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La salida

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y coordinador

Suplemento Tres mil

 

El hombre se levantó de la cama. Cada madrugada las taquicardias eran su mejor alarma. Procuraba salir de la cama en silencio para evitar que su mujer comenzara a gritarle o a decirle todo tipo de cosas. Asustarla era darle pie para comenzar un combate y la tranquilidad vale más que un conflicto, pensaba. Pero no era posible dilatar mucho la bonanza porque además de él, también los niños debían ponerse en pie, así que la mujer comenzó a quejarse como cada mañana, asegurando que faltaba dinero, esto y aquello. Quejas y más quejas. Igual le daba al hombre escucharla, las palabras que las confundía con el caer de la regadera. Fuera de la ducha observó que le crecía un barro en la frente, sabía que sería motivo para que sus compañeros se burlarían de él el resto del día. Se peinó con su cabello de lado, con el camino bien marcado, como si fuera la cubierta de un zapato de charol. No sabía porque se preocupaba tanto en hacerlo porque al subir al bus perdería todo el toque. Se vistió contando los segundos, procurando verse en el espejo, que dejaba ver a su mujer caminando descalza en la cocina como cuando eran novios y se sentaban en el suelo y él aprovechaba para acariciarle los pies y repasar mentalmente los huesos: las falanges, el metatarso, el tarso que ahora debía olvidar porque su mujer no debía verlo absorto en sus pies ni en el recuerdo. Ese espejo donde se reflejaba ella de cuerpo entero reflejaba todos los movimientos de la casa, menos lo que había tras de él en las paredes, juicio absurdo. Tomó un pan y lo hundió en la leche con café, dejando que unas burbujas emergieran. Con el bocado en su boca estaba listo, y así salió caminando y mascando el trozo de pan.

Vivía a pocas cuadras de la parada de buses, así que en un instante estuvo allí.

Pasó un bus, venía repleto. Imposible entrar. La gente iba colgada en las puertas, el motorista ni siquiera paró. Miraba el reloj constantemente, pasó otro, pero solo uno de los que esperaba fue tan osado para tomarse de una ventana y abordarlo. Estoico vio como se perdía al doblar la cuadra. El tercero era el de él. Entró, se fue empujando hacia adentro como si fuera buscando la salida del vientre materno. La gente lo empujaba y magullaba. Sentía un codo en sus riñones, el hombro de alguien en su espalda, la punta de la cartera de otra mengana. Y no sentía el suelo. Iba haciendo equilibrio sostenido en la gente. En ese instante deseó haber comido un poco más, el pan untado de leche y café no era suficiente para pelear un puesto en el bus.

Una señora que estaba a pocos metros de él comenzó a quejarse.

-Son unos cochinos sucios, puercos –gritaba.

Y su nariz comenzó a entender la razón de los gritos, la mujer se desquitó la cólera porque alguien estaba malo del estómago y había arrojado un gas que e encierro equivalía a una condena de muerte. Vio entonces que uno de los hombres llevaba un machete sin vaina. Era un hombre menudo con un sombrero negro. No le dio importancia y continuó pendiente de las quejas de la mujer. Entonces comenzaron las acusaciones. La señora aseguraba que era un muchacho obeso que apenas dejaba ver sus ojos entre sus mullidas mejillas. El muchacho movía negativamente la cabeza, con los cachetes sonrojados.

Viendo al muchacho salió de su letargo y logró ver que se había pasado de su destino. Ya daba la vuelta al redondel y era inminente la caminata y la llegada tarde, comenzó a imaginarse los regaños del jefe y las burlas de los compañeros. Así que comenzó a dar codazos y a golpear con los hombros en tanto se empujaba para nadar en ese mar de gente. El peinado cedió. El cinturón se desató. Logró aanzar unos metros y el busero metió el acelerador. Dos mujeres de inmensas sentaderas le obstaculizaron el paso, pero igual las sorteó.

Salió del bus y cuando respiró hondo sintió húmeda la mano izquierda.

–La apretazón –pensó– a saber quién andaba salsa.

Pero al sentir húmedos los dedos se los llevó frente a su rostro, sus ojos se desbordaron. La batió y vio su contorno, la volteó. No era posible.

Cayeron una fila de gotas cerca de sus zapatos. El ardor llenaba todo. Buscó en el suelo, tuvo la esperanza de encontrarlos, al ver que no había nada le dolió aún más que la herida. Corrió donde había estado el bus, pero este ya llevaba una cuadra de distancia. Cerró los ojos queriendo que al abrirlos estuviera completa su mano, pero no fue así. Al volver a abrirlos todo seguía igual, se tomó la mano y repetía:

–¿Y ahora qué le digo a la mujer?

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