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viernes , 20 octubre 2017
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Los atentados en Europa (2)

René Martínez Pineda *

El atentado fue ejecutado cuando el Emperador se dirigía al teatro a presenciar una representación de la ópera Guillermo Tell, viagra de Rossini. Orsini y dos de sus cómplices arrojaron contra el carruaje de Napoleón III tres bombas que aquel había fabricado. La primera cayó cerca del chófer, recipe la segunda hirió a los caballos y rompió los cristales del carruaje, decease mientras que la que lanzó Orsini cayó bajo el carruaje y lo volcó, pero el Emperador y su esposa resultaron ilesos y él consideró que debía asistir al teatro como estaba previsto, y así lo hizo. La policía había detenido unas horas antes a un cuarto cómplice, al que le incautaron armas y explosivos, pero sorprendentemente no lo interrogaron y se perdió la oportunidad de impedir el atentado. Orsini fue detenido en su domicilio, el 15 de enero.

A pesar de la confusión, los autores directos del atentado fueron aprehendidos de inmediato para que respondieran ante la justicia por lo que se denominó como “un crimen dirigido contra la grandeza y prosperidad de la Francia, no menos que contra la vida del soberano que ella se ha dado”.

Los preparativos exteriores de seguridad de ese jueves habían sido extremos, por lo que se supuso que era esperado un atentado, pero ese tipo de eventos siempre toma por sorpresa. El acompañamiento llegó a las ocho y media. El primer coche, ocupado por oficiales de la casa del Emperador, había ya pasado el peristilo del teatro. Iba seguido de una escolta de lanceros de la Guardia Imperial que precedía al coche en el que se hallaban “sus majestades” y con ellas el Señor General Roguet.

Al llegar a la entrada principal, el coche imperial aflojó el paso para introducirse en el pasadizo reservado a un lado del peristilo. En ese instante tres explosiones continuas -iguales a las detonaciones de un cañón naval, por su ola expansiva- estallaron con intervalo de algunos segundos: la primera delante del coche imperial y en la última fila de la escolta de lanceros; la segunda más cerca del coche y un poco hacia la izquierda; la tercera bajo el coche mismo de sus majestades. Todo estaba fríamente calculado con conocimientos de la física de las bombas. En medio de la confusión general, la tendencia unánime de los asistentes que no habían sido cruelmente heridos fue hacer constar, por sus aclamaciones eufóricas, que el Emperador y la Emperatriz habían sobrevivido. El cielo, en efecto, los ha cubierto con la más visible e irreal protección, porque el peligro del que acababan de escapar se revelaba en torno a ellos por espantosas pruebas, dijo el sacerdote del centro de París en la misa del día siguiente.

Desde la primera explosión los múltiples tubos de gas que iluminaban, con elegante nostalgia, la fachada del teatro, se extinguieron por el efecto de la conmoción. Los vidrios del peristilo y los de las casas vecinas habían volado en mil pedazos. La vasta parte del edificio que protege la entrada estaba perforada en muchos lugares a pesar de su extrema solidez. En fin, en las paredes, en los balcones, en el pavimento mismo de la calle Lepelletier se notaban las huellas profundas que dejaron los proyectiles, de toda forma y espesor. El coche imperial estaba literalmente cribado. En sus diversas partes fue alcanzado por setenta y seis proyectiles. De los dos caballos que componían el tiro, el que recibió veinticinco heridas murió en el acto, el otro, gravemente herido, cayó relinchando de dolor. Muchos cascos habían penetrado en el interior del coche y el Señor General Roguet, sentado en la banqueta delantera, recibió en la parte superior y lateral derecha del cuello, debajo de la oreja, una contusión muy violenta que le provocó un enorme derrame de sangre que se extendía hasta la clavícula y era acompañado de una hinchazón considerable.

El Emperador y su esposa bajaron del coche después de la última explosión. No habían perdido su tranquilidad y se mostraban preocupados y pendientes de los socorros que reclamaban las víctimas. En el suelo, sembrado de destrozos e inundado de sangre, yacían en efecto numerosos heridos, muchos de ellos mortalmente. Las comprobaciones judiciales, ciertamente inferiores todavía a la verdad, han establecido que ciento cincuenta y seis personas habían sido ofendidas y el número de las heridas -igualmente comprobadas por informe de los facultativos- no era inferior a las quinientas once. En esa larga lista de víctimas, se anotaron veintiuna mujeres, once niños, trece lanceros, once guardias de París y treinta y un agentes o prepósitos de la prefectura de policía.

Es imperioso añadir (para completar el cuadro dantesco que presentaba en ese momento la calle Lepelletier) que, además de los dos caballos del tiro imperial, fueron también heridos veinticuatro caballos de lanceros, de los cuales murieron dos en el acto y otros tres sucumbieron al día siguiente. Se transportó al hospital Lariboissiere al Señor Batty, guardia de París, y al señor Riquier, empleado en la intendencia de la casa del Príncipe Gerónimo. El primero había recibido nueve heridas, de las cuales la una había atravesado el hueso frontal arriba del ojo izquierdo y otra, situada al lado izquierdo del pecho, le desgarró las vísceras. El segundo tenía once heridas, de las cuales, la que tenía en medio de la frente, le había perforado el cráneo y penetrado en el cerebro y otras cuatro situadas en el abdomen habían penetrado en los intestinos por tres partes. Esos dos infortunados expiraron en la jornada del 15 de enero.

En su informe del 23 de enero, el doctor Tardien, médico comisionado por la justicia, después de haber clasificado los heridos en muchas categorías, según la gravedad de las lesiones reconocidas, redactó las conclusiones siguientes: “la mayor parte de las heridas han penetrado en la profundidad de los órganos y a pesar de su poca extensión aparente, han determinado roturas y desórdenes de sangrado”. La muerte y el sufrimiento de tantas víctimas eran debidos a la explosión de proyectiles huecos que habían sido lanzados de la última fila de los curiosos que ocupaban la acera del otro lado de la calle Lepelletier, delante de la casa que lleva en esa calle el número 21, frente a la entrada principal del peristilo de la Ópera.

Los asesinos, para cometer su crimen, habían tenido cuidado de ponerse al abrigo de la multitud. Ciento sesenta y tres años después, los atentados continúan en Europa, sólo han cambiado los sufrientes.

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