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¡Imposible caminar!

Álvaro Darío Lara

Escritor y docente

En medio del tránsito ensordecedor de la ciudad, de la rapidez de los transeúntes, que en su prisa no distinguen obstáculo alguno, rememoro las palabras del amigo ausente, el poeta, escritor y académico salvadoreño Ricardo Bogrand, quien alguna vez me dijo sabiamente: “¡En San Salvador es imposible caminar!”, y esto es, completamente cierto. Pero no sólo en San Salvador, es que la gran mayoría de nuestras ciudades, trazadas originalmente en una cuadrícula colonial de casi quinientos años, han extremado, agotado, todas sus reales posibilidades para contener el flujo de gentes y vehículos que se han disparado en los últimos años.

Dos ejemplos conocidos, la ciudad capital y Santa Tecla, han deteriorado severamente sus centros históricos y sus periferias, expandiéndose, sin ningún reparo, en términos de planificación y hasta de sentido común. Los mercados se han desbordado tanto, que engulleron a ambas ciudades, convirtiéndolas en sucias y malolientes extensiones de su peligrosa compra-venta, donde cualquiera instala, en plena vía pública, sus negocios, enseres y prole. Y si a esto añadimos la cantidad de automotores estacionados, inadecuadamente, a ambos costados de las vías y dentro de las aceras, el resultado es caótico, infernal.

Un ejemplo de invasión en el centro histórico de San Salvador, lo constituye la calle Rubén Darío y la gran mayoría de las principales arterias. Y lógicamente, donde hay desorden urbano, hay también condiciones propicias para la delincuencia, y para el funcionamiento, a toda hora del día, de antros dedicados a la degradación moral. Me refiero a las horrendas cervecerías, expendios, prostíbulos y otras alacraneras, que proliferan por doquier, muy especialmente en la zonas aledañas al antiguo Cine Central y ex Prensa Gráfica.

Por supuesto que las llamadas zonas de tolerancia son comunes, y probablemente hasta entendibles en toda urbe mundial, pero para ello existen áreas específicas, horarios, y otras condiciones de seguridad, decoro y  salud pública, que las vuelven civilizadas, para todos aquellos y aquellas que deseen visitarlas. El problema es cuando una ciudad donde transitan cantidad de personas (estudiantes, trabajadores, adultos mayores, niños) se convierte en una escandalosa feria o en un infeccioso burdel.

Atrás quedó una época, cuando al inicio de mi adolescencia (una etapa compleja, donde la guía de la familia es vital) mi padre adoptó la sana costumbre de practicar caminatas los domingos muy temprano. Íbamos desde nuestra casa situada en la 13 calle oriente de San Salvador hasta Mejicanos o San Jacinto. Eran caminatas donde me mostraba la ciudad que aún no despertaba, y donde conversábamos de distintos temas. La oleada de protestas sociales, y el clima de violencia política que comenzó a imperar a fines de los años setenta, terminaron con esos paseos. Pero, repito, aún podíamos caminar.

Hay que recuperar los buenos hábitos, caminar es uno de ellos; pero desde luego, hay que recuperar las ciudades, el territorio nacional. No es posible que ciudades como San Salvador y Santa Tecla, continúen siendo un monumento a la basura, a la delincuencia y a la insalubridad.

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