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domingo , 24 junio 2018
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El pasajero fantasma del museo del ferrocarril (4)

René Martínez Pineda *

El pasajero fantasma vio que el forense no le quitó los ojos de encima y sintió celos. La mujer, search perentoriamente desnuda, cheap se recostó en el vidrio de la ventanilla y, abriendo las piernas, lanzó un suspiro agónico y se le oyó murmurar: ¡es dulce! Más tarde, el pasajero fantasma habría de recordar esas palabras. Una convulsión les hizo creer que el tren había reanudado su marcha, pero sólo avanzó unos metros.

En cuestión de tres horas llegarían al puente sobre el río La Paz que separa a El Salvador de Guatemala, horas que serían eternas porque en ese lapso tendría que sufrir orgasmos copiosos y, además, convocar al invitado que nadie quiere como compañero de viaje. En el vagón contiguo unas voces dan la clave. Ya falta poco, se alcanzó a oír, en el momento en que el tren llegaba al puesto de revisión de vías férreas. En el carro motor de inspección S-628, propiedad de FENADESAL (color amarillo; parabrisas de dos cuerpos como los carros antiguos; dos filas de asientos de madera rústica color verde –adelante dos asientos individuales; atrás una fila para cuatro personas- dándole la forma de un raspa-hielo) un grupo de obreros saludaban a los ocupantes del vagón presidencial, con la misma euforia con que se vitorea a quienes están a punto de realizar un acto heroico. Es curioso que todo el mundo conozca un secreto bien guardado, dijo, la mujer. Parecía inquieta porque sabía que no podía evitar el choque de cuerpos desnudos y el chapandongo de salivas. Tenía ojeras de previo repudio. Eran las once y media cuando el tren se sacudió. Se asomaron unas cabezas en las ventanillas de los vagones de tercera clase.

El camarero le sonrió con complicidad y sin asomar en su boca ningún morbo, a pesar de que estaba desnudo su cuerpo de diosa emancipadora. Ya casi es la hora, le dijo, y la mujer se estremeció y sintió un poco de temor y pena. Sonó el pito y la locomotora lanzó un hondo y nostálgico alarido. El tren se quedó inmóvil unos minutos más, como si estuviera decidiendo llegar o no a la frontera, o como si le estuviera dando más tiempo a la mujer para hacer lo que tenía que hacer. El pito sonó de nuevo, está vez más fuerte. Hubo un fogoso jalón. La mujer se apoyó en la ventanilla para contemplar el carro motor de reparación que mansamente desfilaba por los rieles paralelos.

El bar tender se acercó. ¿Un mojito con higuera del diablo? le preguntó, y le dio el vaso sin esperar respuesta. ¿Nerviosa? El pasajero fantasma, tomando una sobredosis de pastillas azules, se aproximó con los espasmos propios del pre-coito. Estoy listo para hacer el amor, dijo, en tono nasal, pero su virilidad estaba sorda y se perdía en la mano. Un túnel inexistente devoró al tren. La cacofónica voz del pasajero fantasma se ahogó en el estruendo y le sirvió para probar de nuevo su erección. ¡Nada! Y yo estoy lista para coger, no para hacer el amor, respondió, al reflejo. La mujer del baby doll rojo-vengativo era una sacerdotisa desnuda, un premio demasiado bueno para él. Tenía un cuerpo geométricamente trazado siguiendo las líneas imperativas y bellas de los Jardines Colgantes de Babilonia; una piel tersa, tibia y sin enmendaduras que invitaba a ser lamida salvajemente, como si fuéramos una incontrolable bestia en brama, en cada uno de sus poros y que escondía el secreto de la miel en los labios y entre las piernas; unos ojos fascinantes y coquetos que simulaban ser una paradoja almendrada del ir o huir, porque el universo cabía en su mirada de embrujo, mirada de pitonisa fascinante y peligrosa; unos pies lindos, mimados e inenarrables, con sus uñas pulcras rigurosamente pintadas de azul; un pelo sedoso de un color indecible, pues parecía cambiar a cada rato. Lucía en sus pechos amelocotonados un lunar por el pezón izquierdo y un dije verde en medio, su color preferido, montado en el lomo de una luciérnaga hecha con el oro que los Quechuas escondieron en sus templos.

Y, como imitando el milagro del mar rojo, abrió las piernas, de par en par, para permitirle al pasajero fantasma que, como un perro, se saciará con su leche y miel, como si eso fuese parte del protocolo de la distracción que usan los magos o parte de la confusión gustativa que se requiere para llevar la presa hasta la trampa mortal. Consultó su reloj, pero las agujas se habían esfumado. El tren, a pesar del jalón, seguía parado como si esperara algo o como si no quisiera interrumpir.

Afuera del vagón presidencial todo estaba curiosamente callado y expectante. Por dentro, sólo se oían los ruidos acuosos de una lengua frenética, golosa y canina, pero más que sexo oral parecía un altercado criminal. No pares… sigue, sigue, susurró, en tono imperativo, mordiéndose los labios y poniendo los ojos en blanco. Los otros tres pasajeros se acomodaron en el bar, dándoles la espalda para no espantar el acto sexual que la mujer ejecutaba con maestría y por conveniencia, y que el pasajero fantasma practicaba, a medias, por puro protocolo presidencial; lo inundaba todo: un ruido como de animal salvaje y depredador en busca de la brama incendiaria de su vagina jugosa; lo zarandeaba todo: el temblor del vientre como si se llevara a cabo un derrumbe irrevocable y letal en su vagina recién rasurada y que hacía estremecer toda la cartografía de su cuerpo unánimemente erizado y calcinante; luego, el rumor del mojito con higuera del diablo cayendo en su vagina fogosa y deliciosa, cuyas gotas llegaban hasta sus pies, y el siseo telúrico del orgasmo al correr ríos de leche y miel en medio de sus piernas, perfectas como columnas griegas; y después, otra vez el chasquido de la lengua salivosa hurgando en los dedos de sus pies perfectos, subiendo luego hasta su clítoris erecto que temblaba de gozo y a sus labios mayores desplegados y engrosados como pétalos rosados en busca de placer y venganza, porque la venganza es el afrodisíaco más poderoso debido a que nos da un placer doble e intensísimo y dilatado que nos pone al borde de la muerte y del renacimiento que la acompaña; porque el sexo y el instinto de sobrevivencia son las pasiones más fuertes que se pueden tener y, si se juntan, el orgasmo es como la resucitación.

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