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Cuidar la democracia (I)

Luis Armando González
Escuela de Ciencias Sociales Universidad de El Salvador

Nota introductoria

Varios amigos y amigas, al leer mi despedida de “Realidad Nacional”, en el CoLatino, creyeron que dejaría de escribir y se mostraron preocupados. No tienen idea de cuánto valoro su amistad y agradezco su preocupación. Y, como les he dicho, no creo que deje de escribir, pues hay mañas que se afianzan tanto en la vida de uno que cuesta desprenderse de ellas. Añado algunas pocas explicaciones más, a las dadas en mi despedida (publicada en el CoLatino el viernes 8 de febrero de 2019), relativas a esa decisión. En primer lugar, cuando me hice cargo de la página “Realidad Nacional” hace unos 10 años, estaba fuertemente motivado por el compromiso de honrar la memoria a Ignacio Ellacuría; ese era (y ha sido) mi homenaje personal para mi maestro asesinado. Creo que he cumplido –y hablo de mi satisfacción personal— con mi propósito de aquellos años.

En segundo lugar, el ritmo de redacción semanal tiene sus virtudes y como todo, sus defectos. Se trata de una gran oportunidad para estar diciendo una palabra -lo de su calidad, mucha o poca, es otra historia- semana a semana, pero el precio es tener que decir algo se esté o no con los animos o el espíritu para hacerlo. Y, en este aspecto, quiero recuperar mi derecho a quedarme callado o a posponer el análisis (o la publicación) si veo que tengo razones para ello. La obligación de tener que escribir algo (o decir algo en entrevistas) se puede convertir en una carga inmanejable cuando no se tiene claro qué escribir o qué decir, o cuando no existe el deseo de hacerlo. Es el, pues, derecho a quedarme callado o a no opinar, cuando no lo desee, el que quiero reivindicar.

Y, por el lado positivo, siempre seguiré ejerciendo mi derecho a ese bien tan importante de la democracia como lo es la libertad de expresión y de pensamiento, tratando de hacerlo en el marco de las reglas básicas de la argumentación racional y del respeto a la dignidad de los demás.

Así las cosas, para no perder la costumbre, en el texto que sigue a continuación reflexiono sobre la importancia de conservar y proteger conquistas democráticas que son claves para una convivencia social pacífica, pero reconociendo que, en una democracia joven como la salvadoreña, esas conquistas (el orden democrático mismo) son sumamente frágiles y por tanto, necesitan de un cuido especial por parte de todos los ciudadanos.

I

Estas líneas no son un llamado para nadie en particular, sino para todas las personas de buena voluntad que quieren vivir en paz, respetando a los demás y siendo respetadas por ellos. Estas personas son bastantes; y están regadas por todo el país; están adscritas a una diversidad de religiones e iglesias; las hay escépticas e increyentes; votan por diferentes partidos o se abstienen de votar, pero están ahí, haciendo el bien con una conciencia firme de que lo más importante es la dignidad humana. Son estas personas las que deben hacerse sentir en momentos en los cuales nuestra frágil democracia corre el riesgo de quedar fuera de balance.

No es que la democracia salvadoreña esté en peligro. Lo que sucede es que es tan frágil que cualquier situación inédita (o relativamente inédita) puede erosionar (o debilitar aún más) conquistas suyas que no son del todo firmes y que, peor aún, estás lastradas por fuertes defectos que son de origen o surgieron en el camino.

Democracia no consolidada es está que tenemos, por joven -sólo comienza tener perfiles claros a partir de 1992-, por los pocos avances que se han tenido en ejes importantes que deben cimentarla -cultura política, participación, institucionalidad e igualdad socioecómica- y por los excesos que han tenido lugar al amparo, por un lado, de reglas mal aplicadas o mal entendidas, y, por otro, de derechos democráticos irrenunciables, como la libertad de expresión, que, mal usados, han enrarecido y empobrecido el debate público.

II

No hay rosas sin espinas: mucho de lo bueno y positivo de la democracia suele estar aderezado con mucho de lo malo y negativo de las tradiciones culturales y políticas heredadas, y por las limitaciones propias de los seres humanos que son por naturaleza falibles, además de otras características defectuosas que salen a relucir, por lo general, cuando se poseen o se disputan cuotas de poder. Por eso Churchill dejó estampada en la historia la frase, ya célebre y citada infinitas veces, según la cual “la democracia es el menos malo de todos los regímenes políticos”.     

Es curioso, pero hay que cuidar la democracia no porque sea la panacea o el camino a la perfección (o porque en sí misma sea perfecta), sino porque es el “menos malo” de todos los regímenes políticos. Y ahí donde es frágil, porque recién se ha instalado o porque aún es inmadura, debe ser más cuidada que en otras partes, ya que situaciones normales -que, de estar asentada, no la conmoverían (como un relevo de gobierno)- pueden someterla a presiones y tensiones críticas.

