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15 DE SEPTIEMBRE: POR LA SEGUNDA Y VERDADERA INDEPENDENCIA

Erick Zelaya*

15 de septiembre de 2026

 Cada 15 de septiembre nos hablan de libertad, soberanía y patria. Doscientos cinco años después de la independencia centroamericana, las banderas vuelven a llenar las calles y los discursos oficiales presentan 1821 como el momento en que nuestros pueblos conquistaron definitivamente su libertad.

 Pero los trabajadores debemos mirar nuestra historia con otros ojos. La independencia de España fue un acontecimiento histórico progresivo porque rompió formalmente el dominio colonial. Pero no fue una revolución social que entregara el poder a campesinos, indígenas, artesanos y sectores populares. La contradicción entre las aspiraciones del pueblo y quienes condujeron políticamente aquella ruptura quedó escrita en la propia Acta de Independencia del 15 de septiembre de 1821.

 El documento reconoce que alrededor del Palacio se encontraba el pueblo y que se escuchaba: “el clamor de ¡Viva la independencia! que repetía de continuo el pueblo”. (Acta de Independencia de Centroamérica, 15 de septiembre de 1821, preámbulo, AGCA, Leg. 6941, Exp. 57780, Fol. 17v.)

 Pero inmediatamente aparece una de las frases más extraordinarias del documento. El artículo primero establece que la independencia debía publicarse: “para prevenir las consecuencias, que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo.” (ídem, fols. 17v–18.)

 No necesitamos inventar una interpretación conspirativa de la historia. Basta leer lo que dejaron escrito quienes dirigieron aquel proceso. El pueblo estaba en las calles exigiendo independencia y quienes estaban dentro del Palacio consideraban “temibles” las consecuencias de que ese mismo pueblo terminara proclamándola por sus propias manos. Ahí encontramos una de las grandes contradicciones de 1821.

 INDEPENDENCIA, PERO CONSERVANDO EL PODER EXISTENTE

 Hay algo todavía más revelador. Después de proclamar la ruptura con España, el artículo séptimo estableció: “Que entre tanto, no haciéndose novedad en las autoridades establecidas, sigan éstas ejerciendo sus atribuciones respectivas”. (Acta de Independencia de Centroamérica, 15 de septiembre de 1821, art. 7.º)

 Es decir: independencia política, pero continuidad de las autoridades. Y el artículo octavo fue aún más explícito: “Que el señor Jefe Político, Brigadier Don Gabino Gainza, continúe con el gobierno superior político y militar”. (ídem, art. 8.º)

 Quien hasta entonces había encabezado el poder político bajo el régimen colonial continuaría temporalmente encabezando el gobierno después de proclamada la independencia. La ruptura existió y fue históricamente importante, pero tuvo límites de clase evidentes.

 El Acta de la Independencia demuestra también la preocupación de sus dirigentes por contener cualquier desbordamiento social. El artículo once habla de: “la paz y sosiego, que es la primera necesidad de los pueblos cuando pasan de un gobierno á otro”. Independencia sí. Pero sin alterar demasiado el orden. Sin que el pueblo tomara directamente en sus manos el proceso. Sin transformar radicalmente las relaciones económicas y sociales heredadas.

 205 AÑOS DESPUÉS: ¿INDEPENDENCIA PARA QUIÉN?

 Hoy El Salvador no es una colonia española. Tenemos Estado, territorio, bandera y gobierno. Esa conquista histórica no debe negarse. Pero ¿puede hablarse de verdadera independencia cuando quienes producen la riqueza tienen tan poco poder para decidir sobre ella?. Nuestro país continúa marcado por una economía dependiente del imperialismo, enormes desigualdades y una emigración que ha obligado a millones de salvadoreños a buscar fuera las oportunidades que su propia tierra no pudo garantizarles.

