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II-Retorno imaginario (Fragmento de “Diario de campo (Memoria de una estancia en el zoco)”, Editorial Flor de Barro, 2015)

Rafael Lara-Martínez 

New Mexico Tech, 

[email protected]

Desde Comala siempre…

 

¿Se da cuenta? —añade— tampoco hemos borrado lo que escribía su tía.  A ella le gustaba apuntar sus pensamientos en las paredes, parece que les daba forma, los materializaba y los volvía objetos decorativos.  Ellos adornan el paisaje, más que los muebles y cortinas; les concedía una vida propia, independiente, como fantasmas rondaban sus noches.  Ella los impulsaba fuera de sí y gracias al empuje que los expelía, obtenían una inercia inquebrantable, pensamientos forjados en horas de lívido apartamiento, vida convertida en retiro.  Sí, ella nunca estuvo sola, siempre anduvo acompañada de propósitos e intenciones, de esos fantasmas que poblaron su anochecer.

Y tú, levantando las cejas, frunciendo el ceño, lees: “me vi obligada a crear mi propio mundo”.  Y la luz pierde su transparencia, la atmósfera se vuelve frágil; rara, la luz, cae el sol de la tarde.  Y como en un crepúsculo sin fin, que dura toda una vida, vuelves la cabeza a tu derecha y ya no es la señora la que te señala los letreros, sino tu tía Sarita que te repite con voz delicada, alzando la mano, te invita a acercarte.

—No tengas miedo mijito, te voy a servir una copita de crema de café.  Toma la botella, se balancea hacia delante en la mecedora.

Subes la cabeza un poco, diriges la vista hacia la pared del frente y en ella logras a penas entrever citas del Apocalipsis, referencia a la mandrágora y a menjunjes del estilo.  Y nada más recuerdas con insistencia, aquellas observaciones que te hicieron siendo niño.

—Tu tía es rara, tiene creencias budistas, se pasa la vida encerrada.

Pero ella está allí, ahora, presente, ya no te ofrece una copita, sino inspirada, en flor de loto, a medio levitar, con la vista fija, en un punto indeterminado, un om sostenido, grave, hondo, repetido, se pierde en los siglos.

Parpadeas, te comes un pellejo del dedo gordo.

—Pero todo esto lo hemos conservado —prosigue la señora, toma asiento en una silla de mimbre— no sólo por amor a su tía, sino por una serie de coincidencias extrañas.

—¡Ah!, sí, replicas, mueves la cabeza, afirmas, tomas tú también asiento frente a ella.

—Sí, fíjese que la tumba de la familia, donde está enterrada su tía, está al frente de la de mis suegros.  Y no vaya a pensar mal, que le quiero inculcar ideas absurdas en la cabeza; yo no creo en los espiritistas, ni esa logias.  ¿Se acuerda de los gnósticos que rentaron la casa de la muerta?  Imagínese, abandonada desde hace años, nadie se atrevía a vivir en ella; hasta que, fíjese que dicen, llegaron ellos con la mejor voluntad del mundo.  Barrieron, fumigaron, llena de ratas estaba.  ¿Ud. cree que eran fantasmas?, puros animales encerrados.  Luego, allí hacían sus reuniones, todas las noches, viera, gracias a Dios que se fueron.  Ud. porque no estaba aquí, no se dio cuenta.  No, yo no creo en esas cosas, pero cuando uno llega a cierta edad y la experiencia le muestra lo que le voy a contar, entonces, se cambia de opinión.

—No, pues yo no es que sea incrédulo, pero como nunca me ha tocado.  Cruzas la pierna, te enrollas una mecha de pelo, fijas ti vista en ella.

—Si conociera a mi hija, caería en la cuenta.  Ella nació el mismo día en que murió su tía y aunque nunca la conoció, viera cómo se ha encariñado con ella.  Se levanta, atraviesa el comedor, abre la refrigeradora saca un pichel de fresco de tamarindo, lo pone sobre la mesa, acompañado de dos vasos.

—¿Encariñarse? —replicas— pero, ¿cómo?, si ya está muerta y nunca supo de ella.  Te sirves un vaso de fresco, tomas unos sorbos.

