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APOTEOSIS DEL AMOR  (No.2 y último)

Raymond Andrea, thumb F.R.C.
De “The Rosiacrucian Digest”, diciembre de 1929
Pérdida por ganancia infinita

El amanecer del amor espiritual marca una revolución en la vida del hombre. Mirando hacia atrás en el sendero que ha pisado, lleno de acontecimientos, él examina el cambio obrado en su constitución con tranquilidad y quieta alegría; más aún, con humillación. Él ha perdido mucho, pero la ganancia es infinita.

Su corazón de niño no conoce el miedo. Él ha pasado, aunque sólo sea por un intervalo dentro de los recintos sagrados de la paz inefable y experimentado el verdadero descanso del alma, inofensivo y carente de toda ofensa, recibe el poder de leer los corazones de otros y ministrar a ellos. Para él, ésta es la única vida verdadera y no desea otra. Su única oración es que el hombre viejo sea completamente trascendido y olvidado, con todo su orgullo consciente, sus ambiciones febriles e inquietos antagonismos, y que la voluntad del amor se realice en y por medio de él. ¿Qué hay en el mundo que pueda compararse con esta santificante resurrección? Con qué frecuencia se confunde, mal interpreta y toma por debilidad, cuando sólo es fortaleza. Verdaderamente se ha dicho que el poder del discípulo aparece como nada a los ojos de los hombres.

Cuando la apoteosis es alcanzada, la compasión del Maestro deja de ser más que un nombre en la lengua del aspirante; él sabe que es como una fuerza viva accionando su propia personalidad. Él se libera automáticamente de muchas leyes que hasta ahora circunscribían su vida, pero llegando a reconocer una, la ley del sacrificio. ÉL SE DA A SI MISMO. Esta afirmación parece bastante simple, pero significa nada menos que el nacimiento de Cristo en un hombre. ¿Cuán pocas veces nos encontramos, incluso entre los estudiantes de ocultismo, con la divina, activa cualidad de la verdadera humildad? Sin embargo, ningún hombre puede convertirse  en un verdadero salvador de los hombres sin ella, y un verdadero aspirante debe concebirla como la meta más alta de su aspiración. Piense en lo que significa para la gran cantidad de amas que abarca la Tierra, rápidamente atadas por los lazos de las múltiples limitaciones del amor, con todas sus consiguientes fluctuaciones de pasiones tumultuosas, sus desconcertantes complicaciones psíquica y el hambre eterna de sus corazones sangrantes continuamente rotos; piense en lo que significa cuando el aspirante, con la luz de la apoteosis en su frente y su profunda paz en su corazón, mirando a través del mar de la vida humana y, recogiendo el dolor y el caos en su propio regazo ardiente, ¡dedica su alma al servicio del hombre! Ese amor tiene un poder celestial. Es la única clave para el alma humana. Está investido de un magnetismo divino que nada  en la vida personal puede resistir.

La Pasión de DARSE A SI MISMO

A medida que el aspirante se desarrolla en el conocimiento espiritual, ajustes más precisos a la verdad y hacia sus semejantes se hacen cada vez más necesarios, y las responsabilidades de largo alcance recaen sobre él. Su única pasión es DARSE A SI MISMO, aunque ello signifique ganancia o pérdida. La apoteosis alcanzada, su único e inestimable privilegio es el de derramar su gloria continuamente a su rededor. Se  vuelve maravillosamente potente y cumple su propósito sin obstáculos de innumerables maneras en la vida común de los hombres. No hay ningún anuncio ostentoso de su influencia benigna. Pasa en silencio en el corazón humano como fuerza, calma y elevada aspiración. Es una atmósfera de oración, y donde descansa un dulce resignación que posee el alma y el peso de la vida es misteriosamente iluminado.

En los Maestros de la vida el gran proceso alquímico de la transmutación es visto en su perfección. Cuán familiar suena en nuestros oídos la alabanza eterna de la compasión de Buda y de Cristo. Tenemos la tendencia a pensar que los ejemplos de bienaventuranza divina son por alguna razón incompatibles con nuestro tiempo. Esto es un error. No todas las almas gloriosas están ante el mundo como maestros de los hombres.  Están con nosotros aquellos que efectúan este tipo de obras santas en la plenitud de la apoteosis que asombraría la credibilidad de los no iniciados.

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