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ANTES QUE TE DIGAN OTRA COSA. TESTIMONIO SOBRE LA VIDA DE EDGAR MAURICIO VALLEJO MARROQUÍN -SEGUNDA ENTREGA –

Por Mauricio Vallejo Márquez

El poeta, narrador y cantautor

Salivitas de Cipotes fue el primer cuento escrito por mi papá que leí, gracias a una copia que tenía mi tía Alba Márquez. La leí tres o cuatro veces, después se la regresé. Me encantaba como trataba los temas, tenía tanta esperanza en la humanidad, creía que las personas podían cambiar y ser buenos.

Existe mucha profundidad en lo que escribe, así como compromiso. Elaboraba hasta tres borradores de las cartas que enviaba, justo como hacía con sus cuentos. Era un escritor que se exigía mucho.

No sé a qué edad comenzó a escribir Mauricio Vallejo. Las primeras publicaciones que he podido encontrar en periódicos son a partir de 1976, cuando estaba a punto de terminar el período presidencial del Coronel Arturo Armando Molina (1972-1977), el que intervino la Universidad de El Salvador (UES). Pero entre 1973 y 1975 que estudió su bachillerato Académico lo hacía. En ese tiempo le presentaba sus escritos a mi abuela Josefina, que es profesora normalista de la materia de castellano o Letras.

“Nadie corrige a los poetas, ellos mismos se corrigen”, me dijo mi abuela

cuando le pregunté si lo corregía. Ella cuenta que llegó a quererlo como a un hijo.

En ese período conoció a mi mamá en una fiesta de quince años, desde entonces sus vidas quedaron atadas, a pesar de que mi mamá se fue a estudiar a  Sadbury, Massachusetts, Estados Unidos. Cuando regresó se vieron de nuevo.

Junto al escritor y diseñador gráfico Roberto Palencia realizaron tres entregas de una revista a la que denominaron Zemat, que significaba Cenzontle en el Maquilishuat. Una de las portadas de los tres números que publicaron era un dibujo de la planta del pie de mi tío Tony. Ambos tenían aficiones comunes: escribir y jugar ajedrez. Se reunían a diario en el Parque Cuscatlán para diseñar y editar la revista. Roberto sigue fiel a la petición que le hizo mi papá la última vez que lo vio: “Anda ver al cipote, estate atento”. Me ha motivado a elaborar muchos

esfuerzos, entre ellos escribir la historia de mi padre.

También laboró como parte del equipo coordinador de la Pájara Pinta, junto con José Roberto Cea, Julio Artiga, Atilio Silva, Luis Galdámez y Santiago Castellanos h. Gracias a la gentileza de Palencia conservo entre mis archivos el ejemplar # 1 de la Segunda época publicado en mayo de 1979, en la que aparece su cuento La Palazón.

Fue un escritor conocido entre 1976 y 1981, La Prensa Gráfica le publicaba sus cuentos casi cada domingo en la sección Arte y letras a cargo de ALDEF.

Donde le pagaban por la colaboración que enviaba:

“Fui a cobrar a la Prensa, invité a Julio y después al Pichón. Estudié Cachudo”, escribió en su agenda el dos de septiembre de 1977 en clara alusión a que recibía dinero por sus escritos.

Y para el exterior su trabajo fue publicado en la Prensa literaria centroamericana que era editada en Nicaragua para toda Centroamérica, lo atestiguan dos cartas que fueron enviadas desde Nicaragua que contenía dinero en concepto de pago por cada una de esas publicaciones. Una del 30 de marzo de

1978 por el cuento La mujer del río que fue publicada el sábado 18 de marzo de 1978, otra del nueve de mayo de 1978 por el cuento Cuando abrió la garganta escupió fuego que apareció el sábado 29 de abril de 1978. Ambas firmadas por Luis Rocha, escritor nicaragüense.

“Escribí la mujer del río. Toda la mañana pasé escribiendo”, apuntó en su agenda el 6 de octubre de 1977.

