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¿Es el fin de la política?

Iosu Perales

El fin de la política es el sueño de los gurús del neoliberalismo que disparan misiles diarios contra el Estado y las instituciones democráticas, con la intención de sustituirlos por gobernanzas tecnocráticas al servicio fiel de los grandes intereses económicos y financieros. Por eso, en sus ataques a la política se incluye una ofensiva contra los partidos políticos y sus liderazgos, enemigos naturales de un neoliberalismo que se define a sí mismo como apolítico con unas reglas sustentadas en la presunta racionalidad de los mercados sin control.

En realidad el pensamiento de los gurús neoliberales es una farsa. Como lo fueron sus pronósticos del fin de la historia y el de las ideologías. Su “verdad científica” es una presunta verdad tras la que se esconde el despotismo de los mercados, el neocolonialismo y nuevas formas de esclavismo del siglo XXI. Desplazar a la política a espacios donde no pueda tener capacidad de decisión independiente es uno de los grandes objetivos neoliberales que se afana cada día en mostrar la supremacía de los mercados internacionales.

Los tres grandes instrumentos del ataque global a la política son: la judialización de la política, mediante la cual se trata de someter a los gobiernos y los parlamentos a la autoridad indiscutible de los jueces que, oh! casualidad, ejercen de gobiernos no elegidos y tratan de controlar a los poderes ejecutivo y legislativo; la segunda herramienta son los grandes medios de comunicación que tratan de imponer la agenda de los gobiernos y fiscalizan la actividad de las instituciones premiando y castigando según sus preferencias ideológicas y políticas; los medios difunden además lo negativo de la política contribuyendo a la desafección ciudadana; el tercer instrumento es la globalización actual que coloca a las instituciones supranacionales -ninguna de las cuales sería capaz de superar el umbral democrático- en lo más alto de la toma de decisiones, frente a lo cual los gobiernos nacionales y las sociedades que representan solo pueden aceptar la fatalidad de tenerlas que aceptar de manera obligada.

Los gurús del neoliberalismo tratan de vender la idea de que las cosas son como son, y no hay alternativa. Es una idea que esconde el pensamiento único y propone una ideología cerrada en lo referente no solo a la economía sino que también a la representación de una realidad, según la cual el mercado gobierna y los gobiernos administran lo que dicta el mercado.

Frente a la amenaza neoliberal el retorno de la política debe centrar la actividad de la izquierda. Un retorno que debe apoyarse en un concepto de la globalización entendida como la universalidad de la emancipación humana. Pero el retorno de la política no debe entenderse como la vuelta a una democracia liberal que ya es arcaica. Se trata de hacer otra política, de lealtad a la ciudadanía y que haga de la democracia en todos los órdenes de la vida un frente de combate. La democracia minimalista del neoliberalismo debe encontrar en la izquierda algo más que resistencia: un despliegue de nuevas formas democráticas que hagan de la participación ciudadana y de la transparencia motores para el cambio.

El retorno de la política en el siglo XXI obliga a la izquierda a una adaptación. Las nuevas tecnologías de comunicación –redes sociales, por ejemplo- han venido para quedarse. Pueden jugar un papel positivo o negativo, y en esa pelea deben estar las izquierdas abriendo nuevas trincheras para dar la batalla de las ideas y para extender una cultura global de valores morales libertadores. Por el contrario, la desconsideración de los nuevos métodos de comunicación entre organizaciones, movimientos y personas, nos llevaría a la marginalidad. Es verdad, por otra parte, que el neoliberalismo quiere arrojarnos a un escenario de redes anónimas donde los mercados de información y extensión de consignas están contaminados. Pero la batalla para lograr la hegemonía también hay que darla en este campo.

Lo que está logrando el neoliberalismo en su afán por conseguir el fin de la política, es una ocupación de los centros vitales de la sociedad. De una manera casi imperceptible, sin revoluciones ni cambios de leyes, mediante el desenvolvimiento de la vida cotidiana sus peones toman posesión y dominio. Determinan el comportamiento de gobiernos, de parlamentos, de la opinión pública, de los jueces, etc. En este movimiento neoliberal Estados Unidos destaca por su hostilidad, pero no hay que despistarse: nuestra mirada no debe fijarse únicamente en el imperialismo del norte y sus agresiones particularmente obsesivas contra los gobiernos progresistas de América Latina, pues los ataques nos vienen de los cuatro puntos cardinales, también de la Unión Europea, por ejemplo.

No, la política no está en su final, pero sí es el objeto de la disputa. Los gurús del neoliberalismo al desprestigiarla buscan que la ciudadanía global, el demos, quede convertido en una suma de hombres y mujeres individualizados, sin control alguno sobre los poderes que mandan. El peligroso vacío que genera una política rechazada por la sociedad abre la puerta al providencialismo. De pronto surgen líderes “salvadores” que apoyándose en un discurso anti-política y anti-partidos políticos se ofrecen como la solución providencial. En realidad, al carecer de estructuras y bases organizadas, sus liderazgos caen en el caudillismo y el culto a su personalidad. Concentran todo el poder. El retorno a la política debe ser el retorno a partidos políticos con bases fuertes, participativas y que tengan la última palabra.

Es importante no ser parte del derrotismo que sentencia el fin de la política. Los gurús del neoliberalismo saben que la aparente buena salud económica que predican, a la hora de la verdad, queda reducida a estadísticas, sin encontrar reflejo en la vida real. Buenos índices macroeconómicos y aumento de las desigualdades sociales van de la mano. Por eso su esfuerzo se acentúa para descabezar la política y eliminar todo cuanto en un momento dado pueda suponerle el fin de su recorrido. Saben que hay una posibilidad post neoliberal y post capitalista, y esta posibilidad surgirá del retorno de políticas verdaderamente alternativas, presididas por proyectos, ideas-fuerza, talento y decisiones valientes de la izquierda.

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