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EL PAÍS QUE VIENE. CUARTA PARTE: Orden y libertad.

EL PORTAL DE LA ACADEMIA SALVADOREÑA DE LA LENGUA.

 

Eduardo Badía Serra,

Director de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

 

 

El país se encuentra en crisis. Esto no es nuevo, es más bien permanente, una condición casi propia de nuestra misma naturaleza. Pero esta crisis, en estos momentos, se ha agudizado por efecto de la pandemia, se manifiesta ahora como nunca jamás. Sus efectos son económicos, sociales, culturales, políticos, pero sobre todo vitales. Afecta a la gente en su misma esencia. Urge entonces una respuesta diferente, por lo menos esta vez, una respuesta que verdaderamente trate de responder a la realidad y la cambie. He venido insistiendo en este mensaje de “El país que viene”, que esta respuesta la tienen, no los economistas ni los políticos, sino más bien es propia de la cultura, de los filósofos, que saben ver la realidad y leerla para transformarla, como decía Marx en su XI tesis sobre Feuerbach, de los sociólogos, que estudian, formalizan y hacen orgánico el concepto, de los psicólogos, que se enfrentan ahora con un pueblo con una salud mental deteriorada que se necesita restaurar, y de los ambientalistas, pugnando neciamente por un mayor respeto hacia la naturaleza.

 

 

Debemos comenzar por aceptar que lo fundamental en el país es restaurar el orden. Si algo ha privado en la vida nacional de los últimos años, es el desorden, desorden que a veces ha lindado en las fronteras de la anarquía. Aquí, todos opinan, todos mandan, todos deciden, todos proponen, pero nadie hace caso, nadie ordena nada. El primer paso debería ser el restablecimiento del orden nacional, pero de un orden que llegue sin menoscabo de las libertades. Este es el difícil dilema entre esos dos conceptos, aparentemente antagónicos, pero en realidad complementarios. Recojo al Doctor Roberto Lara Velado en su magnífico “Estudio Histórico de la Evolución Política de la Humanidad”, cuando dice que “…..el fenómeno político es un aspecto del hacer gregario del hombre,…..por lo que…..los objetivos políticos no pueden ser superiores a los fines generales de toda sociedad humana”. Dentro de esos fines hay dos elementos inevitablemente necesarios: El concepto de orden, y la idea de libertad, que, aparentemente contradictorios, son realmente complementarios. Y tal es la importancia de ambas nociones que, continúa el Dr. Lara Velado, “el ejercicio del gobierno, si ha de garantizar la consecución de los fines de la sociedad, que son razón ontológica de su existencia, no puede menos de fundarse en el equilibrio del orden y de la libertad. Un orden sin libertad no sería un orden social porque no estaría orientado a la realización de los fines de la sociedad. Una libertad sin orden degenera en libertinaje, el cual hace imposible el desarrollo de la misma libertad”. Importante, entonces, es sostener ese delicado equilibrio entre orden y libertad. Y en nuestro país, tal equilibrio no existe, no hay en El Salvador, ni orden ni libertad, orden en libertad, libertad ordenada. Es necesario, urgente, vital, establecer tal equilibrio. Ese es el primer paso.

 

Pero ese equilibrio delicado entre orden y libertad debe ser cuidadosamente establecido para evitar caer en sus formas degeneradas. La exageración del orden no es otra cosa que la tiranía, así como la exageración de la libertad no es otra cosa que la anarquía y el libertinaje. Ni la tiranía ni el libertinaje conducen a la paz y a la justicia social, con ellos no es posible alcanzar los fines de la sociedad, los dos primeros y más importantes planos estructurales del hombre, como he venido diciendo. El Salvador ha caído en el caos porque falta el orden y porque falta a la vez la libertad.

