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El respeto a nuestra casa común

Por Zoraya Urbina*

Nos sentimos dueños de un espacio del que, en realidad, estamos en comodato; es nuestro mientras estamos acá, pero cuando partamos, todo lo que toca a cada ser vivo que habita la tierra se quedará y lo único que sobrevivirá de nosotros es el legado que dejamos a los que vienen atrás.

La especie humana actual, la que sobrevivió por sobre otras, habita esta tierra como si fuera propia, se considera dueña, ama y señora de todo lo que sea menos fuerte que ella; nos creemos dueños de los animales, a los que masacramos sin reparo por la gracia de tener un colmillo, una piel o simplemente por querer demostrar que somos más fuertes y que cazar es la muestra de nuestra superioridad.

Desequilibramos ecosistemas, cortamos árboles a diestra y siniestra para tener más parqueos o para mal construir alguna estructura, contaminamos el medioambiente con moda rápida que se usa dos o tres veces y luego se tira, con humo, con plásticos, con todo lo que no queremos y que no nos importa a dónde va a parar. Contaminamos con ruido, con luces, con más consumo que luego se vuelve basura.

Y ante esta realidad, me pregunto seriamente: ¿en qué momento nos creímos soberanos de un espacio donde solo somos invitados?

Respetar la diversidad que vive en nuestro planeta debe ir más allá de creer que solo los seres humanos tenemos derechos sobre la tierra, implica abrazar cada planta y cada animal que la habita. Las otras especies no están aquí para servirnos, sino para convivir con nosotros.

La forma en que tratamos nuestra casa común habla profundamente de quiénes somos. Es decir, no se vale crear grandes políticas ambientales, que en su mayoría no se cumplen o se cambian de acuerdo a la conveniencia de los gobiernos de turno, y, ojo, no hablo de un país en particular, sino de todos los que ponen primero el mercado antes que el bien común.

Pero este, querida amiga, querido amigo, no es un tema solo de gobiernos; sino, sobre todo, de personas comunes como tú y como yo, que podemos generar cambios en los pequeños actos cotidianos: la conciencia sobre lo que consumimos y cómo lo desechamos, el respeto por el entorno inmediato y por nuestros hermanos más pequeños, como los animales y las plantas; y el comprender que con cada esfuerzo por más pequeño que sea, podemos ayudarnos a vivir mejor en nuestra casa común.

Si a la base de nuestra convivencia está el respeto por toda forma de vida, las cosas irán bien. Si recordamos que no somos dueños de la casa, no somos los anfitriones del banquete, sino todos comensales compartiendo en este espacio común llamado Tierra, la convivencia será más satisfactoria para todos los habitantes.

Cuando tratamos bien a nuestra Madre Tierra, Pachamama, Tonantzin, Gaia, no le hacemos un favor, sino que es un acto de supervivencia para nuestra especie, que en su mayoría es tan desagradecida con tan amorosa madre. Al final, queridos lectores, la tierra sigue su curso de millones de años, el ser humano no es imprescindible para su existencia.

¡Feliz Día de la Tierra!

*Puedes encontrar material de la autora sobre mujeres, resiliencia y bienestar en: https://www.youtube.com/@ZorayaUrbina

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