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Lobo

Gilmar Muñoz,

Escritor

A la siguiente víctima los pobladores se alborotaron. El pánico cundió como sombra siniestra por los alrededores. Como rumor de fantasma que nadie nunca había visto. Aun así, los habitantes, bajo una decisión sumaria y desesperada, procedieron a actuar esa misma tarde. Se armaron como pudieron, con lo que encontraron al paso, y blandiendo palos y piedras amedrentaban furiosos al lobo.

Por el rumbo que llevaban, Ríos Canosa, supuso que se trataba de él. Le habían crecido las greñas, la barbilla, y al cazar lo hacía imitando el gruñido de ciertos animales para envalentonarse, pero de ahí que lo fuera o que sufriera alguna transformación parecida, le intranquilizó de manera extraña.

Iban – advirtió – como en las romerías populares, avivados de linternas y antorchas hacia la guarida del lobo. En dirección a su escondrijo. Algunos cargaban escopetas, pistolas y machetes; los demás, herramientas contundentes. Comprendió entonces que habían decidido deshacerse de él: lincharlo. Ya que temiendo perder sus animales y la vida de ellos mismos juzgaron dañina su presencia. Además, porque si creían que él era el carnicero (o uno de su especie) había que evitar que sucediera otra vez.

Ríos Canosa llevaba un tiempo viviendo en La Montañona, desde el fin de la guerra. Su familia, como las de muchos de ellos, no sobrevivió la pasada contienda. Unos abandonaron el país, él prefirió quedarse acá: en el monte.

¿Lobo? La primera vez que oyó los aullidos del animal había luna llena, naturalmente, la luminosidad en sus cacerías facilita la búsqueda y por eso celebran ululando su suerte.

Esa vez, (en algunos repliegues, aquél entonces, cruzó estos montes prometiendo volver si sobrevivía) merodeaba siguiendo la ruta de los bramidos de antes, bajo una luna chillona, atestada de fieras nocturnas. No le extrañó la languidez ni el abatimiento de los aúllos – en esas fiestas de lujurias devastadoras se puede amanecer – pero atento a los ruidos, a las depredaciones salvajes del lugar fue que decidió parar y descansar en la copa de un árbol.

Mas aquel tono raro le siguió molestando. Semejaba, de algún modo, los emitidos por el ser humano. Eran gritos de desesperación, de pena y tormento. Dejes de odio quizás redundando gradualmente bajo los influjos de la luna, con los mismos trastornos de queja mortal.

Se acurrucó a pasar la noche.

A los pobladores no les gustó que se viniera a vivir a estas tierras, y aunque no haya tenido el propósito de advertirles su presencia ni estadía, no les ha molestado como tampoco, prestado atención a sus comentarios. Vivía allí nomás, en esa pequeña cueva improvisada de ramas, piedras y puerta hechiza, con la naturaleza por ventana. Nadie sabía qué hacía ni de qué vivía, pues nunca buscó que lo vieran. Y, si de casualidad alguno del poblado se lo encontraba en el camino, simplemente se escabullía para no ser interrogado con los problemas de siempre: de interés social o ventaja mercantil – juzgaba. Ya no eran el tipo de conversaciones o amistades que solía tener. Prefería la soledad a los convenios inútiles y falsos. De esa manera pudo explicar también el porqué del odio en su contra, al tomarse el derecho de hacer y justificar lo que les da la gana.

Por como andaban las cosas, Coronel Barrios, viejo morador del lugar, le alertó sentencioso que su estadía no era bien vista en los alrededores. El rumor de un extraño animal habitando La Montañona se había extendido rápido por los caseríos vecinos, culpando a éste de las desgracias últimas.

‘¡Está acabando con la vacada y destruyendo las pertenencias del poblado!’ aseveró Coronel Barrios. Se apoyaba de un viejo bastón al convulsionar de tos permanente. ‘Algunos piensan que se trata de perros salvajes, otros que son cosas del diablo. ¿Sabes algo de eso?’

Las palabras apenas salían enteras. Se veía pequeño y malogrado frente al fogón que temerariamente espantaba las sombras.

‘¿Diablos? No va usted a creer en esos cuentos Coronel y querer remediar luego con rezos o hechizos,’ le contestó Ríos sarcástico.

‘Pues no hay que dejar de considerar las plegarias un amparo. Quien quita que no sean éstas verdaderas maldiciones. Después de todo lo que ha vivido uno, otra desgracia más, solo nos llenaría de locura y maldad.’

