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DE ACADEMIAS Y ACADÉMICOS

EL PORTAL DE LA ACADEMIA SALVADOREÑA DE LA LENGUA

 

Eduardo Badía Serra,

Director de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

Los estatutos de la Academia Salvadoreña de la Lengua señalan como uno de sus fines específicos, y probablemente como el principal de ellos, el mantener el idioma castellano en su tradicional pureza y registrar sus legítimos acrecentamientos. Ambas cosas, la pureza y el acrecentamiento. Este es un equilibrio muy sutil, muy fugaz, muy fino, difícil por lo tanto de delimitar y de establecer en su justo espacio. La Academia Salvadoreña de la Lengua busca eso, encontrar un punto concreto en el que, sin perder su tradicional pureza, la lengua española sepa encontrar y admitir las influencias que le llegan desde el ámbito propio de su dinámica histórica. Un idioma es lo que un pueblo, una cultura determinada, habla, por supuesto, respetando sus normas, sus leyes y sus estructuras.

Uno de nuestros más distinguidos académicos, el doctor Alfredo Martínez Moreno, en un hermoso y profundo ensayo que escribió hace ya más de cuarenta años, y que tituló De Academias y Académicos, nos ayuda, de manera muy docta, a esclarecer y ubicar dicho punto. Cito de dicho ensayo, aunque no literalmente, algunos de sus contenidos:

Es obvio, pues, que en las academias, “no son todos los que están ni están todos los que son”, dice el doctor Martínez Moreno;  y cuenta cómo Claudia Lars, Salarrué y Serafín Quiteño, verdaderos monumentos nacionales del pensamiento y la literatura, fueron invitados reiteradamente a pertenecer a nuestra Academia, declinando también ellos reiteradamente dicha invitación. Termina el doctor Martínez citando el fustigador mensaje de Darío: ¡De las academias, líbranos Señor! A Darío sin duda le chocaba, y con una fuerte dosis de razón, continúa, el formalismo excesivo, el apego tan cerrado a la tradición, la hostilidad hacia el cambio lexicológico, la falta de un rasero adecuado para medir el mérito, los prejuicios incidentes en la selección o rechazo de los miembros, el velo de misterio que a veces cubre sus deliberaciones, y en fin, la vanagloria de que hacen gala algunos académicos.

No significa lo anterior que no se reconozca que las academias han impulsado las artes y las ciencias, y han honrado a valores de alcurnia espiritual y mental inmaculada; se han esmerado a su vez, y encomiablemente, en fomentar los estudios filológicos, en fijar normas ortográficas, depurar el lenguaje de barbarismos, establecer las reglas de gramática, la retórica y la poética, publicar obras maestras, otorgar premios y recompensas, y sobre todo, preparar diccionarios admirables. ¡Cómo no! Y ello es importante, sobre todo ahora que el relajamiento del lenguaje, particularmente el nuestro, se manifiesta indeteniblemente, víctima de los excesos de las malas influencias y de las intenciones reprochables de dominio de otras lenguas, que parecen emerger como las lenguas de los imperios y de la dominación. ¡Sí!

Pero esta devoción desmedida por la pureza, en detrimento a veces del progreso del léxico, es no del todo conveniente, opina nuestro autor. Y agrega que en los últimos tiempos, (recuerdo al estimado lector que el doctor Martínez Moreno escribió esto en 1976), ha recibido los impactos, y subrayo, de la crítica seria.

Por ejemplo, don Pedro Geoffroy Rivas, en su El español que hablamos en El Salvador, dice al respecto: Los modernos puristas del idioma, son, en realidad, personas apegadas todavía al afán medieval de filosofar acerca del habla, de descomponer la oración en partes, que condujo a los escolásticos a la confección de gramáticas generales en las que intentaron demostrar que la estructura de las lenguas, especialmente la del latín, constituye un canon lógico, universalmente válido. –Se trata sencillamente de una pura satisfacción. Quienes luchan, inútilmente, por la “conservación del idioma”, olvidan que están frente a un fenómeno histórico, cambiante y multiforme, que sólo puede ser conservado  cuando ha muerto. Porque el idioma vivo jamás puede aquietarse. Sufre infinitas variaciones, de un grupo a otro, dentro de cada grupo, en cada individuo, sin que ello signifique la pérdida de los contornos que lo caracterizan……..Esta es la razón de que no podamos identificar una lengua por su diccionario.

El doctor Martínez Moreno piensa que el lenguaje debe acrecentarse con el tesoro del habla popular, buscando una posición equilibrada, en la que continuándose con la depuración y limpieza del idioma, se permita, para darle verdadero esplendor, que éste se amplíe con nuevos términos, voces y acepciones, adaptándose a las necesidades cambiantes de la época: Ni una inflexible postura estática, de permanencia absoluta a lo Parménides, ni una transformación incesante a lo Heráclito, señala, citando a dos de los más enconados rivales del entorno metafísico de la filosofía griega antigua.

El doctor Alfredo Martínez Moreno ha tratado el punto con tremenda lucidez, y lo ha expresado con belleza y profundidad. Equilibrio, eso es lo que debe buscarse, y creo que tal equilibrio es lo que en el fondo sostendría nuestro idioma en su pureza, porque el anquilosamiento puede ser que en vez de purificar, corrompa. Ahora bien, este equilibrio, aclaro, no significa desnaturalización, negación de un idioma por otro, y sobre todo, si ese otro es menos culto, como parece que está sucediendo en nuestro país. Este equilibrio no es cosa de purismo dogmático, ni es cosa de segundos idiomas. Es lo que ha querido expresar el doctor Martínez cuando nos ha hablado de academias y de académicos en su rico ensayo.

Menuda labor, pues, la de nuestra Academia Salvadoreña de la Lengua. En eso se está. Pretender que un idioma que hablan más de quinientos millones de personas en el mundo, producto de una riquísima cultura, cultura que se ha visto enriquecida por las más nobles influencias, se mantenga estático, sin cambio alguno, es cerrarse a la dinámica de la historia, enterrar la cabeza como el avestruz. Pero abrir las puertas de par en par para que por ella penetre quien quiera penetrar, puede significar la más absoluta y peligrosa de las negaciones de nuestra identidad. ¡Cuidado! ¡Están cerca los lobos en busca de caperucitas!

 

 

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