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Exentos de culpa

Rafael Lara-Martínez

Tecnológico de Nuevo México

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Desde Comala siempre…

 

Mientras el asombro se consterna ante una foto trágica, sin intimidación surge la pregunta siguiente.  “¿Cómo sería América Central hoy, si Estados Unidos no hubiese ayudado a crear o a fortalecer dictaduras, o liderazgos genocidas?” (Rubén Blades).

 

Su obvia respuesta presupone remitir la mayor responsabilidad a la intervención estadounidense, mientras opaca a quienes la aceptan y hacen efectiva la ayuda en su propio país.  Este dictamen no es nuevo.  En El Salvador, caracteriza varios momentos históricos claves.  De considerar la colonización y la deculturación violenta la misma culpa se le atribuye al extranjero —la conquista española— para exonerar lo nacional.  A lo sumo, la tradición de una memoria corta incrimina al régimen de Maximiliano Hernández Martínez y el 32, del exterminio indígena y del olvido de la lengua, sin mencionar la antesala de esos eventos.

 

Desde la Reforma Liberal —finales del siglo XIX— el auge de la literatura nacional lo acompaña el progreso económico del café. Así lo llama la Ciudad Letrada que crea esa esfera inédita de una literatura nacional.  A sus miembros los consagra el término “los héroes de la pluma”, en el silencio que su notable escritura poética funda una nación monolingüe. Su célebre indigenismo elude toda condena de la Ley de Extinción de Ejidos (1882).  La antesala del 32 la fundamenta una celebración gozosa —incluso a la izquierda política— del triunfo nacionalista en las artes.

 

Pese a su etimología común —modernidad y modernismo— rara vez estos movimientos simultáneos se perciben como las dos faces de un mismo hecho social.  Una misma acción política enlaza la actividad económica que —gracias a la propiedad privada— propicia el café con la formación de un canon literario regionalista e indigenista, de 1882 a 1932.

 

En cambio, sin asumir compromisos directos, se acusa a España de todo acto de conquista y colonización.  En el olvido del término de colonialismo interno, en El Salvador suele acusarse sólo lo lejano, España, y lo distante, la Colonia, por los actos políticos de un país independiente.  La pérdida de las tierras comunales (1882) y el desinterés literario por transcribir las lengua indígenas, hay que achacárselo a la potencia extranjera. Así se exime a los fundadores del canon literario nacional de toda obligación por el co-hecho político que funda la nacionalidad salvadoreña.

 

En esta paradoja fundacional, formulo una serie de preguntas similares a la de Blades.  “¿Cómo sería El Salvador hoy si” jamás hubiera decretado la Ley de Extinción de Ejidos (1882)?  “¿Cómo sería El Salvador hoy si” si, en vez del auge capitalista del café, las tierras comunales cultivaran los productos agrícolas tradicionales?  ¿Cómo se hablaría hoy del 32 si su preludio modernizador, esa esperanza inútil, no concluyera en tragedia?  ¿Qué sería del El Salvador si la Ciudad Letrada hubiese aceptado las lenguas indígenas a igual rango poético que el castellano?  ¿En cuál idioma escribiría este breve ensayo si la educación implantara el plurilingüismo, mínimo, el bilingüismo, desde la Reforma Liberal?

 

Ni EEUU es el único responsable de las dictaduras militares —la primera (1931) la avala el anti-imperialismo conservador— ni España, lo es de las acciones políticas y literarias de los países independientes.  Como en toda inter-vención, se aplica aquel famoso verso dual de Sor Juana Inés de la Cruz, a responsabilidad com-partida.  “La que cae de rogada / o el que ruega de caído…la que peca por la paga / o el que paga por pecar”.

 

¿Quién fabrica y provee las armas o quién las acepta, empuña y las dispara contra sus compatriotas?  ¿Quién conquista y coloniza al formar un imperio global, o quién neo-coloniza en nombre de la independencia y del desarrollo económico?

 

Exentos de toda culpa, el error siempre está en el Otro.  Jamás lo reconoceremos en el nos-Otros.

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