Tosió de nuevo buscando aire como los lagartos, haciendo que la frase salida de su boca, tomara cierta aspereza, y repitió:

‘Locura y maldad…’

Ríos había considerado la tranquilidad de La Montañona el retiro voluntario que se había propuesto. Pero ahora la historia del lobo venía a arruinar sus planes.

‘¿No estarán inventando esto para deshacerse de uno?’ dijo considerando la noticia una excusa deplorable. Por lo mismo, le pareció injusto confundir las creencias de la gente con engaños de esa naturaleza.

Esperó a que Coronel saliera de los espasmos ahora que buscaba alterado un rincón para escupir la flema, y adelantándose a sus palabras invocó a los malvados seres, queriendo demostrar falsedad en todo el asunto. Achacar en fantasías de la gente las desgracias del lobo. Pero no dijo nada, dejó que Coronel se repusiera de la tos y continuara definible.

‘Conozco los secretos de este pueblo…’

‘No por eso pensará que tenga que ver con el siniestro,’ interrumpió Ríos aludido. ‘No soy capaz. Por lo demás, no me asustan las amenazas ni las simplezas del poblado.’

‘¿Como te explicas los daños y los ataques de la bestia? Esos no son simples cuentos.’

‘No sé nada de eso. ¿No entiendo a qué viene…?’

‘¿No entiendes? Recuerda, que solo Cruza y yo sabíamos de tu paradero.’

‘Cierto, solo ustedes dos,’ agregó temiendo que el viejo fuera a revelar algún secreto. ‘Ahora lo sabrá todo el pueblo.’

‘Quien sabe lo que es mejor para uno, pero te aconsejaría que te escondas o no regreses.’

De regreso a su guarida, sin prestar atención a las advertencias de Coronel, una extraña sombra acudía, como si alguien o algo vigilara sus pasos. Aun sin ladrar, los perros que todo presienten, pudo deducir señales conducentes que revelaban un ritual de plenilunio.

Por Coronel Barrios pudo enterarse (antes de que fuera atacado por el lobo) de los peligros del poblado. La historia del animal salvaje había generado enredadas versiones del asunto. Arranques de cóleras y venganzas. Coronel había alertado a los pobladores lo peligroso de convocar agüeros: vaticinios sospechosos sobre las desgracias ocurridas. Pero éstos alebrestados con la idea de desquitarse y castigar al lobo a toda costa, preferían los maliciosos pronósticos. Las mañas alcohólicas y pendencias locales, ajustaron del mismo modo la amenaza del animal a un montón de precauciones y azar de contradicciones: en cuanto a auxilio referían. A Ríos le pareció que en el fondo mentían o él se engañaba, pues nunca entendió el modo de ser ejecutadas; de las que prudentemente participaba – apenas para enterarse. Las amenazas eran claras, se exponía a ser otra víctima más del lobo o de las demencias contra éste. Cualquiera de las dos lo condenaban.

Cruza Mata, a quien había conocido en los últimos meses, fue embestida por el carnívoro poco antes que Coronel. Al momento del asalto vivía sola en la vieja cabaña heredada a las orillas del pueblo. Según los que la conocían: mujer atractiva, reservada y persistente. Codiciada a su vez por un sin número de suplicantes. Hasta el mismo Ríos Canosa se vio interesado, comprometiendo sus sentidos a los más curiosos deseos. La acechó con insistencia hasta lograr enconar en su vida como un germen infalible. Luego ella, por razones desconocidas, decidió abandonar la iniciativa: le parecía (soñaba a veces) tener sexo con perros. La verdad – admitía – que el mínimo o simple contacto con el animal, la encendía intensamente. La grave e inexplicable excitación en sus entrañas, estomago, cuello y garganta, la intranquilizaban como perra en calor. No negó, tampoco, el gusto de fornicar y quedarse pegada al animal por tiempo indefinido, como si fuera a acoyuntar – con Ríos Canosa en particular.

Por esas fechas hubo irrupciones en algunas granjas, establos y ciertos corrales vecinos, que atribuyeron a los movimientos del animal arisco. Aunque no se encontraron rastros del lobo, si destrozos en las viviendas. Como siempre nadie vio nada.

Cruza preocupada por los últimos acontecimientos – los desahogos carnales contraídos en las noches de luna llena y la extraña angustia que sentía por Ríos Canosa – contó a Coronel su relación con éste. En realidad, no sabía qué sucedía exactamente, pero así sentía el temor que la desconcertaba; esto, a pesar de las noches ceremonialmente voluptuosas que ella misma acogía como bien.

Coronel Barrios sospechoso de algo catastrófico por revelarse, sugirió que se alejara del pueblo por un tiempo. Cruza Mata partió esa misma tarde del pueblo. Al siguiente día sus restos fueron encontrados desgarrados por la bestia en las afueras del cantón.

