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EL DIENTE DE LECHE

Alberto Pocasangre

Escritor

 

Señores diario La Prensa:

Reciban mis saludos cordiales. No sé cómo empezar mi carta, pero, como estoy seguro que ustedes son personas muy ocupadas, iré directamente al asunto: mi padre era psiquiatra. Murió hace dos semanas. Revisando sus cosas encontré una especie de testimonio de un paciente. Estaba fragmentado, sin inicio ni remitente, pero me impresionó tanto que lo guardé con la idea de publicarlo, creyendo – les parecerá raro -, creyendo que ayudo en algo, no estoy seguro. Cubriré el costo que sea en el espacio de su prestigioso periódico con tal de que otros puedan leer este documento.

A la espera de su respuesta.

Rodrigo Velasco

…Había un pedacito. Eso creo.  Me parece…sí…  Lo limpié con la yema de los dedos. Lo desprendí del cuero curtido y lo acaricié un momento. Distraído, maquinalmente; con la parsimonia de quien recorre un campo conocido. Una calle conocida. Una oscuridad conocida.

Había un pedacito y lo tiré al aire. Sonreí ante la idea de que soltaba a una mariposa… entonces me di cuenta que ella espiaba tras la cortina y volví a sentir la ola, volví a sentir rabia: pero no la rabia activa de media hora antes si no una rabia fofa, de costumbre. Recordé que había un pedacito y que yo lo había soltado al aire como quien deja escapar una mariposa o una luciérnaga… Ella siguió espiando desde el cuarto, quizá acusándome pero no siento remordimientos… hice lo correcto. Busco imágenes del pasado que me tranquilizan, ¡eso era disciplina!… porque antes las cosas eran diferentes, ¡cuántas veces me hincaron en el patio o sostuve un ladrillo en la cabeza! Una vez mi abuelo colgó a mi papá de los pies y lo azotó por olvidar cerrar la puerta del potrero de donde escaparon tres yeguas y un potrillo pícaro al que encontraron desbarrancado y devorado por los zopilotes. Y a pesar del ingenio del viejito para corregir, fue sepultado años después con la firme creencia de que había subido a los cielos en olor de santidad y pureza…  O mi abuela, a quién la mamá restregó en el rostro un pan quemado por no poner atención al horno. De eso le quedó una cicatriz que yo, de niño, siempre relacionaba con los piratas.

Había un pedacito… nada más.

Marcela asomó sus ojos llorosos, luego el cabello revuelto y después su cuerpecito flaco. Se acercó tambaleante: “Perdona papito…” dijo.

Silencio. Después yo:

– ¿Y crees que me gusta pegarte? Sabes que tienes responsabilidades. Los dos las tenemos. Yo trabajo para que no nos falte lo necesario. Tu parte es fácil: sólo estudiar. No te pido más.

– Es que papi… no entendí la tarea… y Francisca dijo que no se acuerda, que ella hizo sólo primer grado… Pero te prometo que me voy a portar bien y a hacer la tarea.

Le digo que bueno, que no vuelva a pasar, que me traiga el cuaderno para ayudarle.  La veo alejarse hacia el cuarto: la camisa sudada. ¡Cómo se parece a su mamá!: delgada, cabellos lisos. Nunca pudo mantener firme un peinado. Sólo pudo permanecer peinada acostada en el ataúd… Marcela va al cuarto y tiene el mismo andar que su mamá, sólo que cojea un poco del lado izquierdo y, cosa curiosa, a ese lado tiene exactamente un lunar en la pantorrilla igual que su mamá… exactamente al lado donde están los moretes y falta el pedacito. El pedacito que acabo de quitar del cinturón y de soltarlo al aire como soltando un pájaro. Un pedacito de piel de mi hija de seis años.

Marcela regresa con el cuaderno. Son las ocho y media, no he cenado y el hambre se suma a mi rabia fofa y plausible. Ni modo, tenemos que repasar la resta: le pregunto que qué me queda si de doce manzanas regalo nueve. Marcela mira con desconcierto, bloqueada toda. Puedo leer la angustia en sus pupilas (¡cómo se parece a su mamá!). Repito: “Doce manzanas menos nueve…” Mira al cuaderno y al techo luego me mira a los ojos, muerde el lápiz, se rasca la cabeza, palpa el primer diente de leche que se le ha aflojado y vuelve a verme sin contestar. Noto un temblor en sus mandíbulas y en su ojo izquierdo. Los temblores sumados reviven algo en mí, desfogan la rabia y le dan cuerpo, sustancia, espíritu y vida propia: me nubla el cerebro, toma los mandos – sin consultarme -, da una orden directa a la mano y sin que me de cuenta, sin querer – porque yo no quiero – le da un sonoro coscorrón a Marcela.

