Redacción Nacionales
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La Santa Sede se convirtió recientemente en el epicentro de un diálogo profundo con los obispos. En el marco de la visita ad limina apostolorum de los obispos de El Salvador, el cardenal Gregorio Rosa Chávez compartió reflexiones con Vatican News, en las que habló de renovar la esperanza y el diálogo, como los desafíos en el país, que pasa por superar la parálisis social y de una ‘energía contenida’ en la población.
La visita ad limina, que implicó el encuentro de los prelados con el sucesor de Pedro, el papa León XIV, fue descrita por el cardenal como una experiencia “muy intensa, muy inspiradora, muy estimulante y muy cordial”. Para Rosa Chávez, se trató de un espacio de comunión donde la realidad salvadoreña fue escuchada por el papa.
La sombra luminosa de San Óscar Romero
Un hilo conductor ineludible en el paso de la delegación salvadoreña por Roma fue la figura de San Óscar Arnulfo Romero. El cardenal destacó cómo ‘el santo de América’ sigue siendo un puente entre las periferias y el centro de la cristiandad.
Según relató, la presencia espiritual del mártir impregnó cada jornada. “Romero se siente en cualquier lugar; está siempre presente como inspiración para esta gran casa de Roma”, afirmó.
Para la curia romana, Romero no es solo un recuerdo del pasado, sino un modelo vigente del pastor que supo oler a oveja y dar la vida por su rebaño. Esta conexión espiritual refuerza la identidad de una iglesia salvadoreña que se siente acompañada por su santo en los desafíos contemporáneos. El purpurado subrayó que el pueblo salvadoreño mantiene una fe inquebrantable, manifestada en su “amor al papa, a la Virgen y a la eucaristía”.
Superar la ‘parálisis’ para recuperar el protagonismo social
Al abordar la situación interna de El Salvador, el cardenal Rosa Chávez no eludió los temas más complejos. Su diagnóstico social fue claro: existe una sensación de estancamiento que afecta la participación ciudadana. “La gente está como paralizada desde hace unos cuatro años”, advirtió, refiriéndose a un clima donde el silencio parece haber ganado terreno frente al debate democrático y la propuesta comunitaria debido al régimen de excepción.
Sin embargo, el diagnóstico del cardenal no es pesimista. Habló de una ‘energía contenida’ en la población, una fuerza vital que espera ser canalizada. Para lograrlo, propuso la creación de espacios de diálogo genuino donde se priorice el encuentro intercultural e intersectorial.
En esta visión, los jóvenes y las familias no deben ser espectadores de las decisiones nacionales, sino protagonistas activos de un proyecto de país inclusivo que rechace la polarización y el autoritarismo.
El magisterio del corazón: un camino de paz
La reciente encíclica del papa León XIV ha resonado con especial fuerza en la delegación salvadoreña. El cardenal la calificó como un kairós, un tiempo de gracia específico para El Salvador. En un mundo cada vez más mediado por algoritmos y una digitalización deshumanizante, el llamado del pontífice a volver al ‘corazón’ cobra un sentido urgente.
“La clave que el papa inspira es la paz que nace del corazón de Jesucristo, un corazón transformado por su ternura y su misericordia”, señaló Rosa Chávez. Para el cardenal, esta “teología del corazón” es el antídoto contra la violencia y la división.
La propuesta es clara: edificar una “civilización del amor” que permita a los salvadoreños reconocerse como hermanos, más allá de sus diferencias políticas o sociales.
Un mensaje para la diáspora y la nación
Al cierre de su intervención, el cardenal envió un mensaje de aliento a los millones de salvadoreños, incluyendo a aquellos que viven fuera de las fronteras nacionales. Recordó con especial énfasis una frase que marcó su juventud y su ministerio expresada por un pontífice: “El Salvador salvará al mundo”. Lejos de una interpretación triunfalista, el purpurado la entiende como una vocación de servicio y testimonio.
La honestidad, la fe y la resiliencia del pueblo salvadoreño son, a ojos del cardenal, una luz que puede iluminar a la Iglesia universal. Su exhortación final fue un llamado a la resistencia espiritual y civil: “Que no caiga la esperanza. Hay que seguir soñando el futuro que Dios quiere para El Salvador”.
El encuentro en el Vaticano deja así un compromiso renovado para los obispos salvadoreños: regresar a sus diócesis no solo con bendiciones, sino con la tarea urgente de ser artífices de un diálogo que devuelva la palabra y la esperanza a cada ciudadano.
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