Ríos Canosa se hallaba alterado por el fatal hecho, por los riesgos de Coronel haciéndola huir de esa manera. Si a Ríos le brillaban los ojos de rabia e incomprensión, a Coronel de ofuscación y desconfianza entera. Podía percibir, éste último, la furia perversa del otro, como si el mismo diablo en persona se lo estuviera reprochando. Ver que se sacudía y gruñera como animal maneado lo ponía nervioso. Le preguntó resueltamente, después de tranquilizarse, el porqué de su ascetismo, su retiro del mundo. Pero luego cambió su actitud escrutiñadora contra éste al no obtener respuesta alguna, sugiriendo buscar en los alrededores cualquier indicio o prueba del animal que valiera la pena. Ríos desinteresado y celoso le alertó que aquí, en estas tierras, no existen lobos: ‘Estos animales son de estepas y de taigas más que de lluvias tropicales. Lo más que podría encontrar aquí es un tigrillo hambriento rondando,’ dijo. A la vez increpó el por qué todos buscaban seguir trazos de un animal ajeno a su hábitat, cuando las razones seguro eran otras. Fue entonces cuando Coronel inoportuno preguntó en qué batallas había combatido. ¿Lo diría tratando de recordar fechas memorables? o peor – pensó Ríos – como si desconfiara haber estado en las crueles ofensivas. La pregunta lo desconcertó. Por un momento no supo que decir. En realidad, no recordaba detalles de alguna batalla, de la cruenta guerra. Empezó a dudar haber estado en alguna de ellas, como si sus cicatrices no fueran el resultado de esos enfrentamientos.

Fue hacia la puerta. El viento la golpeaba insistentemente amenazando con heladas la noche entera. Afuera la luna se colgaba de las matas y de los árboles intrínsecos. Ríos Canosa atravesaba un laberinto de chiriviscos, cuando la extraña sombra se reflejó en el camino – iba rumbo a las montañas, su guarida. Notó a su vez que la tarde oscurecía de manera inusual, otros tonos, otros olores, otras estaciones la trasponían. Él mismo conformaba esa dimensión y apariencias de las cosas recíprocamente: era un cuerpo robusto, lleno de pelos y desmesurado como los gigantes. Cara alongada y perruna, ajustado a un hocico enorme, que de acuerdo a sus sentidos aguzaba para agredir. Abandonó pies por patas en el avance. Escupía sin saber porqué una rabia insatisfecha y nauseabunda que le llenaba de crueldad. Poseía, ahora, fuerzas incalculables y de nuevo sentía la costumbre de atacar, de reducir a su oponente, la única oportunidad de escapar de la muerte que tuviera: obtener la de él a cambio – trocarla si pudiera.

El hecho se convertía en un vicio detestable. Pobre de las desdichadas almas al caer en sus garras – aullaba clamando muerte. Las granjas asediadas, los animales apañados, la gente aterrorizada, los cuerpos mutilados, condenados, reducidos al sacrificio. Cruza Mata huyendo insatisfecha y esquiva, engendradora. Coronel Barrios y sus escrutadores ojos desorbitados. ¡Ah, la luna… magna y amarilla! Se preguntó si todos esos aullidos eran revelaciones de una verdad reclamada, dueña de las sucesiones, la excelsitud de la soledad o la perversidad como locura para merecer consideración. Un sueño inane y despreciable, absurdo. Le bastó con recurrir e imaginar las piernas de Cruza, el hormigueo de sus entrañas, que fue por donde la fiebre conformó la transformación de su parecer ahora. Tarde para volver atrás y recapacitar en lo sucedido, lo debido estaba a su suerte. Pues, había que enfrentar las municiones, los machetes, picos, palas y piedras de la muchedumbre desaforada. La extraña sensación de perdido lo envilecía, pero daba vida y emoción a sus sentidos – renacía de algún modo.

Avistó que eran muchos los que avanzaban y ese era motivo suficiente para largarse. Pero algo lo detenía. Algo seguía dando vueltas en su cabeza enorme y fea. Sentía que su cuerpo tupido se ajustaba propio a todas las adversidades. De cualquier ángulo que se viera sugería un degenerado, un lunático de lo peor. La gente, los improperios, el odio, las escopetas y las pistolas tomaron forma de batallas, de firme y atroz refriega. Esa era la conjura, lo demás adrenalina y depuración.

‘Y esta noche – dijo Ríos, antes de arremeter a su amparo – había luna llena, otra vez.’

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