Luis Arnoldo Colato Hernández
Educador
La formación de un educador debe por principio ser dinámica, actualizarse permanentemente para mantener su oferta formativa a tono con las demandas de la globalización.
En el caso de nuestro país, la educación nunca a sido privilegiada con los recursos que la volverían viable para insertarnos como país efectivamente en la economía global, con cuadros compuestos por técnicos altamente cualificados formados desde nuestro sistema educativo nacional, validados por experiencias paralelas en esa dirección en otras latitudes; a pesar de ello existe la obligación tanto legal como ética para los educadores de continuar formándose, al menos para poder estar a la altura de los dominios digitales de sus educandos.
Empero, en pleno siglo 21, nuestro sistema educativo no alcanza los estándares mínimos para dar ese salto cualitativo, rezagándose cada vez más en relación a los logros de nuestros vecinos, quienes no solo aumentan su inversión educativa, el caso de Méjico, Guatemala, Honduras – hasta que asuma el nuevo gobierno impuesto por fraude – y Nicaragua, de lo que da cuenta los resultados que se suman en el último quinquenio en la prueba PISA, donde nuestro país se ubicó en una de las últimas posiciones a nivel global[143 de 147/OCDE].
A la par, Singapur ocupa de nuevo el primer lugar a nivel global, no siendo un país del primer mundo, de que, por ahora carecer de una economía de primer orden, pero que a cambio sus logros académicos lo acercan gradualmente al nivel de vida que antes alcanzaron las naciones que apostaron a pesar de sus limitaciones materiales, a la educación, habiendo por ello conquistados estándares de progreso y estabilidad que de otro modo no obtendrían.
Por otra parte, en nuestra región, las condiciones políticas e históricas derivadas de nuestra relación con el norte, crudamente patentizado en el presente, nos negaron como pueblos ese proceso, a pesar de las capacidades que claramente poseen nuestros educandos, que intencionadamente son castradas para favorecer las finanzas privadas, que son las únicas privilegiadas del modelo económico que nos impusieron, degenerando en la realidad que crudamente hace patente esa prueba académica.
Esa prueba revela, además, una tendencia preocupante, que es la creciente incapacidad de nuestros educandos de comprender cualquier lectura, y consecuentemente de emitir un juicio de valor; tampoco el discernimiento matemático muestra mejoras, y menos aún lo concerniente a la comprensión del lenguaje, que aparentemente se ve cada vez más limitado.
Esto porque las actuales generaciones incluyeron en su formato comunicativo, una serie de neologismos, anglicismos y términos de corte digital, que profundizaron el valle comunicacional inter generacional, negándose la escuela a establecer los puentes que lo superen.
Estos son solo algunos de los desafíos que la escuela se niega a asumir, mientras a cambio coloca en las jefaturas de educación, a elementos partidarios que carecen de la disposición, o los saberes, para asumirlos.
Así, el desafío se vuelve cada vez más una imposibilidad matemática, lo que nuestros jóvenes reconocen, marchándose a otras latitudes, donde creen, encontrarán lo que acá se les negó.
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