría de los países del mundo condenó el embargo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos contra Cuba. El resultado fue favorable a la resolución presentada por La Habana, aunque con una disminución significativa de apoyos respecto a años anteriores: 130 votos a favor, 17 en contra y 25 abstenciones.
Sin embargo, más allá de las cifras y de las implicaciones geopolíticas derivadas de ellas, hubo un hecho que llamó especialmente la atención: el deterioro del tono diplomático durante el debate previo a la votación.
La confrontación entre el embajador estadounidense ante la ONU, Mike Waltz, y el canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, derivó en una interrupción poco frecuente dentro de un organismo donde tradicionalmente se respeta el derecho de palabra de los delegados y la solemnidad de los procedimientos. Diversos reportes periodísticos dieron cuenta de intercambios verbales tensos que obligaron a la presidencia de la sesión a intervenir.
Cada país tiene el derecho soberano de defender sus posiciones. Estados Unidos tiene pleno derecho a sostener que el embargo debe mantenerse. Cuba tiene igualmente el derecho de sostener que constituye una violación al derecho internacional y una agresión económica contra su pueblo. El debate político existe precisamente para confrontar esas visiones.
La cuestión que merece reflexión no es que las partes discrepen. La cuestión es cómo se expresa esa discrepancia.
Entre nosotros existe una palabra muy gráfica para describir determinadas conductas: «bajero». No necesariamente alude a la vulgaridad del lenguaje. Más bien describe la tendencia a abandonar la discusión de las ideas para
recurrir a recursos destinados a desacreditar personalmente al adversario o a provocar una reacción emocional.
Según las versiones difundidas por la prensa, el embajador Mike Waltz recurrió a referencias sobre relojes de lujo y privilegios atribuidos a dirigentes cubanos para sustentar su crítica al sistema político de la isla.
Pero cabe preguntarse: ¿qué relación guarda el precio de un reloj con la discusión sobre el embargo?
Si el propósito era defender la continuidad de esa política, lo esperable habría sido escuchar una exposición centrada en los argumentos que Washington ha sostenido durante décadas: derechos humanos, democracia, libertades políticas, seguridad nacional o cualquier otra razón que considere válida.
En cambio, cuando la discusión se traslada al terreno de los objetos personales o de la apariencia de los dirigentes, se corre el riesgo de abandonar la sustancia para entrar en el espectáculo.
Y lo más curioso es que ese tipo de argumentación admite respuestas igualmente efectistas.
Siguiendo la misma lógica, un representante cubano podría haber preguntado cuánto cuesta el traje, los zapatos o el reloj que utiliza un diplomático estadounidense durante una sesión de la ONU. También podría haber preguntado cuántos ciudadanos sin hogar podrían recibir ayuda con el valor de esas prendas en ciudades donde la indigencia constituye un problema visible y reconocido.
¿Aportaría eso algo al análisis del embargo? Probablemente no.
Sería simplemente devolver el golpe utilizando las mismas reglas de una discusión que ya abandonó el terreno de los argumentos.
Precisamente por eso considero que la reacción cubana de exigir una moción de orden tuvo una lógica comprensible desde el punto de vista reglamentario. Cuando una delegación considera que el orador se aparta del objeto del debate o incurre en expresiones impropias, tiene derecho a plantear una cuestión de orden. Corresponde entonces a quien preside la sesión determinar el procedimiento a seguir.
Lo ocurrido evidenció que la controversia había dejado de ser únicamente política para convertirse también en un problema de formas.
Y las formas importan.
La diplomacia no es un simple intercambio de opiniones entre adversarios. Es un mecanismo de convivencia internacional diseñado para que incluso los gobiernos más enfrentados puedan comunicarse sin que las diferencias desemboquen en conflictos de mayor envergadura.
Por esa razón existe el protocolo. Por esa razón existen normas de procedimiento. Por esa razón se establece quién tiene la palabra y cuándo corresponde responder.
Cuando esas formas se deterioran, el mensaje que recibe el mundo es que la confrontación pesa más que la deliberación.
La paradoja de este episodio es evidente. Estados Unidos intentaba persuadir a la comunidad internacional de la legitimidad de su posición respecto a Cuba. Sin embargo, el tono utilizado terminó desviando la atención desde el contenido de los argumentos hacia la forma en que fueron presentados.
Un buen argumento no necesita apoyarse en recursos teatrales. Mucho menos en alusiones personales.
Las grandes discusiones internacionales deberían resolverse mediante razones verificables, evidencia y principios jurídicos o políticos claramente
expuestos. No mediante exhibiciones destinadas a provocar titulares o reacciones instantáneas.
La ONU fue creada para elevar el nivel del diálogo entre las naciones, no para reproducir las formas más estridentes de la confrontación política contemporánea.
Por ello, independientemente de la posición que cada quien tenga respecto a Cuba, a Estados Unidos o al embargo, vale la pena recordar una verdad elemental: las ideas se rebaten con ideas, no con relojes. Y cuando los argumentos son sustituidos por insinuaciones personales, el debate pierde altura, la diplomacia pierde prestigio y todos terminan perdiendo algo de la seriedad que el mundo espera de ellos y lo ocurrido en la ONU hay un culpable responsable de recurrir a una bajera conducta y es el Embajador Waltz.
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