Me sorprende que a pesar de lo caótico del tiempo en que vivió, su obra esté ordenada. Incluso dejó diagramado en un folder como estipulaba los conjuntos principales de sus escritos. Organizó cinco de sus libros con índice y llevaba un control de sus actividades en cuadernos y agendas.

En su agenda de 1977 veía que mencionaba mucho a un Pichón. Para esos años de mi niñez no sabía quién era: “El Pichón me pasó Escenas cumbres y unos ejemplares de la prensa literaria C.A.” escribe el dos de junio de ese año. También habla de la socialización que hacía con él: “Me puse una buena. El Pichón se integró. Fuimos a la Galería Nacional, me hice niño”, escribe el 21 de septiembre

de 1977. Lo menciona en dos ocasiones más en esa agenda.

Así que ese amigo El Pichón es el poeta José Roberto Cea, miembro de la Generación comprometida, a quien ayudó en algunas de sus obras, por ejemplo en Los Herederos de Farabundo como Cea afirma, en este poema existen personajes como la Rosita de Perulapán, facilitado por mi papá, quien trabajó con la familia de mi bisabuela materna Julia Motto. Cea le tenía mucho cariño a mi progenitor y con los años me fue revelando fragmentos de su historia y me obsequió una de las diez Pancartas que editó mi papá junto a Toño, Gustavo, Susana y Rigoberto, # 1 de enero-febrero de 1980. En esta aparece su cuento Cuando el tecolote canta.

El poeta Alfonso Velis Tobar cuenta que se veían a diario en el Círculo estudiantil. Ahí Alfonso era maestro de judo y mi papá pasaba un tiempo de recreo en la piscina mientras lo esperaba. A mi papá le gustaba mucho caminar, así que después se iban caminando para conversar. En esa época compartieron mucho tiempo sobre literatura y política, y se reunían con Alfonso Hernández (19481988), otro poeta que caería en combate antes de los Acuerdos de Paz.

Durante 1980 se conoció la novela Balta, escrita por mi padre, gracias a fotocopias de una impresión de mimeógrafo. Se cuenta una leyenda sobre ella, que fue publicada en Costa Rica y que toda la edición fue quemada. Pero no tengo pruebas de ello.

En 1996 cursaba primer año de bachillerato. En la clase de Lenguaje y literatura el profesor Joaquín nos presentó un libro de Melitón Barba, donde su hijo, Jaime Barba, escribió algo sobre la narrativa salvadoreña en la que menciona a mi papá. Me tragué las lágrimas ese día, pero me sentí tan orgulloso y feliz de que alguien lo recordara.

En 1999 conocí al escritor Rafael Menjívar Ochoa (1959-2011), cuando él regresó de México. Sentí mucha simpatía por él, porque fue de los primeros que procuraban darle a mi papá su lugar en la literatura nacional.

“Varios escritores murieron también a manos de las fuerzas contrarias a la guerrilla. Uno de los más talentosos fue Mauricio Vallejo, desaparecido en 1981. A los 21 años, autor de la novela “Balta”, llena de propuestas interesantes. El libro fue conocido en fotocopias por pocas personas, y hasta la fecha sigue inédito, por lo que Vallejo no ocupa el lugar que debería dentro de la literatura nacional”, escribió Menjívar Ochoa en la revista Vértice de El Diario de hoy.

La mayoría de sus coetáneos lo recuerdan como narrador. Y razón tienen, porque la obra que más publicaba y trabajaba era el cuento y el relato. En uno de sus ensayos, el poeta Alfonso Velis Tobar afirma que Vallejo: “utiliza, un estilo de jerga costumbrista, del habla salvadoreña, de ambiente rural, lenguaje urbano, de contenido político. Y las estampas que describe tienen huellas de un realismo social o realismo crítico al mismo tiempo”.

