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domingo , 22 octubre 2017
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El aliado tenebroso

Iosu Perales

Afirmar que el Estado Islámico es una creación geoestratégica de Arabia Saudí no es banal. Nadie sabe más de terrorismo islamista que la monarquía saudí que, en una jugada maestra, acusa a Qatar de complicidades con organizaciones yihadistas. No parece una casualidad que 15 de los 19 participantes en los atentados del 11-S fueran saudíes. Que fueran unos 5.000 muyahidines, también saudíes, los que participaron en la guerra de Afganistán contra los soviéticos y unos 2.500 los que participan como combatientes del Estado Islámico en Siria e Irak. No es cosa de liberar a Qatar de responsabilidades, pero es un acto de cinismo que quienes ponen más dinero y exportan más ideología wahabista traten de lavar su imagen creando un chivo expiatorio con el apoyo de Estados Unidos.

El acoso a Qatar (otra monarquía absoluta) es una advertencia para que paralice su política internacional que busca una relación más amable con Irán. La reciente visita de Donald Trump a Arabia Saudí se inscribe precisamente en el esfuerzo de hacer de la monarquía petrolera una potencia que junto a la de Israel dominen el conjunto de la región, bloqueando a Irán y al chiismo. Lógicamente Israel aplaude esta política, siendo de hecho el máximo beneficiario de todo cuanto signifique aislar a Irán, su gran enemigo.

Es paradójico que se presente como gran aliado de Estados Unidos y de Occidente al país islamofascista en que se cortan cabezas, se amputan las manos a los ladrones y las mujeres solo puedan salir a la calle si van tapadas de arriba abajo, además de estar subordinadas a los hombres en todos los órdenes de la vida. Amnistía Internacional una vez más acaba de denunciar al régimen wahabista al afirmar: “Los activistas de derechos humanos en Arabia Saudí son una especie en peligro. Se desvanecen uno a uno enjuiciados, encarcelados, intimidados para que guarden silencio u obligados a exiliarse”.

El cinismo en las relaciones internacionales, también llamado realpolitik hace posible el despropósito de una alianza con un régimen brutal. La explicación reside en que los petrodólares dan a la monarquía que gobierna Araba Saudí un poderío extraordinario. Pero ocurre que el jefe de Estado de este país en el que surgió el islam se atribuye el título de custodio de las dos mezquitas sagradas, Meca la bendita y Medina la resplandeciente, y reclama el Corán como su Constitución. Arabia Saudí practica mayoritariamente y por decisión de Estado el wahabismo, la misma rama que los extremistas del Estado Islámico con quienes comparte una versión puritana del islam suní. A estas alturas, es bien sabido que el avance de los islamistas radicales a partir de los años ochenta del siglo pasado, desde Afganistán hasta Nigeria, ha tenido la huella del proselitismo religioso y el dinero saudí.

Resulta por consiguiente difícil de comprender desde la lógica democrática una alianza con quien representa los valores más antagónicos con la libertad, la soberanía popular e incluso con el liberalismo. Occidente debería forzar a la monarquía saudí a resolver la contradicción en que se mueve. Veamos: la monarquía saudí ve al Estado Islámico que ha creado como un ariete para exportar la intolerancia religiosa de la que beben los yihadistas; pero por otra parte es verdad que más recientemente ve al Estado Islámico como una amenaza (el monstruo que ha creado escapa a su control), ya que resulta inquietante la idea de un Califato que borre fronteras y desconoce los estados soberanos creados en el siglo XX. Occidente y Estados Unidos, especialmente, deben presionar para que esta contradicción se decante del lado del antiterrorismo. En todo caso mientras los wahabistas usen la religión para objetivos políticos hay pocas esperanzas de acabar con el sectarismo extendido por todo Oriente Próximo.

Para cumplir su papel de gendarme regional Arabia Saudí necesita  reforzar su arsenal militar. Donald Trump llegó a Riad también para eso: para vender armas. De este modo firmó en Riad un contrato de 110.000 millones de dólares para modernizar el ejército. Es el mayor contrato de venta de armas de la historia estadounidense. Para próximos años queda el compromiso de otros 300.000 millones. Este es el primer paso de una política de Trump que pretende organizar una gran alianza de países suníes frente al auge militar del Irán chiita. Como prueba de su compromiso Trump ha puesto en marcha nuevas sanciones a Irán a pesar de que este país está cumpliendo al milímetro su acuerdo con Estados Unidos en materia nuclear.

Para Arabia Saudí la visita ha sido providencial en un momento en que la monarquía saudita necesita el apoyo norteamericano en su empeño de refundarse, si bien las revueltas árabes de 2011 fueron una llamada de atención peligrosísima y la gerontocracia saudí tomó nota. En un país en el que el 65% de la población es menor de 30 años, el octogenario rey Salman ha ido colocando en puestos decisivos a jóvenes que se proponen llevar adelante un megaproyecto liberalizador llamado Horizonte 2030, en el ámbito estrictamente económico, cuyo objetivo es diversificar la estructura económica dependiente hasta hoy del petróleo. La alternativa no contempla una transición democrática.

En síntesis, Arabia Saudí quiere avanzar hacia la modernización económica manteniendo un régimen dictatorial basado en la aplicación de la Sharía o ley Islámica, al tiempo que se proyecta como una potencia regional capaz de decidir la guerra o la paz y seguir aislando a Irán, su gran enemigo. Para ambas cosas Arabia Saudí necesita que su alianza con Estados Unidos y Europa siga funcionando y fortalezca su papel de pata de apoyo de las potencias occidentales. Es el primer país productor del petróleo y ocupa un lugar central en las disputas internas de la Organización de Exportadores del Petróleo, y de ello se vale.

Arabia Saudí lleva dos años bombardeando Yemen, liderando una coalición y utilizando armas prohibidas como las bombas racimo. Pues bien, España vende armas a los saudíes tal y como denuncia Amnistía Internacional que constata que entre 2014 y 2016 lo hizo por un valor no inferior a 900 millones de euros. Dos años de conflicto ha forzado el desplazamiento de tres millones de personas y ha hecho que 18 millones de personas vivan en un estado extremo de necesidad.

¿Por qué la guerra contra Yemen?. Para castigar a al población chiita que según Riad obedece directrices de Irán. Otra vez Irán como excusa. El sionismo israelí está feliz.

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