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De regreso al cantón

René Luna Leiva,

Escritor

Pues resulta que, un díya desos, al director de la escuela del Amatón le tocó ir a una reunión en la Regional de Santana, -reuniones de mierda- decía, -por gusto, solo a perder el tiempo, y tanto quihacer en la escuela. Venía empurrado el Profe, su solicitud de más presupuesto para su escuela había sido rechazada.

Cerca de las once venía de regreso, amargado, con la camisa mojada de sudor en la espalda,  las mangas enrolladas a medio brazo, algo desabotonada al frente y con el dobladillo fuera del pantalón; unas gotas de sudor caían a las de las orejas, las que de vez en cuando limpiaba con el pañuelo percudido de siempre; unos cuantos papeles salían a relucir de un viejo cartapacio cuyo zíper ya no cerraba. De mala gana y presuroso se abrió paso entre la gente en las afueras del punto de buses que van pa’l Coco; ya casi salía la Esmeraldita.

Logró alcanzar el bus que uctual iba saliendo. Era un Miércoles de Ceniza, fue allá por marzo, todas las viejas del cantón habían venido a misa al pueblo, hay iban las beatas con la cruz pintada en la frente, -como si no conociera yo la clase de gente que son-, pensaba; hasta los bichos llevaban manchada la cara.

Pues entonces, ya estaba encaramado en la camioneta, todo atolondrado de ir en aquél chiquero…- es que por Dios que maña la de esta gente de comportarse…como ya llegué algo tardecito me tocó irme hasta atrás, justo cuando el motorista arrancaba, pero como ya me puedo ese paseíto que le dan a uno por toda la calle de los negocios, que la ferretería, que los comprados en los agroservicios, que las cajas de gasiosas, hay se van todos pacienzudos parando onde les da la gana, …primero, en la esquina, subieron un chingo de tubos desos de pvc que ocupan pal agua; más adelante que unos sacos de concentrado para animales y unos cuchumbos quizá para acarriar agua y todavía zamparon una bolsa como que’ra de cal que, cuando el ayudante del cobrador la tiró de un vergazo se rompió la mierda y nos polvió a todos los que íbamos en los últimos asientos,…había que putiar al puñetero del ayudante, pero como uno es letrado hay que guardar la compostura y más que ya empezó la cuaresma, es tiempo santo!

Confundido entre tanto chirigotero allá al final,… atrás de mi unos sacos de concentrado, al otro lado iba un canasto grande con un enrejado de pita con cinco gallinas adentro, con el pico abierto y la lengua de juera; entremedio del pasillo, a las de la puerta iba la bolsa de cal que para no desperdiciarla por la rotura de la bolsa, la bian puesto dentro de una caja.

Así a mi izquierda, pegado a la ventana, iba un malencarado, tenía mal aspecto ese jodido y además jedía a guaro, se había dormido apoyando la cabeza en sus brazos sobre el respaldo del asiento de adelante, -¡cómo puede dormir la gente entre tanto alboroto más el solazo que entraba por la ventana!- tan chuco ese baboso, iba todo babiado, hasta se bía formado una pocita de su saliva en la mochila que llevaba entre sus piernas; pa’mi que estaba dialta en el cuartel, es que tenía cara de soldado, bien apretado traía el cincho, … y un tufo a sobaco que por Dios…!

A mi derecha, en la otra fila de asientos, un cipotillo canche, como pelo de jilote que jugaba con la chiche de su mama, por ratos me miraba de reojo y por ratos se distraía por el berrinche de otro cipote más grande que, a mediación del bus le pedía a la abuela de todo lo que se subían a vender; se comía una gelatina que su abuela alcahueta le bía comprado, revuelta con los mocos que le caían de la nariz,  la misma gelatina que más tarde devolvió en forma de vómito junto con otras cochinadas. Bicho chuco.

Y la vieja gorda del asiento de adelante que, después de atragantarse con una gasiosa en bolsa y unos churros, tira la basura por la ventana…ushh que vieja esa… ¡quizá no fue a la escuela!

Pues cuando la camioneta iba allá por la Miramar, por onde venden gasiosas, se oía que la gente en la calle le gritaba y le chiflaba al motorista para que detuviera la marcha, como una cuadra atrás venía una señora prietía corriendo, con una mano se sujetaba el mandil para evitar el bailoteo y con la otra agarraba a un muchachito, hasta que logró llegar toda presurosa y sudada, a jalones hizo subir al cipote y entre risa nerviosa y alterada por la corrida, comentaba que se bía atrasado onde los suchileros comprando menjurjes… – que dialtiro este hombre, todavía le dije que me hiciera tiempito.

