Por: Gallito Inglés
En San Salvador, con su lupa importada de Londres y su gabán lleno de polvo constitucional, apareció Sherlock Holmes. Venía intrigado: ¿cómo demonios un presidente logró reelegirse cuando la propia Constitución le hacía “¡alto ahí!”?
Holmes, siempre meticuloso, sacó su lupa, la puso sobre el Artículo 152… y el texto tembló. “Curioso, Watson —dijo con su acento victoriano—, este artículo parece haber cambiado de opinión.”
Watson, sudando por el calor cuscatleco, respondió: “Tal vez fue la humedad, Holmes”.
“La humedad no cambia leyes, Watson. Pero seis nuevos jueces sí pueden hacerlo.”
Avanzaron por los pasillos de la Corte Suprema como si fueran el Museo del Misterio.
Holmes encontró pistas por todos lados: un dictamen con olor a tinta fresca, una resolución que decía “reinterpretación” con letra elegante y… un eco en los pasillos que repetía “reelección, reelección” como si fuera un canto de barra.
“Elemental, mi querido Watson —dijo Holmes mientras encendía su pipa con un recibo de audiencia constitucional—: los artículos aquí no se eliminan, se reacomodan, se doblan, se estiran… como chicle político.”
De repente, en una esquina del Palacio Nacional, apareció un vendedor de banderas azules.
“¿Desean una con el rostro del presidente?”
Holmes respondió: “No, gracias, busco un artículo perdido.”
El vendedor sonrió: “Aquí todo artículo se encuentra… cuando el poder lo necesita.”
Watson, perplejo, anotó en su libreta:
“Caso resuelto: El texto de la ley permanece igual, pero su espíritu… votó por la continuidad.”
Holmes cerró su cuaderno y sentenció:
“Mi querido Watson, este país no necesita detectives, necesita correctores de estilo en la Constitución.”
Y así, con el humo de su pipa formando un signo de interrogación sobre el cielo de San Salvador, el detective concluyó:
“Cuando la letra de la ley se vuelve tan flexible, puede que pronto hasta yo pueda ser reelegido… ¡en Baker Street!”
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