Página de inicio » Opiniones » Pensamiento crítico, familia, escuela y régimen político (I)

Pensamiento crítico, familia, escuela y régimen político (I)

Ricardo A. Hernández

Las afirmaciones siguientes: “Dios ha muerto”, “El motor de la historia es la lucha de clases”, “No se nace mujer se llega a serlo” y la revolución copernicana son parte de la historia del pensamiento crítico.

La revolución copernicana supuso un cambio radical en la ciencia. Con ello Copérnico rompió con la creencia que se tuvo durante varios siglos, desde Aristóteles, que la tierra era el centro del universo. Por su parte, Nietzsche, afirmó que “Dios ha muerto”, lo que significa que el ser humano ya no necesita refugiarse en la religión, en la idea de un Dios más allá del mundo físico; en suma, el filósofo cuestionó los valores de la cultura occidental.

Mientras tanto, Marx encontró en la lucha de clases la posibilidad de que la historia avance hacia el socialismo y se derrumbe la explotación capitalista.

Finalmente, Simone de Beauvoir afirmaba que “no se nace mujer se llega a serlo”; es decir que, lo femenino es en realidad, un conjunto de normas y comportamientos que la sociedad moldea desde la infancia. Varios escritos afirman que el pensamiento crítico surge en la antigua Grecia con Sócrates, quien estableció la idea de plantear preguntas que profundicen en el pensamiento, antes de aceptar ideas como dignas de crédito. No obstante, si hacemos uso de pensamiento crítico, no podemos dar por sentada esa tesis. Más bien, uno podría argumentar que en todas las culturas ha existido cierto ejercicio de pensamiento crítico y desde luego algún pensamiento dogmático, pasivo o irreflexivo. Es decir, en cualquier sociedad, siguiendo la definición de John Dewey, conviven el pensamiento crítico, entendido como un examen reflexivo ante cualquier creencia o supuesto, y su contrario el dogma, o sea creencias que se aceptan sin poner en duda. Millones de personas pueden ejercer el pensamiento crítico o el dogma en su vida cotidiana. Aunque la historia suele dar más importancia al pensamiento crítico de aquellos pensadores que han revolucionado la ciencia, que han transformado la manera de pensar de las masas, esos son los nombres que aparecen en los libros de historia. Le damos más importancia a aquellos individuos que están en los centros de pensamiento, en las universidades, en los centros de investigación, en las escuelas, ahí ponemos la etiqueta exclusiva “aquí se hace pensamiento crítico”.

Siguiendo la filosofía aristotélica, podemos afirmar que el pensamiento crítico es una potencia inherente a todos los seres humanos. Sin embargo, esta facultad se convertirá en acto solo cuando se ejercite. Para lograrlo, es vital que la niñez crezca en un entorno familiar que estimule sus dudas y su curiosidad, y que la escuela se transforme en un espacio académico diseñado para potenciar ese afán por cuestionar y contrastar. Para que los padres puedan estimular el pensamiento crítico, es necesario que dentro de la familia existan cierto capital cultural y tiempo para la interacción.

Si los padres no poseen mucho capital cultural, entendido como conocimientos técnicos, científicos, lecturas acumuladas, el entorno hogareño resultará muy limitado para desarrollar del pensamiento crítico de un niño.

Por otro lado, si los padres tampoco tienen tiempo para convivir con sus hijos; la falta de interacción dificultará este estímulo, aún cuando posean un alto nivel cultural. En el mundo contemporáneo, las redes ejercen una gran influencia sobre la niñez y la adolescencia. Pero, esa influencia puede fomentar una actitud pasiva, llevando a los menores a recibir los mensajes y asumirlos como verdades absolutas.

Ante ese escenario, los padres y los hermanos mayores surgen como figuras claves para ayudarles a cuestionar, analizar y reflexionar sobre la información recibida. Es casi seguro que si esa práctica se omite se estará construyendo un pensamiento dogmático desde el propio seno familiar.

En el seno familiar también pueden existir dogmas de fe; sin embargo, esto no tendría que ser un obstáculo para cultivar un pensamiento crítico, siempre y cuando se logre separar fe y ciencia. Así, es posible delimitar el dogma al ámbito de las creencias espirituales y potenciar una postura crítica frente a otros marcos de supuestos o verdades asumidas. Evidentemente, esto tampoco significa que no se pueda cuestionar la fe y de pronto ahí podría surgir un segundo Lutero.

La familia constituye el primer entorno de socialización; si está firmemente integrada, proporcionará a la niñez una base emocional e intelectual sólida para desarrollar el pensamiento crítico. Por el contrario, si en el hogar no se dispone de tiempo para conversar ni reflexionar en comunidad, este espacio primordial se habrá desaprovechado. Queda entonces un segundo espacio: la escuela. Sobre ese escenario hablaremos en el segundo artículo.

Ver también

EL SALVADOR EN LA RUTA DEL 2027: ELECCIONES SIN DEMOCRACIA Y EN DICTADURA

Compartir        Hugo Fajardo Cuéllar* Sociólogo y Abogado. Docente e investigador UES      Una vez más El …