Por David Alfaro
08/01/2026
Hannah Arendt fue una filósofa y pensadora política alemana que analizó el totalitarismo, el poder y la responsabilidad individual. Es conocida por explicar cómo los regímenes autoritarios se sostienen mediante la propaganda, la obediencia ciega y la normalización del mal, ideas que siguen siendo claves para entender la política moderna.
Arendt, al estudiar los totalitarismos del siglo XX, explicó algo que aún está vigente: la mentira política no sirve sólo para engañar, sino para destruir la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso. Cuando eso ocurre, la sociedad queda indefensa.
Ese marco ayuda a entender con claridad lo que ocurre hoy en El Salvador bajo la dictadura de Bukele quien no gobierna sólo con decretos, policías o cárceles. Gobierna, sobre todo, con narrativa. Desde el inicio construyó un aparato de propaganda permanente que mezcla redes sociales, medios alineados y uso político de las instituciones del Estado. Todo gira alrededor de una versión oficial de la realidad que no admite matices ni cuestionamientos. La propaganda no acompaña al gobierno, es el gobierno mismo. Cada acción se presenta como épica, cada decisión como histórica, cada crítica como traición. El relato siempre va por delante de los hechos.
Bukele se ha fabricado una imagen de salvador. Él es el que resuelve, el que pone orden, el único capaz de hacer lo que nadie pudo antes. En ese relato no caben errores, abusos ni fracasos. Cuando los hay, se esconden, se minimizan o se niegan. La exageración de los logros y el silenciamiento de los costos es parte central del método. No importa tanto que la gente crea cada cosa, basta con que ya no sepa qué es verdad.
El discurso del orden y la seguridad es un ejemplo claro. El régimen de excepción se vendió como una guerra necesaria contra las pandillas. En la práctica, se convirtió en una herramienta para concentrar poder, saquear las arcas del Estado, suspender derechos y normalizar el abuso. Arrestos arbitrarios, cárceles saturadas, miedo generalizado. Pero todo eso queda fuera del relato oficial. La propaganda habla de paz, mientras la represión se vuelve rutina.
La economía tampoco escapa a esta lógica: Bukele habla de gran desarrollo. El experimento del bitcoin se anunció como la gran jugada que pondría a El Salvador en la vanguardia mundial. La realidad ha sido otra: opacidad, improvisación y escasa adopción popular. Aun así, el discurso oficial insiste en el éxito. Cuestionar el proyecto no es debatir política pública, es «atacar al país».
El daño más profundo no es sólo institucional, es social. Cuando la mentira se vuelve constante, la gente se acostumbra. Se pierde la capacidad de indignarse, de analizar, de preguntar. Como advirtió Arendt, «cuando se borra la frontera entre verdad y mentira, también se borra la frontera entre lo aceptable y lo inaceptable». El culto a la personalidad y la persecución simbólica del que disiente, terminan de cerrar el círculo. La propaganda no es un accesorio, es la base del régimen. El objetivo no es convencer de una versión, sino cansar, saturar y desorientar. Que nada sea firme, que todo dependa del líder.
El Salvador está atrapado en ese reino de la mentira. Salir de ahí no es sólo un asunto electoral o institucional. Es recuperar la capacidad de pensar, de dudar, de decir no. De volver a distinguir entre seguridad y miedo, entre liderazgo y culto a la personalidad, entre orden y sometimiento.
La historia demuestra que los regímenes construidos sobre la mentira no son eternos. Caen. Pero el daño que dejan puede durar generaciones. La tarea pendiente no es sólo reconstruir las instituciones, el marco legal y el orden constitucional, sino también reconstruir conciencia. Romper el hechizo de la propaganda y devolverle a la gente algo básico y profundamente humano: la capacidad de pensar por cuenta propia!
Diario Co Latino 134 años comprometido con usted