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¿Filosofía sin filósofos en América Latina?

Óscar Sánchez

Escritor, investigador y epistemólogo

¿Existe o ha existido una genuina producción de pensamiento filosófico latinoamericano?

Sobre esta pregunta fundante giró la primera parte de este escrito al que, a medida avancemos en su lectura- análisis, iremos gradualmente obteniendo su respuesta.

Finalizamos en la entrega anterior reflexionando sobre las consecuencias devastadoras que tuvo la Segunda Guerra Mundial, particularmente en lo que respecta a la crisis cultural; sobre este conflicto, Zea advierte la pérdida de un modelo (el Europeo) el cual es sustituido por otro emergente: el de Estados Unidos.  América Latina no necesariamente sustituyó lo antiguo por lo nuevo, es decir, no se eliminó lo antiguo para que lo nuevo se impusiera, éste ha sido un proceso de un proyecto de entrecruzamiento de temporalidades históricas.

Respecto al dominio de los Estados Unidos Zea se refirió en 1971 con la siguiente reflexión:

«La experiencia latinoamericana es una experiencia importante para la historia del mundo contemporáneo, del mundo en que vivimos. La experiencia de pueblos que se enfrentan a la expansión y a la hegemonía de la poderosa nación (Estados Unidos) que al principio de este siglo XX planteó la necesidad de un nuevo reparto del mundo, esto es, de un reparto en que pudiese participar, ya que el mundo entero se encontraba repartido. Un nuevo reparto al que acabarían subordinándose no sólo las antiguas colonias de Europa Occidental, sino los mismo imperios que habían participado en el primer reparto y ahora eran parte del botín por repartir…».

Con este nuevo mapa y escenario de poder, Estados Unidos critica el pensamiento europeo como relativista (también así considerado el pensamiento de Zea) y extraño a toda relación ideológica, política y social. A mi juicio el planteamiento de Zea tiene un fuerte cargamento de valoraciones éticas y políticas de las cuales emana esperanza para las naciones dominadas y de quienes reflexionamos sobre el estado de letargo en el que nos encontramos. Hilary Putnam y Richard Rorty (ambos filósofos estadounidenses pertenecientes a la corriente de pensamiento denominado pragmatismo) afirmaban que las teorías tienden a ser cerradas (incluidas las del pragmatismo) y dogmáticas; Zea añade el pensamiento filosófico debe abrirse a sentimientos éticos cuando se pone a disposición del otro.

Zea destaca que estas formas de convivencia entre naciones giran alrededor de relaciones de poder y de explotación de unos hacia otros. Las modernidades en América Latina hay que verlas como proyectos recibidos, adaptados y adoptados, dirigidos a través de la experiencia propia de un proyecto de larga duración donde ha habido rupturas, novedades (es decir sus propias características). Estos proyectos son de diversas índoles  (políticos, sociales, económicos, culturales, entre otros).

En algunos casos han sido impuestos desde las metrópolis (España, Inglaterra, Francia, Alemania, Estados Unidos), en otros casos han sido impuestos por élites (políticas, culturales, económicas) y discursos hegemónicos; en otros han sido proyectos legitimados, sostenidos por otros actores que no son metrópolis, ni élites, para el caso: artesanos, obreros, profesionales de las diferentes áreas, intelectuales, los pueblos indios y latinos, entre otros, quienes adquieren costumbres, hábitos, maneras de pensar, ideales, expectativas de vida, creencias, gustos, ambiciones, etc. muy similares a los del país que los domina.

En el escenario de este ensayo este re-pensar sobre Zea me ha permitido, en primer lugar, reconfirmar que su pensamiento corresponde a una filosofía latinoamericana; en segundo lugar, valorar la necesidad de seguir escribiendo sobre nuestra realidad  desde una originalidad y autenticidad de y desde nuestra región. En este marco he considerado reconstruir un discurso hegemónico de lo que corresponde al proceso salud – enfermedad, es decir deconstruir elementos negativos del pasado considerado como verdades absolutas. Zea evoca, provoca y convoca (como diría Leonardo Boff en su texto: “Los sacramentos de la vida y la vida de los sacramentos”) a escribir sobre una epistemología de la salud latinoamericana desde sus propios actores.

