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LA DERROTA QUE NO SE NOMBRA: (TRUMP, IRÁN Y EL LÍMITE DEL PODER)

Por Raúl Amílcar Palacios

Durante meses, Donald Trump repitió una promesa que se volvió estribillo: destruir a Irán en cuestión de días, “dos semanas” según su propia retórica, y devolverlo palabras suyas, “a la edad de piedra”. Era la afirmación de un poder absoluto, de una superioridad militar incuestionable y de una voluntad política que no admitía matices. Sin embargo, la realidad geopolítica, siempre más compleja que los discursos, terminó imponiendo un desenlace muy distinto al que el presidente estadounidense había anunciado.

Hoy, después de una guerra prolongada, de ataques selectivos, de amenazas reiteradas y de una escalada que involucró a Israel como actor directo, Trump ha declarado que está “cerca de lograr un acuerdo de paz” con Irán. La frase, pronunciada con la naturalidad de quien pretende presentar la negociación como un triunfo, revela en realidad algo más profundo: la derrota de una ambición que no pudo concretarse.

No una derrota militar clásica, Irán no ha ganado un desfile, ni ha capturado territorios, ni ha obligado a Estados Unidos a una retirada humillante, sino una derrota política, estratégica y moral. La derrota del agresor que no logra cumplir su objetivo y termina sentado a negociar con aquel al que prometió destruir.

La promesa incumplida

Trump construyó su narrativa sobre una idea de fuerza absoluta: la convicción de que Estados Unidos podía aplastar a Irán con rapidez, contundencia y sin costos significativos. Esa narrativa se sostuvo en declaraciones altisonantes, en amenazas públicas y en la convicción de que la superioridad militar estadounidense bastaba para doblegar a un adversario que, según él, no resistiría más de unos días.

Pero la guerra no duró días. Duró meses.

Y en esos meses, Irán: mantuvo su estructura de mando, conservó su capacidad de respuesta, resistió ataques directos, y, sobre todo, controló el Estrecho de Ormuz, la arteria por donde circula una parte vital del petróleo mundial.

Ese control, ejercido incluso durante los momentos más tensos del conflicto, fue la carta estratégica que Irán nunca perdió. Y fue también la razón por la cual la promesa de destrucción total se volvió, con el paso del tiempo, un espejismo.

La derrota del discurso

Cuando un líder político promete destruir a un país y no lo destruye; cuando anuncia una victoria rápida y la guerra se prolonga; cuando asegura que su enemigo caerá y ese enemigo sigue en pie, negociando desde una posición de resistencia, la derrota no necesita uniformes ni banderas. La derrota está en la contradicción entre lo dicho y lo hecho.
Trump no solo no destruyó a Irán: terminó reconociendo, de facto, que no podía hacerlo sin desencadenar un conflicto de consecuencias incalculables.

Y aquí aparece un punto esencial: la retórica de “volver a la edad de piedra” no es una metáfora inocente. Es una insinuación de devastación masiva, de destrucción total, de un nivel de violencia que solo puede lograrse mediante bombardeos indiscriminados o armas de destrucción masiva.

Trump no lo dijo explícitamente, pero lo sugirió. Y al no poder concretarlo, quedó atrapado en su propia hipérbole.

Israel y la estrategia fallida

Israel, principal interesado en debilitar a Irán, acompañó la ofensiva con ataques selectivos que eliminaron a figuras clave del aparato militar iraní. Sin embargo, esos golpes no lograron desarticular la estructura del Estado iraní ni su capacidad de presión regional.

La eliminación de líderes no destruyó la red. La red se adaptó.

Y mientras tanto, el Estrecho de Ormuz siguió siendo un recordatorio permanente de que Irán tenía un poder que no dependía de misiles ni de aviones: el poder de cerrar el paso a una parte crucial del comercio energético mundial.

Ese poder —económico, geopolítico y simbólico— fue suficiente para impedir la victoria rápida que Trump había prometido.

La negociación como confesión

Hoy, cuando Trump anuncia que está “cerca de un acuerdo de paz”, la pregunta no es si la paz es deseable porque siempre lo es, sino qué significa que sea él quien la busque.
Porque Irán no pidió negociar. No fue Irán quien buscó una salida diplomática. Fue Estados Unidos, el agresor, quien terminó aceptando que la vía militar no le daría la victoria que había prometido.

Y cuando el agresor pide negociar, no porque quiera la paz sino porque no pudo ganar, la negociación es una forma de derrota.
No una derrota militar, insisto. Pero sí una derrota de la ambición, del discurso, de la narrativa de omnipotencia.

El límite del poder

Este episodio revela algo que la historia ha mostrado una y otra vez: el poder militar, por grande que sea, tiene límites cuando se enfrenta a: la resistencia de un Estado decidido a sobrevivir, la complejidad geopolítica de una región, y la interdependencia económica del mundo contemporáneo.

Trump creyó que podía imponer su voluntad por la fuerza. La realidad le mostró que no. Y aunque él presente la negociación como un logro, el mundo sabe y la historia registrará que fue la consecuencia de no haber podido cumplir su amenaza.

Hoy día podemos observar que Irán no ganó una guerra. Pero sobrevivió a un intento de destrucción anunciado con arrogancia. Y sobrevivir, en este caso, es una forma de victoria.
Trump no perdió un territorio. Pero perdió la narrativa que él mismo construyó: la del líder invencible que podía destruir a un país en dos semanas. Y perder la narrativa, en política, es perder poder.
La negociación que hoy anuncia no es un triunfo diplomático. Es la confesión tácita de que la fuerza no le alcanzó. Y en esa confesión está la derrota que no se nombra. ¿Por qué no usó armas de destrucción masiva? Porque de hacerlo otros países con armamento similar, podrían sentirse amenazados o hacer uso de ellas con sus adversarios.
La verdadera paz mundial está amenazada y en manos de un grupo de integrantes independientes entre sí del poder de destruir a quien estimen necesario.

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