– ¡Tonta! ¡pon atención! –   “…Si, papi…”  dice y los ojos se le vuelven de vidrio húmedo. Vuelvo a la carga con lo de las doce manzanas ¡qué se fije bien! Pero no responde. Pregunto de nuevo y nada. Me doy cuenta que quiere usar los dedos para contar y eso sí que no lo permito. Además, la letra entra por la sangre… ¿o era con la sangre?

– Mira Marcela, no te quiero castigar… no me gusta…-  La verdad es que no me gusta. De verdad. Pero admito que cuando vengo con la cabeza revuelta y el humor de perros y ella lo amerita, siento algo raro al pegarle. Como un alivio.

Me levanto y ella instintivamente se para y se cubre con las manos por detrás. Eso me molesta, la tiro del cabello y le acerco el rostro al cuaderno.

– ¡Atención! ¡Doce menos nueve!- Y no contesta, nada más tiembla. – ¡Doce menos nueve! – Y sigue sin contestar… Al fin, después de luchar un largo rato, la muy inútil dice dudosa: “¿… Tres…?”  ¡Cómo se parece a su mamá!

Marcela se acostó a las diez por estar repasando. Se empijama, sacude su cama y me da un beso. Yo le cuento un cuento. No. La verdad es que hace tres años no le cuento nada… Ella ora: por el día que ha terminado, por su mamita que está en el cielo, por sus abuelos, por su papito y por su osito que duerme desde hace ratos en su cama. Me quedo mirándola hasta que duerme ¡cómo se parece a su mamá!

Ceno a solas mirando la tele. Pienso de pronto que tengo una hija inteligente y preciosa. Agradezco a la vida el tesoro que me ha dado y las maravillas que hay en mi casa. Imagino a Marcela dormida en su camita y me siento su ángel de la guarda… “Ángel de mi guarda, dulce compañía…” musito recordando vagamente esta oración que le enseñé hace tiempo… Las noticias comienzan… me siento un buen padre… pero sólo lo siento cuando ella duerme o cuando estoy en el trabajo…La voz del presentador se vuelve una fina llovizna en la que no distingo las palabras ni la música… vagamente percibo el control remoto que se desliza de mis manos y cae al piso con un quejido de plástico hecho en China…un velo baja hasta mis ojos con placidez profunda. Atravieso una explanada verde bajo el cielo azul sin nubes. Hay una mariposa aleteando y no supe cuándo ni cómo, pero estoy seguro que yo la solté para que volara y que es como un trozo de mis dedos. La idea me aterroriza y busco mis manos pero no las tengo… me ahogo… a lo lejos una voz: sí, es la mariposa la que habla. Me llama con vocecita destemplada, medrosa ¿qué dice? ¡Ah!, dice “¡papi, papi!” Al fin despierto y miro con dificultad el reloj de pared: es la una. Me duele el cuello. El plato con los restos de mi cena continúa en la mesita de centro y el televisor hormiguea; lo apago, pero la voz de mi sueño no se apaga. Continúa chillante: “¡papi, papi!”. Me levanto como puedo y voy a oscuras hacia el cuarto de Marcela tropezando en todos los muebles que, aparentemente, cambiaron de posición mientras yo dormía. Ella está sentada en la cama, llorando.

– ¿¡Qué pasa?!

Y me dice que tuvo  un sueño feo…

– Duérmete, es la una…-  digo y empiezo a retirarme.

– No, papi, no te vayas… me da miedo dormir sola…

Le digo que no pasa nada, que es hora de dormir. Y la paciencia se me ha quedado en el sillón.

– Pero papi ¿y si vuelvo a soñar feo?

– No seas tonta, no pasa nada ¿qué soñaste?

– Que había un animal grande debajo de la cama y que me asomé a verlo al mismo tiempo que él se asomaba a verme y del susto me tragaba el diente que tengo flojo… Y no podía respirar…

Marcela parece dispuesta a seguir llorando. Me enternece su sueño bobo. Sueño de niña boba de seis años… pero tengo más sueño que ganas de contemplarla, así que miro bajo la cama.

– No hay nada, ¿te das cuenta?

– …Papito  – me toma de la mano –  espera que me duerma…

Le digo que no. Que necesito dormir. Que mañana hay que trabajar. Que el trabajo es más importante que los sueños.

