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La última piedra del Muro (2)

@renemartinezpi
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Quizá por eso, viagra para el turista y para el que sólo es un ave de paso, treatment Berlín es algo así como una silueta rosada que se escurre entre los suspiros sostenidos de las personas que hacen de la seriedad escatológica una especie de virtud de la modernidad, try la que es, digámoslo desde la cultura, ininteligible para todos los latinoamericanos de pensamiento y sangre caliente. No obstante, más allá de esa seriedad (que a ratos me parece un cargo de conciencia colonial, tan cruel como injusto, que data desde que la ciudad fue fundada, en 1237, bajo el nombre de Cölln) en Berlín se encuentra eso que nos une a todos sin hacer distinciones: el ser seres humanos de carne y hueso que amamos nuestras propias culturas como si fueran las mejores de todos los tiempos, y nos deleitamos conociendo las de los otros para hacer comparaciones amañadas, hasta llegar a establecer conexiones lingüísticas y gestuales increíbles que la convierten en una ciudad mundial y en un centro cultural y artístico de primer nivel, y por eso, precisamente por eso, es una de las ciudades más influyentes en el ámbito político de la Unión Europea y en 2006 fue elegida Ciudad Creativa por la UNESCO.

Cuando el sol ha sido arriado por las sombras -y todos los termómetros señalan amenazantes y silenciosos e impunes los cero grados centígrados- Berlín se viste de intimidad disimulada. Cuando las manos hacen la función de los ojos, Berlín se maquilla con sus faroles tenues que como luciérnagas furtivas que espantan el frío con su titilar armonioso (así como intentaron espantar al fantasma de carne y hueso del Tercer Reich) acompasan los amores clandestinos e indican la exacta orientación de los mapas de los tesoros secretos que, con precisión geográfica y odio cierto, guardaron los Condes para consumar terribles e implacables venganzas. Sus casas, vistas desde lejos, parecen burlones duendes de madera que se recuestan en la somnolencia inoportuna de los ríos Spree y Havel; los pálidos monumentos pensados al detalle que custodian el Puente del Palacio nos amarran, nos atan, nos roban el habla con sus jadeos descabellados que, a esas altas horas, suenan como la Sinfonía Patética (¿ejecutada en cuatro cuartos?). Por la noche: las piedras desmontadas por la mano invisible de la plusvalía y del consumismo andan en busca de su Muro entrañable, así como la mirada altiva anda en busca de sus ojos para no perder ninguna imagen de la historia; así como las uñas y dientes andan en busca de la pared donde puedan grabar el nombre impronunciable del que partió sin decir adiós o del que fue condenado sin abogado defensor; y los espejos rotos por las botas de las dictaduras militares se convierten en cómplices silentes del beso en la huella y en la mejilla; y la luz se sienta a tejer su telaraña para impedir el paso de las sombras y el correr de los que dudan si “ser o no ser” porque los agobia “el tener”. Por sus calles de tres carriles exactos: los autos sólo son destellos y los buses de dos pisos se deslizan como orugas de metal que añoran ser mariposas tropicales. En sus ríos calzados, ocultos en las sombras más profundas, se puede ver a los arrepentidos ahogando sus culpas y a los desesperados lanzando botellas con mensajes enigmáticos que nunca tendrán respuesta, pero eso no importa, porque lo rico de la desesperanza es que no tenga esperanza, que eso es lo que la mantiene viva.

Las madrugadas de Berlín son acogedoras, sobre todo bajo tierra, pues mientras las calles lucen desamparadas y letales y glaciales, miles de personas deambulan, con sus caras remotas y sus manos de pandereta, por los rieles chillones del metro que atraviesa la ciudad –como latigazo amarillo- desde todas las espinas de la Rosa de los Vientos. Bajo tierra, Berlín se llena con los ecos y olores del día, con los rumores que dejaron los pasos sobre las hojas que se cansaron de jugar al columpio con el viento. Bajo tierra, la huella es más entrañable y el abrazo es una imposición, hasta el punto de convidar al beso furtivo que nos recuerda, a gritos, que la revolución social es algo inconcluso; o para recordarnos que el corazón late del lado izquierdo del pecho; o para recordarnos, como un jalón de orejas, que aún existen miles y miles de personas vulnerables que dejaron de amar, por pensar en comer; que dejaron de soñar, por tener que caminar. Berlín, de madrugada, es una ciudad que suspira nostalgias y reivindica distancias; que aletea hasta lo indecible por Mozart; es un jardín que no ha perdido su casa y, por eso, nos embriaga con su frío nostálgico y abrasante hasta que nos deja tiritando en el sueño unánime de los que partieron sin decir adiós.

Correré… hasta el insólito sol de medianoche antes de que la última hoja, como ademán que burla al péndulo de la cultura puritana, se desprenda de la rama; antes de que la última piedra sea removida para siempre y, así, podré capturar a la primera y podré proteger a la segunda con mis manos de fantasma de la ópera, porque esa última hoja es mía, si acaso cae en silencio y se transforma en una flor de dos pétalos; porque esa última piedra es mía, si acaso la utopía renace entre sus pliegues. Berlín es una ciudad a la que se llega en avión y de la que se regresa a pie, arrastrando la maleta ajena.

Los tibios vestigios del Muro de Berlín –algo así como 144 kilómetros de piedras- fue construido por instinto, en 1961, para proteger la utopía de la forma en que en ese momento se consideró como la más apropiada –aunque no haya sido la más atinada- nos indican que hay volver a empezar de nuevo, porque debemos  construir más alto el Muro de la Utopía y destruir, piedra a piedra, el muro de la pobreza y el de los migrantes.

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