Luis Arnoldo Colato Hernández
Educador
“Rebelión en la Granja” es una de esas obras que marcan a todas las generaciones.
Es una narración paradigmática que, en un estilo puro e infantil, dirige un mensaje claro para todos, indistintamente al género, estatus, orientación, grado académico o sesgo religioso, porque plantea una verdad incontestable y sin edad que todos entendemos: El poder sin límites siempre es corrupto.
Para establecerse parte el nuevo régimen de imponer una nueva narrativa, corrompiendo la verdad histórica.
Imponiendo una nueva verdad para una nueva generación, con supuestos tales como que el “…caudillo es el padre de todos, su sabiduría nos guía, ha sido elegido por lo alto para eso…”
Se le describe con los mejores atributos, las mejores intenciones, los mejores intereses, que, de acuerdo a esta nueva narrativa, están al servicio de todos.
Pero, para lograrlo se adelanta un sistemático esfuerzo por atribuir al pasado y sus representantes, la responsabilidad de todos los males, mientras y en cambio, todo lo bueno viene de ese orden que establece el nuevo régimen.
Que en nada se diferencia del viejo orden.
Así, por ejemplo, afirma que vivimos en la mayor prosperidad de nuestra historia.
Pero en cambio, hay más hambre y desempleo que nunca en el país[BCIE/BM/BID/FMI].
Para silenciar la disidencia, ese orden no duda en usar la fuerza estatal para imponer la verdad del régimen, persiguiendo, suprimiendo, silenciando cualquier expresión que amenace su narrativa.
A ese fin, las detenciones arbitrarias tienen el propósito ulterior de silenciar cualquier oposición, algo que el régimen reconoce, supuestamente liberando hasta 7,000 personas que, sin embargo, no están libres.
No están libres, porque a pesar de no haberse demostrado ningún delito contra ellas, siguen sujetos a medidas cautelares, manteniendo el estatus de observados, como su entorno.
Por otro lado y de acuerdo a la relatoría de DDHH de las UN, hasta el 37% de los supuestos 90,000 detenidos bajo este esquema, 33,300, carecen de antecedentes penales, mientras además señala, que los 500 asesinatos admitidos por el fiscal general dentro del sistema carcelario bajo el estado de excepción, y de acuerdo a los datos recabados por las propias UN, en realidad serían 3000, muertos mediando torturas practicadas por agentes estatales.
A pesar de ello, el esquema de desinformación y propaganda referido, logró que buena parte de la población, también algunas víctimas, lo apoyen, comprando su voluntad con la consabida sentencia orwelliana, “…si nos vamos, las maras regresan…”.
El mismo chantaje que Napoleon hace a la granja, imponiendo a la población, la inmovilidad.
También su complicidad.
Porque, entendamos, si algo demuestra el presente es que superar cualquier desafío histórico político y social requiere voluntad política, pero, además, que los históricos males sociales, la desigualdad y la exclusión, cuyo desmontaje pasa exclusivamente por desactivar las condiciones y las estructuras que la generan, no se resolverán con propaganda.
Pero está claro, esa vacua propaganda del régimen tiene el propósito de preservar las condiciones que la generan, no transformarlas.
Eso, eso nos toca a nosotros.
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