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Egos filosofantes

rodrigo barba,

Escritor

Había recuperado el ánimo de vivir y continuar mis días con fuerza y autonomía sin importar la presión de las dificultades financieras y cómo me sentía de asfixiado en ese entorno social que me era adverso.

La actualidad como némesis de mis mejores augurios.

La Vida, como horizonte.

Las risas en medio de circunstancias famélicas de deseos buenos.

Las risas.

Y una mujer guapa y cuyos ojos transmitían confianza y una especie de halo gris que te hacía evocar a Hitler, a Napoleón o a Alejandro Magno en sus momentos más sangrientos, me había invitado a una actividad que se estaba llevando a cabo en la universidad jesuita y donde un filósofo chileno, Espinosa-Lolas, que más parecía un vendedor de libros con retórica afinada y respuestas sintéticas que lo abarcaban todo, exponía, decía él, las soluciones a todos los problemas sociales de todas las sociedades del mundo, unas ínfulas de universalismo caduco que no me tragué en lo más mínimo y sin embargo, una vez acabó la ponencia-presentación-de-libro-coloquio-absurdo-de-aplausos-almibarados-en-hipocresía me levanté de mi asiento y caminé con seguridad de intelectual al borde de la hambruna y con dignidad de shoebill (balaeniceps rex) que mira el éter que está más allá de los anémicos sueños de esta región inhóspita, le dije hola, mucho gusto, soy el filósofo local, ¿qué tenés que hacer ahorita? Espinosa-Lolas prestó atención a mi modo de irrumpir en los instantes plagados de furias indirectas y de existencia catapultada por una cobra que transmite mensajes simbólicos, el chileno prestaba atención, pero una atención ancestral, almacenando en su psique cien mil palabras de colores revueltas en una sopa de ideas que no salían de su cráneo.

Almorcemos mañana, dijo.

Y eso hicimos.

Tuvimos una conversación donde yo le exponía que en esta región del planeta las cosas no iban para nada bien, que nuestra agua estaba contaminada, que vivíamos bajo el control y el sometimiento y que yo estaba analizando los patrones de dominación a través de la estetización generalizada de la existencia, le conté que no sabía dónde era la residencia de los jesuitas y que llegué tarde por haber ido a otras residencias que también eran de los jesuitas y que en la capilla de una de ellas una mujer casi me expulsa como si yo fuese un delincuente o un malnacido que no merece la gracia (Espinosa-Lolas se rió).

Nos interrumpió una mujer que llegó a murmurarle algo al oído a él y luego partió como si fuese la silueta de un ave que alza vuelo en el cemento que teníamos a lado, mientras almorzábamos en una cafetería.

El chileno y yo caminamos luego rumbo a la residencia de los jesuitas donde se estaba hospedando y en el camino le pedí que me ayudara a llegar a Alain Badiou a Slavoj Žižek a Étienne Balibar a Roberto Esposito a Ágnes Heller a Jacques Rancière a Douglas Richard Hofstadter a Byung-Chul Han a Nassim Kuhllann a Peter Sloterdijk…

¡Vamos!, ¡para!, ¡para!, ¡para!, no me uses —lanzó Espinosa-Lolas— construyamos una amistad primero y luego vemos si es posible que yo te ayude.

Finalmente llegamos a la entrada de la residencia y yo le dije, bueno, construyamos esa amistad rápido, porque en esta región del orbe nos estamos asfixiando. Y cuando dije eso último, sujete con fuerza mi cuello con mis dos manos y me alejé como si fuese la sombra del ahorcado que pende de un rescate posible proveniente de la alianza que todos los filósofos tienen para con los otros egos filosofantes auspiciados por Husserl y por Marx y por toda la prole.

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