Una nueva epistemología de la salud implica abordar vertientes nuevas como la salud colectiva, la cual puede ser considerada como una práctica de las ciencias de la salud y de las ciencias sociales que se ocupa de la salud y de la enfermedad en relación con la vida grupal (acá está inserto Zea en su pensar sobre la filosofía como compromiso y el pensamiento sobre el otro).

Una nueva epistemología de la salud correspondería a una línea de pensamiento, a una posición ética y política dentro de los profesionales de las ciencias de la salud y de las ciencias sociales. Se interesaría por la salud de la gente en relación a su comportamiento en grupos sociales y como tal se ocuparía del cuidado del paciente individual como miembro de una familia y de otros grupos significativos en su vida diaria. También se ocuparía de la salud de estos grupos como tales y de toda la comunidad como comunidad.

Juan César García, uno de los impulsadores de la salud colectiva latinoamericana y miembro fundador, en 1984, de la  Asociación Latinoamericana de Medicina Social – ALAMES- sería uno de los pensadores a retomar, junto a la confluencia del pensamiento crítico en salud y las luchas de los pueblos latinoamericanos en defensa de su salud liderados por Miguel Márquez, Edmundo Granda, María Isabel Rodríguez, Sergio Arouca, Juan Samaja, Nila Heredia, Eduardo Espinoza, Mario Róvere, Óscar Feo, Secundino Urbina, Jaime Breilh, Asa Cristina Laurell, Mario Testa, Víctor B. Penchaszadeh, entre otros.

Siguiendo la misma lógica de Leopoldo Zea donde el papel del filósofo es ser y estar consciente de la posición en la que se está, de la realidad concreta y no de la abstracta, la epistemología de la salud a proponer  confrontaría el modelo médico hegemónico, biologicista, medicalizado y centrado en la enfermedad, y ahora mercantilista, individualista, excluyente y generador de inequidades.

En otras palabras sería contextualizar los problemas que Zea vivió pero vistos, pensados y abordados desde la época en que nos ha tocado vivir. Ello implicaría totalizar la salud (y no su opuesto que es la enfermedad), abarcar toda  mi persona de manera ética, un compromiso con mi propia circunstancia y contagiar al mundo anunciando, denunciando y dando esperanza. Esta posibilidad es la que me llevaría a la universalidad, acá el problema sería el camino a tomar.

Propondría una epistemología de la salud que  apoye las luchas de todos los pueblos del mundo por libertad, democracia, justicia social y el derecho humano a la salud.

Para Zea las naciones dominadoras se han convertido en diseminadoras de la verdad; las culturas dominadas, o de segunda categoría, simplemente se han limitado a  imitar a las demás. Para nuestro filósofo en estudio es relevante tomar conciencia, deconstruir el montaje de la filosofía de la historia, construir filosofía de la historia alternativa, luchar por cambiar la realidad. Eso precisamente es lo que se pretendo con esa reflexión  sanitaria: pensar sobre el pensar, el conocer sobre el conocer en materia de salud.

La epistemología de la salud nos llevará a reflexionar, a captar, a hurgar los andamios en que ha sido construido sus bases teóricas de corte hegemónica. La epistemología de la salud significa, en otras palabras, cambiar de paradigmas, romper modelos mentales, despedazar formas de pensamiento y conocimiento por otras formas, obviamente pensada desde la realidad latinoamericana. Implica, por lo tanto un proceso de aprendizaje, desaprendizaje y reaprendizaje. La epistemología de la salud es un proceso dialéctico donde el dual o la dualidad epistemológica sujeto – objeto no confrontan, no se invaden ni se evaden, sino más bien interactúan como parte del proceso cognoscitivo.

Continuará en la próxima entrega.

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