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Comisiones Obreras: organizarse cuando organizarse era ilegal Lecciones para el sindicalismo salvadoreño

Erick Zelaya*

 La historia del movimiento obrero demuestra que la libertad sindical rara vez ha sido una concesión de los gobiernos. Los sindicatos nacieron enfrentando persecuciones, prohibiciones y represión. La experiencia de las Comisiones Obreras (CCOO) durante la dictadura franquista constituye uno de los ejemplos más importantes de cómo la clase trabajadora puede reconstruir su organización incluso cuando el Estado intenta eliminar toda forma de sindicalismo independiente.

Como señalaba Rosa Luxemburg, “la organización no produce la lucha, sino que la lucha produce la organización” (Huelga de masas, partido y sindicatos, 1906). Esta idea resulta fundamental para comprender el surgimiento de Comisiones Obreras. Antonio Gramsci, por su parte, observó que incluso bajo las formas más duras de dominación política, las clases subalternas desarrollan formas propias de resistencia y organización (Cuadernos de la cárcel). León Trotsky advertía que los períodos de reacción obligan a los trabajadores a desarrollar métodos flexibles que permitan preservar la continuidad de la organización obrera aun cuando las estructuras formales sean destruidas (Los sindicatos en la época de la decadencia imperialista, 1940). La historia de CCOO constituye una confirmación práctica de estas reflexiones.

La derrota obrera y el franquismo

La victoria franquista en la Guerra Civil Española en 1939 significó una derrota histórica para el movimiento obrero. Las principales organizaciones sindicales fueron ilegalizadas; miles de dirigentes fueron fusilados, encarcelados o enviados al exilio; y la UGT y la CNT desaparecieron de la vida pública.

En su lugar, el régimen instauró la Organización Sindical Española, conocida como el “Sindicato Vertical”, una estructura controlada por el Estado que agrupaba a empresarios y trabajadores bajo una misma organización. Su objetivo era sustituir la lucha de clases por una supuesta colaboración nacional dirigida por el franquismo.

Durante años pareció que el movimiento obrero había sido derrotado definitivamente. Sin embargo, en las fábricas, minas y centros de trabajo comenzaban a surgir nuevas formas de organización.

El nacimiento de las Comisiones Obreras

Uno de los aspectos más importantes de la experiencia de CCOO es que no nació como sindicato.

Las primeras comisiones aparecieron durante la década de 1950, especialmente en las cuencas mineras de Asturias y posteriormente en las zonas industriales de Madrid, Barcelona y el País Vasco. Los trabajadores elegían representantes para negociar conflictos concretos, organizar huelgas o presentar reivindicaciones.

Aquellas comisiones carecían de estatutos, reconocimiento legal, oficinas y recursos económicos. Sin embargo, poseían legitimidad entre los trabajadores.

La propia historia de CCOO señala que surgieron como “movimientos unitarios de trabajadores elegidos en asambleas para representar los intereses obreros en conflictos concretos” (Historia de CCOO).

Lo que comenzó como una forma organizativa temporal se reprodujo en cientos de centros de trabajo. Las distintas comisiones empezaron a coordinarse y esa coordinación terminó transformándose en un movimiento nacional de oposición obrera al franquismo.

La principal enseñanza es clara: la organización precedió a la legalidad.

La asamblea y la organización de base

La estructura de las primeras Comisiones Obreras descansaba sobre un principio fundamental: la asamblea de trabajadores, las decisiones se tomaban colectivamente, los representantes eran elegidos por la base, la legitimidad provenía de los trabajadores y no de las instituciones del Estado.

Esta forma organizativa permitía una enorme capacidad de adaptación frente a la represión. Si una comisión era desmantelada, otra podía surgir. Si un dirigente era encarcelado, nuevos trabajadores asumían responsabilidades. La organización no dependía de una dirección centralizada sino de cientos de núcleos de base.

Esta práctica coincidía con la idea de Rosa Luxemburg de que “la masa es el elemento decisivo” (Huelga de masas, partido y sindicatos, 1906).

Utilizar las contradicciones del régimen

Otra de las características distintivas de Comisiones Obreras fue su capacidad para aprovechar los espacios disponibles dentro del propio sistema franquista. Aunque el Sindicato Vertical era una institución controlada por la dictadura permitía ciertas elecciones de representantes laborales. Muchos activistas decidieron participar en esos procesos no para legitimar al régimen, sino para convertir esos espacios en herramientas de organización obrera.

