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Salta cuerdas

Rodrigo Barba,

Escritor

No tengo muchas cosas que ocultar. Un día decidí volverme transparente y así fue. Estaba en medio de un almuerzo de negocios (aunque no sé si se trataba de negocios o que simplemente tenía hambre y había que comer con ese posible inversor que no me convencía en sus intenciones ni en sus gestos demasiado calculados, las personas que calculan sus movimientos, por lo general, esconden intenciones oscuras) y la existencia era un bizcocho que podía comerme con deseos lanzados al aire. El inversor (cuyo nombre he olvidado por irrelevante, aunque no puedo dejar de tener presente en mi cabeza los modismos que empleaba al hablar y la manera sucia en que se picaba la nariz) me preguntó si yo estaba dispuesto a seguir directrices editoriales. Empecé a reír. Si a Edmund Husserl nadie le ponía pautas, ¿por qué un emisario de una compañía que fabrica dulces y chucherías me pondría a mí pautas? No estoy dispuesto a seguir ninguna directriz, le dije. Y el inversor me acusó de no ser transparente en mis intenciones. Reí con mayor fuerza mientras me atosigaba un trozo de costilla de ternera y mientras masticaba con la boca abierta y en medio de la vulgaridad de mis movimientos empecé a hacerme invisible con cada mordida, primero mis piernas desaparecieron, luego mi torso y finalmente mi cabeza. Tres mordidas me hicieron transparente. El inversor se levantó de su asiento asustado, la silla se cayó tras su movimiento acelerado y salió corriendo del restaurante donde nos encontrábamos. Yo, por mi parte, me ahorré pagar el almuerzo y partí del lugar sin ser visto por nadie, preguntándome por qué me había vuelto invisible. No es algo que me preocupe demasiado. He leído y publicado libros de Philip K. Dick y H.G. Wells. El motivo de mi invisibilidad podía ser justificado desde la literatura fantástica como un hecho sobrenatural que rebasa el entendimiento y, por tanto, pensar lo que es impensable significa negarlo en su imposibilidad y a mí no me interesa demasiado deconstruir el sentido de las paradojas, puedo habitarlas sin convertirme en un nudo de cuestionamientos y preguntas irresolutas. Era invisible, eso es lo que interesa. Nadie podía verme. Ni yo mismo podía ver lo que era o en lo que me había convertido. Así es que me moví por la ciudad del smog y la desgracia buscando a otros invisibles como yo y así fue como me encontré con otra criatura invisible que me narró que una embajadora había padecido un derrame cerebral en Bolivia. También conocí a un ser que decía ser Dios. Las voces de los invisibles se escuchan cuando perdés tus privilegios visuales de ser distinguido por los ojos de los transeúntes. De pronto todo se vuelve silencio y al instante miles de voces emergen y cuentan sus penas y pesares, anticipan el futuro en profecías dichas en lenguas muertas o desconocidas o pescadas en el aire apestoso de esta ciudad que surca un río contaminado y caudaloso. La invisibilidad era una condición. Eso lo comprendí después de hablar con un invisible que decía ser Manuel José Arce, el primer presidente de esta región maltrecha y pisoteada. Quizá Manuel José Arce fue el primer pisoteador de nuestra honra, quién sabe, pero el invisible que decía ser Manuel José Arce me contó un secreto acerca del republicanismo, los masones y los poetas, dijo que si los poetas fueran menos ambiciosos, dejarían de ser un estorbo para los políticos. Uno elije ser invisible, dijo Manuel José Arce, y una vez se toma esa decisión, uno debe asimilar la condición de transparencia. Que los otros te vean y no te vean es uno de los más grandes privilegios que alguien puede experimentar. También conocí a la forma invisible de Manuel Enrique Araujo, el presidente que asesinaron a principios del siglo pasado. Poca información exhaló su voz carrasposa y triste, solo recuerdo haber escuchado su nombre, un suspiro y la siguiente sentencia: la vida es un subterfugio donde es posible esconderse de la muerte durante un tiempo limitado. Mi condición de invisibilidad empezó a agobiarme después del encuentro con Manuel Enrique Araujo. No sé por qué, pero empecé a decirle que era editor y que necesitaba financiamiento para poder publicar a unos poetas que me parecía eran los que la época necesitaba para prenderle fuego al statu quo. Manuel Enrique Araujo guardó silencio y luego no sé qué se hizo, no sé si siguió conmigo en silencio o si desapareció, lo cierto es que moví mi cuerpo en dirección del viento que empujaba hacia el norte y en medio de la desesperación existencial de no saber qué pasaba ni por qué vi que unas niñas jugaban en un parque a saltar cuerdas. Me acerqué a ellas con sigilo innecesario (ya era invisible) y le arrebaté a la niña más contenta su salta cuerdas, se lo arrebaté de las manos y se espantó, profirió un grito y lanzó la alerta a su amiguita o a su hermanita, no sé qué vinculación tenían entre ellas, exclamó que un fantasma estaba usando su salta cuerdas y yo no era un fantasma, seguía vivo, pero era invisible y daba brinquitos en ese salta cuerdas y lo que los padres de las niñas y demás personas en el parque y en la calle y en los ventanales de los edificios cercanos veía era un salta cuerdas que giraba con la potencia invisible del éter, con la insondable fuerza del vacío y la invisibilidad de mi yo que sin motivo aparente, había empezado a ser transparente y, en esa transparencia, mi vida era un portal, mis días: la gloria inacabada del silencio.

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