 

El problema, entre tantos, es que los salvadoreños hemos estado enredados y obnubilados dentro de una ficción que se llama Democracia. Todos nuestros problemas buscan solución en la Democracia, pero en la Democracia como concepto y no la Democracia como realidad, una fachada democrática, más bien, y sólo eso. La Constitución de la República “nos obliga” a ser democráticos, como si se pudiera ser democrático por decreto o por ley. En mi opinión, esta es una de las mayores debilidades de nuestra Carta Magna, que le cierra los ojos al futuro e ignora la dinámica propia de las sociedades en el tiempo. Lo mismo sucede con los valores: queremos tener los valores a la fuerza, acceder al orden moral por obligación, restringiéndonos contra nosotros mismos. Pero la realidad indica otra cosa: No tenemos un orden moral adecuado, y estamos lejos de ser democráticos. ¿Cómo podemos llegar a orden moral si no entendemos esa profunda diferencia entre lo que es legal y lo que es legítimo, entendimiento que, si se diera, nos permitiría comprender que lo legítimo priva siempre sobre lo legal, porque lo legítimo es precisamente el producto del ejercicio de la libertad, ejercida esta autónomamente como producto de un imperativo categórico?

 

Vamos por pasos: Primero, establecer el orden y la libertad en nuestra sociedad, única forma de poder lograr la consecución de sus verdaderos fines; orden y libertad en justo equilibrio, sin caer ni en la tiranía ni en el libertinaje, y rechazando a toda costa la demagogia. Ese es el primer paso, y posiblemente el fundamental. En orden y libertad, las necesidades pueden verse mejor y priorizarlas adecuadamente, escapando de ese cosismo tan perjudicial y negativo que nos ha ido alienando en un sistema desigual y sangrante.

 

Tratar de establecer una salida económica y política sin antes definir la sociedad que queremos ser y la vida que queremos vivir, es un contrasentido, una opción sin opción alguna de viabilidad. En orden y libertad, podremos pensar ya en esa visión de sociedad, en una visión de país, que nos proyecte una razón vital. Es, pues, la hora del pensamiento esencial, del pensamiento que se sitúa sobre la inmediatez y sobre la perentoriedad. Estamos ante la necesidad de identificar lo necesario y ser en función de ello; lo contingente puede esperar. El Salvador, lo que menos necesita, es recibir nuevas recetas de Rabí.

 

Yo le pido al Banco Mundial, que calle y escuche; le pido al Fondo Monetario Internacional, que calle y escuche; le pido al Banco Interamericano de Desarrollo, que calle y escuche; le pido a la Cepal, que calle y escuche. Por esta vez al menos, callen y escuchen. Déjennos solos un instante. Este no es el momento para intentar reproducir esquemas fracasados, sistemas que han llevado al hombre a la condición en que se encuentra, y que, aunque parezca una herejía lo que voy a afirmar, han motivado esta respuesta que nos está dando la naturaleza, de forma tan lapidaria. Este es el momento para la reflexión profunda hacia nuestro interior, el momento del pensamiento esencial, del intento por hacer una cauta interpretación de la realidad. Ustedes han jugado con esta realidad por siglos, y no han conseguido mejorar la condición propia del hombre. En nuestro país hemos sentido los crudos efectos de las recetas que nos han enviado. Bien, ¿Porqué ahora entonces no dan un paso atrás, un paso al lado, y esperan, escuchando lo que nosotros mismos podamos decir? Este no es ya el momento para continuar agudizando el sufrimiento y la desesperación.

 

Decía I. M. Bochensky en “La Filosofía Actual”, que “aquellos que pretenden cambiar el mundo, deberían escuchar, antes que a los políticos, a los filósofos. Lo que digan estos hoy será la realidad del mañana”. Pues bien, escuchemos a estos, a los filósofos, a los sociólogos, a los psicólogos, a aquellos que intentan el respeto al orden natural. Que hablen ellos, que hable la inteligencia, la razón vital, que hable la intuición febril, que hable la voluntad que ‘tiende-a’, que hable la fe. Estos deben tomar la palabra, es su deber. Leamos los signos de los tiempos, pero desde otro horizonte, cambiemos la perspectiva, agudicemos el espíritu. Hay un rumor de fondo, una radiación de fondo, que nos llega desde que todo comenzó con el universo y que aun se escucha después de quince mil millones de años, que se aloja en nuestras conciencias pero pugna por salir. Abramos esa puerta, liberemos la desesperación. Cosas buenas aparecerán, nuevas, frescas. Busquemos la armonía en la que se esconden todas las virtudes. De otra manera, otro mensaje abrasador, intenso, y hasta más cruel, vendrá de nuevo, probablemente en otra forma, con otros golpes, bajo otras figuras de sometimiento. Necios los hombres si no logramos leer el futuro sabiendo que el tiempo sólo tiene una dirección, que sólo hay una flecha del tiempo.

 

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