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miércoles , 18 octubre 2017
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Inocencio VIII y Cristoforo Colombo

Lic. José María Barrera Lemus
Jmbarrera1957@yahoo.com.mx

A  propósito del descubrimiento de América o del nuevo mundo como se le llamó durante muchos años, es oportuno presentar a nuestros selectos lectores algunos retazos de la verdadera historia del descubrimiento de estas tierras que nos han visto nacer y que con mucha profundidad nos presenta el escritor Chileno Francisco Ortega en su obra “Logia”, publicada en el año 2014.

Logia narra muchas vivencias que, desde su pluma, constituyen un acercamiento a lo que realmente pudo haber sido parte de lo que conocemos como Descubrimiento de América. El contenido se describe a continuación:

Lo dice la tumba del papa Inocencio VIII en la basílica de San Pedro en Roma. Una inscripción profundamente anacrónica “Novi orbis suo aevo inventi gloria”, es decir, “Suya es la gloria del descubrimiento del nuevo mundo”. Genovés de cuna y nombre secular, Giovanni Battista Cybo, Inocencio VIII, dirigió la Iglesia católica entre 1484 y julio de 1492, cuando falleció de fiebre y fuertes dolores abdominales, exactamente una semana antes de que Cristóbal Colón zarpara del puerto de Palos el 3 de agosto de aquel año. El papa Cybo, (como se le conocía), había sido un ferviente aliado de esa misión y no solo eso, también fue quien dio el nombre de “católicos” a los reyes de Castilla y Aragón.

Marino de formación, Cybo o Inocencio VIII se educó en los muelles de su Génova natal. Como navegante realizó mapas de Europa y la costa africana y desde su lugar en la más alta jerarquía católica abogó por la responsabilidad del viejo mundo de explorar qué había más allá del océano hacia Occidente. Desde temprana edad manejó información iniciática acerca de un continente desconocido al otro lado del atlántico, un lugar lleno de tesoros, un nuevo mundo que debía ser explorado.

Compartió estos conocimientos con muchos de sus contemporáneos pero especialmente con la única persona en quien siempre confió: su hijo ilegítimo Cristóbal Colón.

Hay varias pruebas que confirman esta teoría. Por una parte, el desconcertante parecido físico entre Colón e Inocencio VIII, revelado en varios retratos y pinturas de la época. Además, este Papa tenía ascendencia judía, era sobrino de sarracena y de abuela musulmana. De ser descendiente suyo, Colón tuvo fundados motivos para ocultar sus raíces, como así lo hizo. También es clave el hecho de que a pesar de ser una misión auspiciada por la corona española, la mayor parte de la tripulación del primer viaje de Colón estuvo compuesta mayoritariamente por genoveses. Y está el dato de que los navegantes bautizaron como Cuba la primera tierra que pisaron. Aunque parezca de origen indígena el vocablo Cybo, el apellido secular del Papa, que a su vez procede de Cubus o Cubos.

A lo anterior deben agregarse otros hechos. En una serie de cartas que el papa Inocencio VIII le envió a Cristóbal Colón entre 1488 y 1490, solía llamarlo con el anagrama de “Christo Ferens”, que es la forma greco-latina de Cristóbal y que significa “Portador de Cristo”. Finalmente es sabido que el papa Cybo era un ferviente estudioso de la obra de los caballeros templarios, orden desaparecida tres siglos antes de su mandato. Provocó escándalo al hablar de ello como católicos ejemplares que se dedicaron a proteger la Tierra Santa y abogó por el perdón de sus herederos y, sobre todo, por la devolución de sus tesoros que, según dijo, habían sido robados por la Iglesia romana en complicidad con el rey Felipe IV de Francia. Estas declaraciones le granjearon numerosos enemigos dentro de sus propias filas y acusaciones de ser un agente sobreviviente de la Orden del Temple que se había infiltrado en la Iglesia para destruirla por dentro. El tener antepasados judíos no ayudó mucho en esta guerra en su contra. Murió de un fuerte dolor estomacal, síntomas típicos de quien resulta envenenado.

Tras su fallecimiento, su hijo ilegítimo partiría al descubrimiento de América en una flota de naves cuyas velas iban pintadas con la cruz paté de la orden templaria, homenaje de Colón a su padre recientemente muerto o recuerdo de un viaje realizado siete años antes precisamente junto al Papa, en el que descubrieron, o “protodescubrieron” el nuevo mundo.

Previo a ser nombrado Papa, Cybo accedió a nuevos documentos secretos, esta vez pertenecientes a la Orden del Temple, fechados en el siglo XIII, entre los que había cartas, documentos y mapas mediante los cuales los también llamados Caballeros Hospitalarios Informaban a Roma del descubrimiento de un nuevo continente, al que habrían llegado siguiendo instrucciones y esquemas dejados por vikingos que desde el siglo X, venían explorando estos nuevos parajes, que eran “como la Atlántida de Platón; más grande que Europa y África juntas”.

Usando esa información y con la ayuda de su vástago Colón y fieles marinos genoveses, el recién asumido papa Inocencio VIII se embarcó en 1485 desde su tierra natal hacia el Oeste, llegando a la costa de la actual Venezuela a fines de ese año y dejando registro de la hazaña solo en los diarios de Cristóbal. A su regreso al viejo mundo, Cybo y su hijo comenzaron a trazar el plan para el viaje oficial a esas tierras ignotas, esta vez con el apoyo de una corona europea que los ayudaría a tomar posesión política y religiosa del nuevo mundo y esconder una serie de tesoros y objetos preciosos que Inocencio VIII quería sacar de Roma por el excesivo poder que estos daban al Vaticano. Además, era una manera de salvaguardar la herencia que se les había arrebatado a los templarios, a quienes ambos hombres admiraban con una devoción absoluta.

Así la historia… y colorín colorado esta historia no se ha acabado…

Tomado del Libro Logia del escritor Chileno Francisco Ortega. 2014

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