—Eso es lo extraño, su presencia sigue vigilante, día y noche.  Mire, allí donde murió —señala con el dedo la esquina opuesta a la ventana del frente— no se puede dejar ningún juguete de la niña.  La otra noche se quedó un trencito y una muñeca.  A penas pudimos dormir; si hubiera oído el trencito dando vueltas en la madrugada, con seguridad se despierta.  Y eso no es nada, porque lo que es la niña sólo con ella se la pasa jugando.  Ya conoce todos sus gusto de historias.  Imagínese, yo nunca le he hablado de la dama de las camelias, ni oigo  radionovelas, pero parece que a su tía le encantaba Greta Garbo.  Mi hija ya se sabe toda la historia, y así llega siempre, tan contenta, diciendo que viene de jugar con su tía Sarita.

—Pero, al menos, no teme su presencia.  Volteas la cabeza hacia la puerta de entrada, sol poniente, oculto, luz que cae, penumbra del crepúsculo.  Una presencia sola, traslúcida, se confunde con el atardecer.  Tía Sarita sonriente, llevando de la mano a una niña, a la hija que nunca tuvo, pero para quien tantos cuentos escribió.

—No, interrumpe tu visión, se sirve más fresco, cruza la pierna.  Ella se ha convertido en el guardián de esta casa, su presencia es benigna.  Si no ya no estuviéramos aquí.  Nunca se nos ha ocurrido tampoco bendecir la casa para espantar los espíritus que merodean.  Fíjese que no, al contrario, nos reconforta tenerla con nosotros, hasta la niña se puede quedar sola, su tía la cuida y le cuenta cuentos.  Mi esposa y yo estamos convencidos de que se trata del ángel de la guarda de la niña.  Vela por ella, la mima, la entretiene.  Ha despertado en su imaginación todo un mundo de fantasía e ilusión, transportándola a lugares insospechados.  A veces regresa entonando un vals, imagínese, como si fuera una quinceañera de principio de siglo, hablando de Susy y de los bosques de Viena.  A menudo, me preocupa su educación, pero todavía está pequeña.  Dese cuenta aquí, entre medio de tanta balacera engalanarse en valses, encontrarse transferida, día a día, a un ambiente ilusorio. Pero, eso me parece por ahora la infancia.

—Sí, tiene razón —interrumpes, otro traguito de tamarindo, prosigues— una iniciación fantástica a la vida engendra en la niñez una aureola de invención y fábula.

Das el último sorbo y tu tía te muestra la salida, anochece.  Te lleva de la mano, te guía, te encamina a la puerta, se despide de ti.

—Váyase ya, mijito, es noche, no vaya a ser el diablo.  No le cuente a nadie porque van a creer que soy alma en pena y no es cierto.  No se trata de un destino fatal, sino de un don providencial que me permite guardar a la niña.

Y sales, bajas por la cuesta de piedra que se inclina abruptamente hacia tu casa y ya oyes la reacción de tu padre, que con su racionalidad replica.

 

—Esas son bobadas de la gente, sonríe, puros cuentos, invenciones ridículas.  Los espíritus no existen.

Pero tu otra tía, la hermana de tu tía Sarita, se preocupa mucho, compra una ofrenda de floral, la deposita en su tumba, ofrece una misa por la mala ventura.  Aunque tú intentas contradecirla, explicarle su fausta presencia, organiza rosarios, le pone veladoras a la Virgen.  Opta por la salvación de su alma y por evitar su vagancia fatídica.

Sigues tu caminar, taimado, imbuido en tu pensamiento, absorto, cruzas la calle, sin reparar en los coches, hasta que uno te pita repetidamente, al tiempo que te grita con fuerza.

 

—Espèce de con, tu vas te faire écrasser, si tu ne regarde pas.

 

Retrocedes, regresas al mercado, te sientas en una banca, observas.  Amanece ya, el clamor de la claridad y el fragor del día se hacen patentes.  Hay descarga de camiones e instalación de puestos; de este lado las frutas, del otro las verduras.  Las cajas se apilan, una tras otra y los olores empiezan a confundirse con la mañana.  Te acercas, un suave olor a mango envuelve tu ensueño, lo coges, no sin antes convenir el precio; se vuelve ofrenda en la madrugada.  Regresas a la banca con el mango en la mano y respiras fuerte, como fumando el aroma, invade cada uno de los recovecos pulmonares.  Se vuelve sangre que irradia bálsamo fragante y silencioso a todo lo largo de tu cuerpo.  Sólo resuena “mango que te quiero mango, mango manila, mango mechudo, mango encurtido…”.

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