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Criminalización de la protesta (1)

René Martínez Pineda
Director Escuela de Ciencias Sociales, UES

Vivimos en una época dominada por la información inmediata y por las protestas indignadas exigiendo dignidad, y eso ha puesto de nuevo en la palestra política el problema sociológico de la conjunción planetaria entre las izquierdas mundiales, pero no en los términos en que los teóricos marxistas trazaron el internacionalismo proletario, sino como su relevo. Hay que saber lo que está pasando más allá de nuestras fronteras, más allá de nuestros Facebook y selfies, más allá de nuestras a veces cortedades ideológicas, para no estar tan solos y para no ser tan pocos en las luchas en nuestros países, en nuestras calles, en nuestros imaginarios. Sobre eso de unirse sabe mucho la burguesía mundial y por eso siempre actúa de forma coordinada y solidaria. Aprendamos la lección política –como sociólogos y como militantes de la utopía social- y aceptemos esa colosal lección política de los nuevos tiempos que demandan virtudes olvidadas: en la actualidad, la izquierda es “las izquierdas” y “pre-izquierdas” como una sinfonía inconclusa, pero una sinfonía que no debe incluir a los victimarios del pueblo, ni a la burguesía más feroz que está privatizándolo todo… hasta nuestras sonrisas. Ese es el primer reto de la izquierda histórica salvadoreña que aún es representada por el FMLN, un reto que puede ser asumido por otra instancia política.

Esa idea de conjunción planetaria entre las disímiles luchas populares, aquí y allá, será, en mi opinión, lo más necesario, estratégico y novedoso como cultura política democrática, porque las resistencias (no la resistencia) al capitalismo, y las resistencias (no la resistencia) al quebranto de la democracia en muchos países –dejado en claro por el movimiento zapatista que irrumpió de la nada, y en la nada se esfumó- están siendo criminalizadas, lo que implica que se está criminalizando tanto el sujeto de estudio de la sociología como la diversidad ideológica no burguesa. La protesta es criminalizada, al igual que es criminalizada la diversidad ideológica no burguesa, y eso último –la conspiración silenciosa de la derecha- es usada para dividir al pueblo y unificar la reacción. Como sociólogos sabemos que hay que encontrar la forma de hacer visibles esas resistencias –a veces amorfas o sin causa relevante, porque no todo tiene una causa- para readecuar la teoría sociológica y para refrescar el imaginario de la izquierda como referente masivo de la ilusión colectiva. Esa visibilidad teórica y práctica se logra con todo tipo de formas de expresión de la indignación de forma real y virtual.

Por el hecho de que una de las guerras de guerrillas más audaces, integrales y creativas del continente se llevó a cabo en El Salvador -culminando con unos acuerdos de paz muy prometedores y ejemplares- el país fue considerado como el teatro de la utopía hecha realidad. Sin embargo, las privatizaciones de los años 90, la desmovilización del movimiento popular y, finalmente, la dolarización de la economía mostraron que algo andaba mal o que empezaba a andar mal, de modo que la utopía sigue esperando que se levante el telón para que empiece la función que tanto espera el pueblo. En la segunda década del siglo XXI se montaron luchas heterogéneas, protestas, convulsiones, alianzas muy amplias y resistencias creativas y combativas (hasta el linde de lo ilegal o vandálico) en varias partes del mundo (jóvenes, mujeres, migrantes, desempleados) y, siendo optimistamente exagerados, diremos que se abrió una dispersa situación pre-revolucionaria, tal como “los indignados” por el desempleo en España y, últimamente, el que llamo “el diciembre amarillo de París” (2018) que, lastimosamente, no contaron con vanguardias que dirigieran los descontentos hacia las estructuras del poder. El Salvador tuvo una oportunidad similar con “las marchas blancas” a inicios del siglo XXI. De la noche a la mañana, el mundo es signo de protestas populares sin vanguardias político-militares o simplemente políticas y, en el caso de El Salvador y las marchas blancas, esa fue la oportunidad para quitarle todo el poder electoral a la derecha.

¿Por qué estudiar o debatir en torno a esa situación que vincula las protestas con el reacomodamiento de las izquierdas y de la sociología crítica? La respuesta tiene que ver con las premisas de la ruptura de paradigmas científicos (como lo planteó Thomas Kuhn), en tanto que, por lo general y lo pedestre, el pensamiento crítico y político se nutre de esas protestas, de esas resistencias, de esas alianzas inesperadas tan esperadas por los pueblos, de esas mutaciones en la lucha y en quienes las dirigen, debido a que el pensamiento crítico y político (que es capaz de transformar la sociedad para trabajar-justificar una utopía) se nutre de lo que se ha considerado el objeto de estudio de la sociología: las relaciones cotidianas de poder al interior de la estructura social que, por su misma lógica, siempre apunta a la crítica de esas relaciones de poder, de forma consciente o inconsciente. Estas protestas son criminalizadas porque son críticas a las relaciones de poder desde el no-poder y, por eso, estamos obligados (como sociólogos y como utopistas) a readecuar nuestras teorías y, si lo vemos desde las izquierdas, a modificar las tácticas y estrategias de la lucha de clases buscando más cómplices entre quienes son pueblo o al menos se identifican con él, pero sin incluir a sus victimarios y expropiadores directos y conscientes. La sociología crítica, en su versión marxista, tiene como referentes teórico-políticos: la memoria histórica (la sociología de la nostalgia a la que recurren quienes tienen más recuerdos que olvidos), y la utopía social como brújula cuyo norte magnético son todos aquellos que fueron víctimas de la dictadura militar y, en la actualidad, son víctimas: del dolor capitalista; del genocidio y de los crímenes de lesa humanidad; de la opresión en las maquilas y ventas ambulantes; de la violencia cotidiana como otro espacio de revalorización del capital.

La burguesía, a través de sus patéticos historiadores de oficio, hace todo lo posible para que la memoria del pueblo sea un mar de olvidos, y la de ella un mar de recuerdos, algo muy parecido a lo que dijo García Márquez: “el que no tiene memoria, se hace una de papel”; y “recordar es fácil para quien tiene memoria; olvidar es difícil para quien tiene corazón”. Entonces, la burguesía juega con eso de memoria y olvido para manipular o dividir al pueblo mientras ella trata de recomponer su hegemonía. Pero las nuevas protestas nos hacen ver que la gente está aprendiendo a recordar.

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