Por David Alfaro
Ahora, en El Salvador, el «debate político» suele reducirse a una pelea entre fanáticos y opositores de Nayib Bukele. Unos lo ven como el salvador del país; otros concentran en él todos los males. Ambos enfoques se quedan en la superficie.
Bukele no surgió de la nada. Es el resultado de décadas de deterioro político, social y económico, de instituciones debilitadas y de una democracia reducida, en buena medida, al acto de votar cada cierto tiempo. Su autoritarismo es una expresión extrema de un sistema que ya estaba profundamente enfermo.
* El Salvador también tiene un problema con los «mesías políticos».
Una de nuestras mayores debilidades ha sido depositar repetidamente la esperanza en líderes que prometen resolverlo todo desde el poder. Cambia el personaje, pero el mecanismo permanece: frustración, esperanza, culto al líder y, finalmente, desencanto.
El peligro ahora es que, cuando llegue el desencanto con Bukele, volvamos a buscar otro mesías en lugar de cuestionar las estructuras que producen estos liderazgos. Aunque es preciso mencionar que Bukele no saldrá del poder por las buenas.
* Y la oposición, qué propone?
Decir «hay que sacar a Bukele» o «hay que rescatar la democracia» no basta. ¿Qué democracia? Si eso significa regresar al mismo sistema que existía antes de Bukele, debemos recordar que ese sistema fue incapaz de impedir su aparición.
La oposición necesita mucho más que denunciar al autoritarismo: necesita un proyecto de país, una democracia realmente participativa, instituciones independientes y mecanismos que permitan a la ciudadanía ejercer poder más allá de las elecciones.
* Bukele es sólo el síntoma!
El problema salvadoreño es sistémico. En su construcción han participado partidos políticos, élites económicas, instituciones, medios, gobiernos extranjeros y también una sociedad acostumbrada a esperar soluciones desde arriba.
* Si no rompemos con esa lógica, seguiremos cambiando de caudillo sin cambiar de país.
La verdadera democracia no consiste únicamente en elegir quién gobierna. Consiste en distribuir el poder, fortalecer las instituciones y garantizar que la ciudadanía pueda participar e incidir de manera permanente.
De lo contrario, seguiremos llamando democracia a una caricatura de democracia y esperando que el próximo mesías haga por nosotros lo que como sociedad no hemos sido capaces de construir por falta de agallas y/o incomprensión de nuestra historia y de las relaciones de poder.
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