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BENITO PÉREZ GALDÓS Y LA REAL ACADEMIA DE LA LENGUA

Eduardo Badía Serra,

Director de la Academia Salvadoreña de la Lengua

Ya casi finalizando el mes, todavía se conmemoran los cien años de la muerte de Benito Pérez Galdós, sucedida en Madrid el 7 de enero de 1920, aunque, hay que decirlo, la solemnidad y la altura con que estas conmemoraciones se han desarrollado no hacen justicia a la enorme figura de este gran pensador español, máximo representante del realismo y del naturalismo en la narrativa de ese país. Algo similar sucedió con su entierro, del que se dice que fue multitudinario pero frío, llevando incluso al mismísimo José Ortega y Gasset a lamentarse de que tan gran figura hubiera sido olvidada oficial, institucional y políticamente. También Unamuno expresó que al leer la obra de Galdós, “nos demos cuenta del bochorno que pesa sobre la España en que él ha muerto”. Galdós fue en su tiempo y en su momento, un controvertido representante de la intelectualidad española, a pesar de que incluso fue reconocido como el mayor novelista después de Cervantes. En su multifacética vida, siendo él un convencido republicano-socialista, fue incluso representante en las Cortes como miembro de las fuerzas políticas republicanas; pero se hartó de la política a tal grado de terminar calificándola como una solemne farsa.

Benito Pérez Galdós fue miembro de la Real Academia Española de la Lengua, a la que se incorporó el 7 de febrero de 1897, en un segundo intento, y a pesar de la oposición de los grupos conservadores españoles.  Esta odiséica incorporación tuvo matices y aristas increíbles. Su discurso fue contestado por don Marcelino Menéndez y  Pelayo, uno de sus grandes apoyos, junto a José María de Pereda, apoyo que reconoce y agradece en carta que envía a este último, diciéndole que “yo no sé como habré de pagarle el interés que por mí se toma y que no merezco, interés que le ha llevado y le llevará más todavía a pelearse con sus amigos”. Vemos, pues, cómo el ambiente intelectual de España, y de todos los países y en todos los tiempos, considero yo,  no ha dejado de ser, por decirlo de alguna manera, tórrido.  Galdós, en su discurso, se atrevió a señalar esta penosa condición de los intelectuales, aunque de manera muy sutil y sana, diciendo que “…el ingenio humano vive en todos los ambientes, y lo mismo da sus flores en sus pórticos alegres de flamante arquitectura, que en las tristes y desoladas ruinas”. Fueron, pues, esas dos grandes figuras literarias de la España de entonces,   Marcelino Menéndez y Pelayo y José María de Pereda, quienes hicieron posible, luego de un primer intento fallido en 1883, catorce años antes, que el gran novelista, su amigo de convivencia ideológica, aunque discordante en sus posiciones políticas y religiosas, fuera al fin aceptado como académico de la lengua española.

En el portal del sábado anterior, hablaba de los grandes escritores españoles y latinoamericanos que habían asombrado al mundo por su prolífica obra, y no sólo prolífica sino de una altísima calificación. Hablaba del Príncipe de los Ingenios, Félix Lope de Vega y Carpio; también del gran catalán, el Dante catalán, Ramon Llull; de Gabriel García Márquez, el colombiano de asombró al mundo con sus Cien años de soledad, con su Macondo triste y único, con sus tiendas de los turcos y sus plagas demoradas. Hay muchos otros que engrandecen la lengua española, con su riqueza de obra, con su profusidad, y que los ha vuelto clásicos de la literatura universal. Pérez Galdós debe ser considerado dentro de este grupo selecto. Su obra es enorme, y la influencia que esta tuvo sobre la sociedad de su tiempo la hace indeleble y clásica, porque se actualiza, se relee, y se identifica, a siglos de distancia, con nuestras mismas realidades. Quiero citar esta obra, sólo por sus nombres, y sólo para dar testimonio de la grandeza intelectual y literaria de este hombre que hace sólo unos días cumplió el primer siglo de fallecido, cosa que, como ya he dicho, a pesar de haberse recordado con mucha profusidad, no llegó a ponerse a la altura de la figura de ese gran hombre, como sucedió con su entierro mismo. Aquí su obra, no completa, y citada sin orden cronológico de aparición.

Ángel Guerra, 1891; La segunda casada; la familia de León Roch; La primera república; Marianela, una de sus obras más conocidas; Fortunata y Jacinta, igual que la anterior; Misericordia; Trafalgar; Tormento; Gerona; Doña Perfecta, también muy conocida; la sombra; Miau; La de los tristes destinos; Tristana; Bailén; Las novelas de Torquemada, (Torquemada en el purgatorio, Torquemada y San Pedro, Torquemada en la cruz); La Fontana de oro; La desheredada; El amigo manso; Realidad; La loca de la casa; Nazarín; Halma; y, por supuesto, los Episodios Nacionales, que es, con todo, su obra más reconocida, y en la que intenta un retrato de la España de su tiempo y de sus anteriores recientes.

Han pasado, pues, cien años, un siglo entero, desde la muerte de Benito Pérez Galdós, uno de los intelectuales más representativos de la España de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Todavía, insisto, se conmemora este hecho en su España natal, pero, de nuevo, sin la altura y la calidad que debiera merecer un novelista, un intelectual y un político de su talla. Miembro de la Academia Española de la Lengua, es uno de los más grandes novelistas españoles de todos los tiempos. No sin razón, se le ha reconocido como “el mayor novelista después de Cervantes”. Deberíamos, todos, nuestro sistema educativo, nuestras instituciones culturales, nuestras academias, retomar su obra y colocarla en el sitio que merece; pero sobre todo, leerla, estudiarla, gozarla, y aprender de cómo se realza un idioma cuando se expresa con tal calidad, como lo hizo él.

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