Marcelino Camacho resumió esta estrategia afirmando:

“Entrábamos en las estructuras del sindicato vertical para defender a los trabajadores y para organizarlos” (Confieso que he luchado).

La táctica permitió ampliar la presencia de las comisiones en miles de centros de trabajo y fortalecer la organización clandestina. CCOO comprendió que la lucha sindical exigía combinar todos los espacios posibles de actuación sin perder la independencia política de la clase trabajadora.

Una organización difícil de destruir

La principal fortaleza de Comisiones Obreras residía en su carácter descentralizado.La organización no dependía exclusivamente de una dirección nacional, una oficina o un grupo reducido de dirigentes, dependía de miles de trabajadores organizados en sus centros de trabajo. Por ello, la represión franquista nunca logró destruir completamente el movimiento, la prueba más evidente fue el Proceso 1001 de 1972, cuando el régimen encarceló a la dirección nacional de CCOO con el objetivo de descabezar la organización. Sin embargo, las estructuras de base continuaron funcionando. Las huelgas continuaron. Nuevos dirigentes surgieron. La organización sobrevivió.

Trotsky había señalado décadas antes que “la fuerza de una organización obrera no reside en sus oficinas ni en sus fondos, sino en los trabajadores que la sostienen” (Los sindicatos en la época de la decadencia imperialista, 1940). La historia de CCOO confirmó plenamente esta afirmación.

De movimiento clandestino a fuerza sindical

Cuando murió Franco en 1975, Comisiones Obreras ya se había convertido en una fuerza imposible de ignorar, no había sido creada por decreto, no había surgido de acuerdos institucionales. Había sido construida durante años de clandestinidad, organización paciente y lucha cotidiana.

La Fundación 1º de Mayo define a CCOO como “un movimiento sociopolítico organizado desde los centros de trabajo para la defensa de los intereses de los trabajadores y las libertades democráticas”.

La expresión “movimiento sociopolítico” resulta clave para comprender su papel histórico. Las Comisiones Obreras entendieron que la defensa de los salarios y de las condiciones laborales estaba inseparablemente vinculada a la lucha por las libertades democráticas, defender los derechos de los trabajadores significaba también defender la libertad de organización, de expresión, de reunión y de participación política.

El Salvador y la vigencia de una lección histórica

La historia de Comisiones Obreras adquiere una enorme actualidad para El Salvador.

Las diferencias entre la España franquista y el contexto salvadoreño contemporáneo son evidentes. Sin embargo, existe una similitud fundamental: la tentativa de limitar la capacidad autónoma de organización de la clase trabajadora.

En los últimos años, organizaciones sindicales independientes han denunciado negativas de inscripción, obstáculos administrativos, despidos antisindicales, persecución de dirigentes y exilio forzado de activistas.

Frente a esta realidad, la experiencia de Comisiones Obreras deja una enseñanza fundamental: cuando la legalidad se convierte en un obstáculo, la tarea principal consiste en preservar la organización.

Las primeras comisiones obreras no esperaron condiciones favorables para existir. Surgieron allí donde los trabajadores compartían problemas comunes y decidían actuar colectivamente.

La organización precedió al reconocimiento legal.

Como escribió Gramsci, “la crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer” (Cuadernos de la cárcel). En esos momentos de incertidumbre, la tarea de quienes luchan por la organización de la clase trabajadora consiste precisamente en ayudar a que lo nuevo nazca.

Para las y los sindicalistas salvadoreños que hoy enfrentan dificultades, persecución o exilio, la historia de Comisiones Obreras demuestra que las derrotas no son definitivas. Las organizaciones pueden perder locales, recursos o reconocimiento legal. Pero mientras existan trabajadores dispuestos a organizarse, educarse y luchar colectivamente, la posibilidad de reconstrucción permanece abierta.

Marcelino Camacho expresó esta convicción con una frase que conserva plena vigencia:

“Ni nos domaron, ni nos doblaron, ni nos van a domesticar”.

Esa afirmación trasciende la historia de España. Habla de todas las generaciones de trabajadores que han enfrentado la persecución sin renunciar a sus convicciones.

La principal lección de Comisiones Obreras para El Salvador es sencilla pero profunda: los sindicatos no nacen de los decretos. Nacen de la voluntad de los trabajadores de defender su dignidad. Y mientras exista esa voluntad, ninguna derrota será definitiva y ninguna lucha estará condenada al fracaso.

*Luchador social, Sindicalista en El Exilio y Columnista

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