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La residencia de Antonio en El Salvador (2)

René Martínez Pineda
Sociólogo, UES

Subliminalmente se trenzan las dos funciones del Estado que propone Gramsci –con sus respectivos momentos y paradojas- y, desde ellas, se articula al capital bajo la forma de lo sin-forma. De esa articulación nace el fetichismo del Estado, el que, en sentido restringido, se materializa en el gobierno, es decir, en el aparato administrativo de la dictadura de clase, en tanto hace suyas –exclusivamente suyas- las funciones coercitivas. Sin embargo, como resultado del largo y dispar desarrollo civilizatorio, esa función coercitiva debe legitimarla (por decirlo de alguna forma) el mismo Estado asumiendo un cierto papel de adaptación-readaptación educativo (la hegemonía en marcha), que desde la sociedad política sodomice la moralidad de las masas populares para llevarlas a la condición de súbdito.

La sociedad política es, entonces, la matrona de la coerción en todas sus formas; es la nana de la conservación ideológica del status quo a través de la violencia, la que no se circunscribe exclusivamente al campo militar o físico, ya que abarca lo jurídico (presión legal), lo burocrático (volatilidad administrativa a conveniencia) y lo axiológico (la corrupción como constitucionalista y juez penal), o sea el aparato represivo-opresivo del Estado representado por las cárceles, juzgados, centros de readaptación de menores; los que por medio de la coerción pretenden consolidar un sentimiento de conformismo y de apatía social en el pueblo, todo ello en total consonancia con el sistema económico de producción históricamente dado. En este sentido, la vendedora ambulante y el sociólogo diletante; el traficante de ropa sin fuero y el artista callejero; el adorador de la escoria y el que refuta al roedor de la historia; la mujer de la maquila y la antropóloga que se acerca a la cultura y la depila, todos ellos son productores y decodificadores de la hegemonía, por tanto son autores y coautores de la teoría social crítica que no cesa de manar desde niveles diferentes de comprensión que la abstracción sociológica convierte en iguales.

En cuanto al término “sociedad civil” hay que decir, siguiendo la bitácora de Antonio, que es una idea-símbolo que, con distintos nombres, ha pasado por las manos de Tomás Moro, Hobbes, Hegel, Tolstoi, Trosky y otros teóricos de las ciencias sociales. En el caso particular de Hegel, este afirma que la sociedad civil tiene que ver con el mundo del interés privado (organización –militante o no- de los intereses y sueños) pero solo hasta cierto punto, pues esa sociedad civil que se enfrenta a la sociedad política, le arranca al individuo sus propias capacidades ciudadanas de transformación que son las que, al final, le dan el carácter de un ser con libre albedrío. En otras palabras, la sociedad civil que fue creada para vencer al Estado crea instancias que terminan derrotándola a ella. La realidad salvadoreña demuestra esto último hasta la saciedad y hasta el límite de lo patético: partidos políticos de izquierda que terminaron empeñando la utopía o malvendiéndola; sindicatos que se convirtieron en la versión oligarca de los trabajadores o en los opresores al servicio del capital; líderes sociales que se bañaron de en el mar de la corrupción o que fueron rebautizados en la pila del neoliberalismo más visceral y siguieron manteniendo –desde una nueva-vieja posición de poder- una relación perversa con la política hegemónica.

Gramsci resuelve la paradoja anterior planteando que la sociedad civil –para dejar de ser el arma del suicida- debe abordarse como un constructo sociocultural con dos dimensiones: el cuerpo social que busca resistir y vencer al todo hegemónico; y el mundo sociocultural que debe fortalecerse en lo ético y cultural que hay en los sueños de transformación de la sociedad. En otras palabras, Gramsci defiende la idea de que la única forma de concretar la utopía es que esta se asiente primero en el imaginario colectivo con conocimiento de causa. En ambas dimensiones, la hegemonía (y la contra-hegemonía) nutre, norma y potencia todas las relaciones sociales de dominación, así como aquellas que buscan liquidarlas como misión ética de las distintas clases sociales que son dominadas política, económica y culturalmente. El oprimido, entonces, tiene la obligación moral de buscar liberarse (es inmoral no luchar) y dentro de los oprimidos están tanto los trabajadores asalariados como los intelectuales, quienes muchas veces –enajenados con el opio de la fama inocua y la erudición insípida- empiezan a construir –o a imaginar- una especie de estratificación social entre ellos mismos: licenciados, maestros, doctores y posdoctores no son títulos académicos, son estratos de prestigio social, por tanto estratos de poder y de importancia frente a los demás.

Se comprende, entonces, que la superioridad hegemónica –en todas sus formas- se establezca en una dirección ideológico-política que se encargue de pregonar una concepción o cosmovisión de la realidad social conformada por creencias, símbolos, liderazgos y representaciones formales que tienen como objetivo final reforzar, por un lado, el marco normativo de la dominación y, por otro, legitimar las acciones de discriminación (o de dominación) del grupo hegemónico (la clase social, el sindicato, la casta de posdoctores, etc.) replicando el universo del poder capitalista para neutralizar –por las buenas o por las malas- a las clases que le son adversas o a los grupos sociales emergentes que ondean la bandera de la nueva utopía acuerpada en otros instrumentos orgánicos que tienen prácticas o visiones ideológicas que son diferentes, pero solo porque son iguales. Con el Gramsci radicado en El Salvador se deduce que la práctica ideológica cumple (sobre todo en las coyunturas de la organización social que emerge, difusa al principio, con deseos de cambio) una triple función: la política, que es la hegemonía que el grupo social dominante ejerce sobre la sociedad; la civil, la cual opera sin sanciones y sin obligaciones precisas, pero que es siempre una presión colectiva o que se promociona como colectiva -sin serlo-. El poder de la clase dirigente –así llama Antonio a la clase dominante cuando entra en intimidad con ella- reside en su capacidad de neutralizar, desviar o caricaturizar la posible ruptura institucional de los gobernados o dirigidos, usando tácticas y argucias que buscan ocultar o codificar las relaciones conflictivas (antagónicas o secundarias) que son una constante entre las clases sociales.

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