Los gobiernos han cambiado, ARENA administró durante décadas el proyecto neoliberal. El FMLN llegó al gobierno despertando enormes esperanzas populares, pero no rompió las estructuras fundamentales del capitalismo dependiente. El agotamiento de ambos abrió las puertas al bukelismo, que logró canalizar el enorme rechazo contra “los mismos de siempre”. Pero ha convertido el régimen en una Dictadura bonapartista (aun) con apoyo de masas. Sin embargo derrotar electoralmente a los viejos partidos no significa haber cambiado las relaciones entre capital y trabajo. Mas bien hoy tenemos trabajadores perseguidos o despedidos por organizar sindicatos. Miles enfrentan bajos salarios, precariedad y extensas jornadas laborales. Y la Clase Trabajadora vive bajo una tiranía.

 LA INDEPENDENCIA QUE NECESITA LA CLASE TRABAJADORA

 Si la independencia de 1821 dejó el poder político y económico lejos de las grandes mayorías, 205 años después los trabajadores debemos plantearnos nuestra propia independencia: la independencia política de la clase trabajadora frente a quienes gobiernan y poseen la riqueza. No basta con cambiar presidentes, partidos o funcionarios si los trabajadores continuamos siendo llamados únicamente a producir, obedecer y esperar que otros decidan por nosotros.

Nuestra independencia comienza cuando somos capaces de organizarnos con nuestras propias fuerzas, formular nuestras propias demandas y luchar por ellas sin subordinarnos a los patronos, al gobierno de turno ni a los partidos de los ricos que administran el Estado.

Por eso necesitamos sindicatos democráticos, clasistas e independientes; organizaciones construidas desde los centros de trabajo que no cambien sus principios según quién ocupe Casa Presidencial, necesitamos nuestra propia organización política para definir nuestros destinos.

La independencia de clase significa algo sencillo pero profundamente transformador: que los trabajadores tengamos nuestra propia voz, nuestro propio programa y nuestras propias organizaciones.

Porque la emancipación de los trabajadores no vendrá desde arriba. La independencia política de nuestra clase comienza cuando dejamos de esperar que otros hablen y decidan por nosotros y comenzamos a organizarnos para convertirnos en una fuerza capaz de decidir nuestro propio destino.

LA SEGUNDA INDEPENDENCIA

 Hace 205 años se conquistó (decretó) la independencia política de España. Nuestra generación tiene pendiente otra tarea histórica. La segunda independencia. Una independencia económica, social y política. Independencia frente a toda subordinación imperialista. Independencia frente al poder económico que coloca las ganancias por encima de la vida. Una independencia que signifique libertad sindical, salarios dignos, reducción de la jornada laboral sin reducción salarial, pensiones suficientes, salud y educación públicas, trabajo digno y una economía puesta al servicio de las mayorías.

 Pero esa independencia no llegará como regalo desde Casa Presidencial. Tampoco será concedida por los empresarios. Será conquistada por los propios trabajadores. Por eso debemos volver a organizar desde abajo: en las fábricas, centros de trabajo, comunidades y entre la juventud. Reconstruir sindicatos democráticos, clasistas e independientes. Recuperar la solidaridad entre trabajadores. Superar el miedo y la resignación. Hay una extraordinaria ironía histórica en aquellas palabras escritas en 1821: “para prevenir las consecuencias, que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo.” Doscientos cinco años después debemos invertir aquella lógica. Si ayer algunos temían que el pueblo tomara la independencia en sus propias manos, hoy nuestra tarea consiste precisamente en que los trabajadores y el pueblo organizado tomen en sus manos la lucha por completar aquella independencia inconclusa.

 No necesitamos nuevos próceres que decidan desde arriba nuestro destino. Necesitamos trabajadores conscientes, organizados y movilizados. Porque la primera independencia fue proclamada en 1821. La segunda y verdadera independencia todavía está por conquistar. Y esa independencia no se espera, Se organiza, se moviliza y se lucha.

 *Luchador, Sindicalista en El Exilio y Columnista.

 

Ver el acta de independencia aquí:

 

https://ahgua.ufm.edu/agca/acta-de-independencia-de-centroamerica-15-de-septiembre-1821-001/

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