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lunes , 18 junio 2018
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La juventud, corazón de nuestros cambios

Hugo Martínez*

La historia reciente de El Salvador, con sus luchas e indiscutibles conquistas para edificar un país libre y democrático, ha tenido como protagonista a un pueblo incansable, dispuesto a entregar lo mejor de sí para superar las condiciones de injusticia y desigualdad que por décadas vivió nuestra sociedad. Es en este sentido que hay un grupo de especial relevancia al que quiero destacar por siempre poner todo su empeño y alma en estas importantes gestas: los y las jóvenes.

La juventud salvadoreña, a través de la fuerte organización de los movimientos estudiantiles entre los años setenta y ochenta, fue crucial, por ejemplo, para que llegáramos al fin de la dictadura militar, así como para reivindicar el derecho a la educación como una herramienta indispensable para el desarrollo nacional.

En mi calidad de dirigente estudiantil universitario, a finales de dicha época, participé activamente en algunos de esos procesos, convencido siempre que la juventud no debe ser solo vista como “el futuro” de una nación, sino que su involucramiento es absolutamente necesario desde el presente, para que sea también constructora de ese mejor porvenir que todas y todos anhelamos.

Y aunque el contexto que originó aquellos movimientos no es el mismo de ese entonces, la visión de las y los jóvenes como motor de los cambios en una sociedad se mantiene más que vigente. Creo que es vital tomar consciencia que con sus manifestaciones en esta era digital y por medio de su decisión de participar o no en los eventos de nuestra vida democrática, las nuevas generaciones se están pronunciando de manera contundente, pues tienen una voz que es fundamental escuchar y un rol crucial por jugar.

Por ello, ahora que participo en el proceso interno para elegir al candidato presidencial del FMLN para 2019, he insistido mucho en la importancia de consolidar los vínculos generacionales, ya que tengo claro que si bien la experiencia de los liderazgos históricos es una invaluable suma de conocimientos, es la juventud la que debe ser una trascendental fuente de energía de cara a los desafíos actuales y futuros, tanto adentro como afuera de nuestro instituto político.

Darles su lugar, por supuesto, implica trabajar en acciones que les beneficien, pero sin limitarnos a verles como una población objeto de nuestras políticas de inclusión. Esto debe traducirse, además, en la apertura de espacios para que con su dinamismo y creatividad propicien cambios para El Salvador; sus necesidades e intereses sean escuchados; sean partícipes en la toma de decisiones de quienes gobiernan y sus expresiones e identidad sean respetados, sin que por ello sean estigmatizados.

La juventud –incluidos las y los compatriotas que viven en el exterior y sobre quienes doy fe de su enorme deseo de contribuir a su tierra de origen– merecen ese reconocimiento y demandan, sobre todo, que actuemos en consecuencia, para que así les hagamos actores clave en este camino de fortalecimiento de nuestra democracia e instituciones que inició en 1992, así como partícipes del proceso de cambios positivos que venimos impulsando en los últimos años para tener un país cada vez más próspero, justo y equitativo.

No dudo de todo lo que pueden aportar si les damos la oportunidad, y en mi caso, quedó en evidencia cuando en mi responsabilidad como ministro de Relaciones Exteriores, abrí más espacios para potenciar el crecimiento de profesionales jóvenes en la Cancillería, por lo que con mucha satisfacción doy fe de su gran vocación de servicio, innovación y capacidad propositiva.

A la luz de todo ello, y además como alguien que no olvida ese espíritu con el que inició su vida de compromiso social, afirmo con certeza que esta es y seguirá siendo una visión predominante en mi quehacer. Permitamos que la juventud sea corazón de las transformaciones que aún necesitamos, que construyan e impulsen junto a las otras generaciones El Salvador que queremos.

*Precandidato presidencial del FMLN

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