En lo que esperamos que la señora llegara,…Jueputa va poniendo la música el motorista,…por Dios…una huacalera del demonio que asaber qué puercas dice; ¿será que a esta gente de veras le gusta lo que oyen? Y los pobres pasajeros que tienen que aguantarse, puesi nadie dice nada. ¿Qué estaré pagando?

Poco a poco, aquél vejestorio que transportaba gente iba alejándose del bullicio del mercado, pero el bullicio de las bocinas era pior, estos reguetoneros saber qué putas cantan! Cuando la camioneta llegó a la esquina de los Paniagua se subieron las vendedoras, que’el mango cumbia, que las empanadas y la leche poliada, …que relajo, unos por delante y otros por detrás. Y el bicho de en medio que quería que le compraran de todo y la abuela alcahueta que lo complacía siempre que se dejara limpiar los mocos con el mandil de la vieja consentidora. En la otra cuadra, frente a la Maracaibo, al motorista se le ocurrió comprar una bolsa di’agua y le agarró de hablar leperadas con las mujeres de un prostíbulo ahí cerca… qué vocabulario el de este hombre! Y las viejitas que se santiguaban con cada grosería que escuchaban.

Al fin llegamos a Chinquiz, después de pasar la cuadra de los coyotes, en la merita paimentada se subieron los últimos pasajeros, -les va tocar parados porque entre tanto tanate no hay donde sentarse-. A todo esto las señoras que iban cerca hablando que todo está caro, que’l marido de la no sé quién le quema la canilla con otra fulana, que a Don Gerardo nu’ay que comprarle leche porque la raleya con agua,… que la Sofi salió preñada de un miquero que no sacó ni tercer grado…tanta mierda que hablan estas viejas…y vienen de la iglesia!

Allá por la Santa Cruz se armó el alboroto, por sacar la caja con la bolsa rota de cal, el ayudante empujó tantito el canasto con las gallinas, la dueña –imprudente la señora- no las pudo amarrar bien, va crer? Hay ta que saltaron del canasto en el que iban y el desparpajo de la gente, unas bichas con uniforme del instituto gritando cuando les aleteaban por las patas y las viejas que les lanzaban sus sopapos con las bolsas de los comprados o con las mantillas que ocupaban pa’limpiarse el sudor de la frente.

A todo esto, el bicho que venía a medio bus cuando salímos del punto, por tanto pasajero que subió en el camino, ya lo llevaba casi encima de mí y las candelas de moco verde que entraban y salían de sus fosas nasales; pues resulta que justo en la parada del puente, después de la gelatina y de las empanadas, la poliada, el mango y los bolis que se hartó, ya no aguantó tanto revoltijo y empezó a devolver todo, justo a las mío…hijuep…..mono cochino, no pudo vomitarle las chancletas a la nana consentidora.

En aquella camioneta, entremedio de tanto bulto, pude respirar todo tipo de olores, a sobaco, a aliento de borracho, a perfume barato, a queso rancio, a pedo, a caragüe, a folidol, a naftalina, a guaro del bajero, a caque’niño, a vómito, jamás en mi vida había respirado tanta cochinada en el mismo puesto. En medio de tanta inmundicia, extrañé el excusado de la escuela; pero así le toca a uno. Que desgracia.

Ya eran casi las doce cuando el Profe llegó al Amatón, en el Cantón El Tanque, sudado, amargado, polviado, vomitado y … la niña Aminta chiniando una gallina lo esperaba sentada en una banqueta a las del portón de la escuela.

– Ayy Profe, ya se me afiguraba que se quedaba en el pueblo y yo que le traía esta gallinita pa’que le hagan un buen almuerzo.

– Adió… y eso?

– Es que ayer la Toñita ya me leyó de corridito el Silabario y uno que’s analfabeta por estos lados, ya con eso es bastante, así que aquí le traigo esta gallina, está culeca y algo flaquita, pero con un poco de mais la pone de punto para una sopita.

Ya en su escritorio, sólo con la gallina que había amarrado en el palo de nance a un lado de la Dirección, el Profe se secaba el sudor… y también las lágrimas… y pensó: esta profesión es noble…y yo quejándome de esta gentuza.

Puta que vergón.

Y sonrió, … al fin.

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