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DONDE SE DÉ MUERTE A LA MUERTE

CLARABOYA

A Melvyn Aguilar, con afecto.

Álvaro Darío Lara

Cuando joven, y en muy buena parte de mi vida, nunca pensé en la muerte. A pesar que, en casa, la conocí desde niño.

Como en sueños recuerdo los jóvenes cadáveres de unos guardias nacionales, asesinados en la calle del cementerio, allá en un San Salvador, que cada vez existe menos. La sangre estaba seca, pegada a sus estómagos desnudos e inflamados. Así se me revelan más de cincuenta años después. Nunca he podido establecer si fue una ilusión o un hecho real, y en esto, quizás, la única que lo sepa es mi madre, a quien preguntaré un día.

Siempre me han fascinado los cementerios, aunque en mi niñez lo fueron más. El arte fúnebre y el mágico contraste entre las flores silvestres que crecen en el camposanto, los pájaros que cantan en las ramas de los árboles y arbustos, y los restos de los seres humanos que yacen metros abajo despertaron mi asombro e imaginación, repito, desde que era un párvulo.

Nunca le temí a la muerte. Es más, ésta visitó mi casa temprano. Primero mi abuelo materno, dormido en su féretro, con su rostro rígido, maquillado; y la pena de mi madre y mis tías; luego la historia del tío Raúl, que había muerto solo, en su casa, a causa de un terrible alcoholismo; y mi tío Ricardo, en la misma funeraria de mi abuelo, igualmente inmóvil y polveado en su camastro final.

Pero, sin duda, ver morir a mi padre de un agresivo y fulminante cáncer; y a mi abuela materna, un año después, en la misma casa, de un tumor cerebral, fueron escenas muy impactantes, para un adolescente de 16 y 17 años. No en balde después de sus partidas ingresé en una alucinante bohemia, que se extendió por breves, pero intensos años.

La espartana actitud de mi padre ante su propia muerte, me signó irremediablemente. Al igual que las lecturas del joven Hemingway (1899-1961) que desafió y se burló tanto de ella. Ambos aspectos forjaron en mí, un carácter aparentemente frío, poco emocional ante el temido esqueleto con guadaña.

Y a pesar que mi juventud transcurrió en un escenario nacional de muerte, y de jóvenes muertes, que nos tocaron tan cerca, en la vida de los poetas inmolados en el holocausto, nunca pude asimilarla como punto final. Menos en el ritual religioso de velatorio, entierro lloroso y novenario, ya que jamás he creído que es el término definitivo. La fuerza sobrenatural de la vida, trasciende ese rostro físico de la muerte.

Literariamente he tendido sí a la nostalgia, quizás otra forma de muerte, no sé, pero no a la muerte cruda. Casi nula es la presencia de esa dama en mi poesía.

Todas estas reflexiones han cruzado mi memoria y mi corazón, tras la dolorosa pérdida reciente de la poeta Krisma Mancía (1980-2026).

Los primeros poemas que leí, de nuestra querida amiga, me parecieron propensos a cierta retórica discursiva, que enlazaba con ingenio versos y versos, surgidos de su gran sentido musical, pero donde era fácil extraviar la idea poética central, que, pese a todo el aparente estilo hermético, absurdo o surrealista, que la poesía puede adoptar, nunca pierde el poema como una unidad estructural.

La autora se me presentaba como un hada verbal tocando con su varita mágica, a diestra y siniestra, la realidad objetiva, para transformarla en la realidad poética.

Ella pertenecía a un grupo de jovencísimos escritores al frente del cual estaba como conductor el recordado narrador Rafael Menjívar Ochoa (1959-2011), y cuyas sesiones de taller literario se celebraban en la Casa del Escritor, allá en la última residencia de Salarrué en Planes de Renderos.

Sin embargo, a partir de su primer libro “La era del llanto” (DPI, El Salvador,2004) advertí un trabajo más depurado, cuidado, pero siempre en esa atmósfera de un desbordante discurso surreal, que a ratos me parecía pertinente y a ratos gratuito.

Pero, Krisma, a diferencia de otras voces, no se quedó con ese primer libro, ni con esos versos, continuó desarrollándose poéticamente e incursionando en otras áreas, que se le daban tan bien, como aquellas surgidas de la maravillosa habilidad de sus manos. Conservo un atrapa-sueños que le compré, y que está justo en la cabecera de mi cama desde entonces.

Su personalidad era radicalmente poética. Y todo lo que hizo tuvo, inevitablemente, esa connotación.

Como organizadora de los certámenes literarios del Estado, la acompañamos cuanta vez nos pidió apoyo. Y testimonio que los procesos a su cargo, en los que participé, los distinguió su profesionalismo, hasta en los más mínimos detalles.

Evoco un día de 2016, cuando nos encontramos casualmente en dirección de nuestros respectivos trabajos, y ella, amable, me obsequió su libro “Pájaros imaginarios” (Valparaíso Ediciones,2016) por cierto, bellamente lacrado, donde sobresale imperecedera una “K”.

En términos muy generales, la poesía de Krisma siempre evidenció una tensión entre la vida y la muerte. Un asombroso asocio con la muerte expresado a lo largo de numerosos significantes como espejos, pájaros, flores, seres acuáticos, donde la autora se complacía situándolos y resignificándolos en escenarios paradójicos de locura, horror y muerte.

La muerte, y su propia muerte, fue cantada de forma continua, ininterrumpida, a través de su obra. Una obra caracterizada por un obsesivo rigor formal, donde se sirve de elementos de una difusa autobiografía, para exorcizar sus fantasmas interiores.

Leyéndola nuevamente, ahora con motivo de su ausencia física, no puedo menos que recordar las palabras del escritor francés André Pieyre de Mandiargues (1909-1991), al dorso de una vieja edición de “Extracción de piedra de locura” Editorial Sudamericana, Argentina,1968) de Alejandra Pizarnik (1936-1972). Transcribo tal cual:

“Releo con frecuencia tus poemas y los doy a leer a otros y les tengo amor. Son lindos animales un poco crueles, un poco neurasténicos y tiernos; son lindísimos animales: hay que alimentarlos y mimarlos; son preciosas fierecillas cubiertas de piel, quizá una especie de chinchillas: hay que darles sangre de lujo y caricias. Tengo amor a tus poemas; querría que hicieras muchos y que tus poemas difundieran por todas partes el amor y el terror”.

Desde luego, detrás de la poesía extraordinaria que Krisma alcanzó, hay una voz particularísima en su aprehensión del mundo, en su lenguaje y universo estético, muy distinta y claramente identificable con respecto a su generación.

Su obra hay que seguir editándola, estudiándola, proyectándola a las nuevas generaciones de lectores y autores.

Celebramos su vida, en ese lugar que ya alcanzó, citando uno de sus versos, que da título a este escrito: “Donde se dé muerte a la muerte” (Poema: “La omisión de la memoria” del libro: “La era del llanto”).

Y evoquemos la imperecedera palabra de nuestra gran Claudia Lars (1898-1974), para que su muerte aparente, nos siga llenando de prodigiosa vida:

“La muerte –tan eterna y verdadera-. /Llega en silencio cuando está segura/ que ha de llevarnos a su casa oscura/ y nos lleva de pronto su manera…” (Poema: “Algo sobre la muerte” del libro “Poesía última”, DPI, El Salvador, 1975).

Larga vida a su florecida obra.

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