No tiene por qué no resistir. Incluso puede salir fortalecida. Pero también puede padecer reveces que lleven a estancamientos o incluso a retrocesos que supongan la pérdida cosas que, ahora parece irrelevantes, pero cuya obtención fue sumamente costosa para quienes -aunque sean de generaciones ya idas o de las generaciones viejas aún activas- se jugaron el pellejo para conseguirlas.

En el caso de nuestro país, el relevo de gobierno que se realizará el 1 de junio de 2019 -junto con todos los factores que lo hicieron posible (desde la institucionalidad política hasta la campaña)- será posible gracias a la instauración de un ordenamiento democrático en 1992. Una democracia, como ya se dijo, frágil y plagada de mil y un defectos, pero que ha permitido que los ciudadanos elijan a un nuevo Presidente de la República por sexta vez después del fin de la guerra civil.

III

Quienes rechazan la democracia deberían saber que, si son consecuentes, deberían rechazar este último ejercicio democrático, lo mismo que todos los anteriores hasta 1982. Asimismo, si a alguien se le ocurre que este procedimiento debe ser anulado, debe saber que, si eso sucediera, los relevos de gobierno como el que tendremos el 1 de junio se verían seriamente entorpecidos y en el límite, serían imposibles.

No es irrazonable afirmar, por tanto, que la institucionalidad electoral es algo que debe ser cuidado y mejorado. Tiene fuertes debilidades, y las mismas deben ser examinadas en detalle para asegurar que no influyan de manera importante en el resultado electoral.

Una meta debería ser exorcizar de una buena vez el fantasma del fraude, que no ha dejado de aparecer desde 1994. Otra, una regulación más firme de las campañas, en tiempos y en contenidos, pues los abusos son y han sido frecuentes. Un asunto que deberá ser abordado tarde o temprano es el de la composición partidaria del tribunal supremo electoral (TSE).

Demonizar esa composición, sólo por estar condicionada por cuotas partidarias, nada más agudiza el rechazo de distintos sectores sociales a la política, lo cual ningún demócrata razonable considera sano. Y la mirada debe ir más allá: hacia la institucionalidad del Estado, en la cual hay áreas en las que las filiaciones partidarias -por ejemplo en la fiscalía general de la República- se han mostrado contraproducentes.

Por cierto, ningún demócrata debería restar importancia a la apatía electoral de un segmento importante de la sociedad -casi la mitad de la población en edad de votar en el ejercicio electoral de 2019-, lo cual no es nuevo, pero por eso debe preocupar más. Muchas interrogantes surgen ante esta población adulta que no se toma ni siquiera la molestia mínima de ir a la urnas. ¿Cuál es su composición demográfica? ¿Cuál su condición socio-económica? , Y no se trata de lanzar opiniones ligeras, sino de indagar con fineza sobre esas y otras interrogantes.

Por ejemplo, lanzar al ruedo la hipótesis de que en la elección de 2019 la población que no votó lo hizo por el descrédito de los partidos, que se han gastado y traicionado las esperanzas ciudadanas, lleva a preguntarse si esa misma hipótesis vale para procesos anteriores en los cuales también un segmento importante de ciudadanos se abstuvo de votar o lanzar la hipótesis de que ese abstencionismo expresa el hartazgo de las nuevas generaciones ante la política; y ello porque esa hipótesis es contraria a la evidencia de que sectores juveniles participan (en el pasado reciente y en el presente) en las elecciones, sino también a esas otra hipótesis que afirma que el relevo de gobierno en 2019 ha sido propiciado por la juventud.

Se trate de jóvenes o adultos -o, quizás de lo que es más apegado a la realidad, de una mezcla de ambos- lo cierto es que si una buena parte de la población en edad de votar no lo hace –y no lo viene haciendo  desde 1994 o incluso desde 1989- algo importante y grave está pasando con el sistema político y electoral.

Meterle cabeza a eso es una tarea de primera importancia, y a partir de ahí dar pasos sustantivos hacia las reformas que sean necesarias. Está pendiente una reforma constitucional y también la puesta en marcha de un nuevo acuerdo de nación, que nos permita visualizar el rumbo de El Salvador en cuando menos, los siguientes 25 años. Estos retos son de envergadura. Requieren, para llevarse adelante, del cuido de ese otro bien democrático que es el republicanismo, con la separación de poderes que le es consustancial. Y también requieren de un participación crítica y responsable de los actores, organizaciones, gremios, organizaciones e instituciones que expresan la diversidad de la sociedad salvadoreña.

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