– ¡Pero papi… sólo espera que me duerma!

Me molesta y le digo que ya, que se duerma.

– ¡Papi…!

Y llora.

Algo se encarama a mi cabeza y me ronronea alrededor, por arriba, por abajo, por dentro. Marcela parece una extraña que dice tonterías.

– ¡Cállate ya! – le digo y ella sigue “¡Papi, papi!”, llorando.- ¡Cállate…!

Y entonces la rabia  – pequeña locura –  se vuelve timón, coge las bridas, aúpa las patas, se encabrita, jala la rienda y sin autorización le da a Marcela un manotazo en la boca.

– ¡Ya cállate y te duermes, si no quieres otro! – . “…Si papito…” dice con voz aguada y se hunde en su almohada de ovejitas blancas en un prado. Voy al cuarto, caigo en la cama sin desvestirme… me duermo oyendo lejanos los sollozos de Marcela. Juro por mi vida que no quise pegarle, pero ella no paraba.

Recuerdo que soñé con una canoa y un río de aguas sucias que llegaba hasta un muro gris. Gris y formidable.

Despierto de golpe. Aún no clarea, tal vez son las cinco o un poco más. Con espanto descubro en la penumbra el rostro de Marcela, arrodillada junto a la cama. No me mira a mí; acaricia y mira mi mano. Se inclina y besa mis nudillos diciendo con voz que parece un silbido silente: “Pobrecito papito,  se hirió la mano…”. Me besa varias veces hasta que se percata que estoy despierto y dice cautelosa:

– Perdón, papito. No pude dormir más y me levanté a verte… ¿te duele la mano?

No entiendo la pregunta pero es curioso que sí me duele la mano. Sin contestar enciendo la luz, reviso mi mano y veo que en ella falta un pedacito: hay un corte del largo de medio dedo; está seco y recorre del nudillo medio hasta el anular. Hago esfuerzos titánicos por armar el rompecabezas, por recordar cómo pude cortarme. Marcela pregunta de nuevo, con dulzura y en un silbido:

– ¿Te duele, papito?

Le respondo que un poco, pero no sé por qué… entonces sonríe y descubro un vacío en su sonrisa… ya no está el dientecito flojo… Y me acuerdo…

No se lo ha llevado el Hada de los dientes de abajo de la almohada dejando en su lugar una moneda…

Ni el Ratón Pérez lo recogió del techo de la casa para mandar uno nuevo… No.

Me levanto presuroso hacia su cuarto. Las ovejitas blancas en el prado de la almohada se han vuelto rojas todas. El camisoncito de Marcela tiene gotas marrones y la sábana está empapada. Me vuelvo hacia ella. Me mira. Tiene el labio hinchado pero me mira con ojos amorosos, dulces y esa mirada destroza mi muro de contención. Me invade algo nuevo, extraño; parecido a la furia pero liviano y cálido. Me doy cuenta de repente que Marcelita tiene seis años… sólo seis años y yo ya no quiero entregar el control a la rabia. Miro a mi hijita y sus ojos me sonríen, yo estoy en angustia y ella me sonríe… quisiera abrazarla. Quisiera exorcizarme. La tomo de los hombros y Marcela se cubre el rostro encogido de miedo, entonces, algo se me rompe dentro… tengo ganas de enojarme…  Pero no lo haré más. Quiero sentir por ella lo que siento cuando duerme  “…Ángel de mi guarda, dulce compañía…” Quiero amar de verdad a mi hija. Volverle a contar cuentos cada noche y hacer juntos la oración al acostarse. Poder regresarle su dientecito de leche.

Ser un papito de verdad y vencer esta oscuridad profunda que no sé cómo llegó a mi corazón y que he dejado germinar. Este abismo que se ha vuelto parte de mi vida y, peor, de la vida de Marcela…

Por fin me animo y la abrazo. Ella también me abraza y susurra en su inocencia: “¡…Papito… buenos días!”. No sé qué decir. Respondo tontamente “¡…Buenos días, hijita!”.

Al fondo, en mi cuarto, suena el despertador, pero los dos nos quedamos abrazados. Se empiezan a disipar las sombras de la madrugada y el timbre del despertador se cansa de ser ignorado y por fin guarda silencio.

¡Quiero ser otro con este día que nace! ¡Que el sol brille en mi casa! Quiero ser otro…y no sé cómo…

Por eso le he escrito esto, doctor, para que quiera ayudarme. Porque necesito ayuda. Mucha ayuda.

Por favor…

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