Mi papá admiraba a Salarrué (1899-1975), con quien habló cuando comenzaba a escribir. También le gustaba mucho TP Mechín (1873-1944), de quién escribió algunos artículos y estudios que se encuentran inéditos y en mi poder, con quien podríamos tener lazos familiares puesto que su nombre era José

María Peralta Lagos, y nosotros deberíamos tener el apellido Lagos en lugar de Vallejo, porque el papá de mi abuelo fue Neftalí Lagos.

Mi papá no sólo utilizaba elementos de la campiña, también retrataba la urbe y la gente de su época. Existe un cuento de él donde los protagonistas son un par de chancletas. Además su trabajo posee mucha ternura y honestidad.

Claro que Mauricio Vallejo se divertía y tenía sus defectos: era un ser humano. Estaba comprometido con su trabajo literario e invertía muchas horas en leer y escribir sin descuidar sus estudios. Porque también fue buen estudiante.

“Nunca lo vi aferrarse al ron, ni flotar en la nube tibia de la mariguana. Tampoco dejarse ir en blanda discusión de superficies. Era muy serio para sus pocos añitos. Demasiado noble para el pleito entre jaurías. Entre nosotros era el lector más voraz; el mejor dotado para contar las penas de los humildes; el más transparente a la hora de tomar partido. Por eso lo mataron”, publicó  el escritor

Geovani Galeas (1959) en el Suplemento Cultural Tres mil de Diario Co Latino el sábado siete de julio de 2001. Geovani junto a su hermano Marvin me demostraron el cariño que sentían por mi papá.

Sin embargo, además de su desaparición física su obra fue silenciada de los círculos literarios. Salvo el libro Visiones del sector Cultural en Centroamérica donde Ricardo Lindo lo recuerda y lo cita en las páginas 191 y 192 publicado en 1999 por la Cooperación Española.

Entre las obras de mi padre podemos mencionar en poesía: La Fantasía como Juego en el vidente, Cosita Linda que sos, Oraciones bordadas desde mi templo, Volcancito llorón de plumas. En cuento: Chalatenango nariz de mango, Pin Pirulino, Siete cuentos y un pecado, los pasos del jaguar, Cristo cabeza abajo, En la sangre navega el pez y A Lilo Cabrero lo vieron tristón. En novela: Balta y Cada día nace el capitán. En ensayo: Rumbo a la identidad narrativa. Además de otros escritos sueltos. También elaboró entremeses para teatro y realizó el guión de la obra Un solo golpe al caite, en la que la parte de danza fue coordinada por Godofredo Carranza. Aquella obra comenzaba así: “Habían florecido dos veces los almendros…” y tenía el coro: “Un solo golpe al caite, un solo golpe al caite…”, porque así les decían a los campesinos que marchaban cuando venían a las protestas de San Salvador. Todavía no he podido encontrar la pieza completa.

Mauricio Vallejo pertenece a la generación que denominé Generación Olvidada, porque son escritores de El Salvador de mediados de la década de 1970 que sirvieron de iniciadores a la guerra civil y no eran mencionados en los planes de educación. En esta generación también se encuentran Jaime Suárez Quemaín (1949-1980), Lil Milagro Ramírez (1945-1979), Alfonso Hernández

(1948-1988), Rigoberto Góngora (1953-1981), Nelson Brizuela (1955-1990) y Delfy Góchez (1958-1979). La gran mayoría fueron asesinados durante las tres juntas revolucionarias de gobierno (1979-1980, 1980 y 1980-1982). Esta generación es un eslabón desconocido de nuestras letras.

A Quemaín lo conoció mi papá gracias a mi papá Tony, ya que eran amigos y compañeros de trabajo en el Ministerio de Salud. Jaime tuvo una buena relación con mi papá, lograron congeniar y gracias a ello tenemos algunos trabajos manuscritos de su autoría y un ejemplar de Un disparo colectivo que se editó póstumamente tras la muerte de Quemaín acontecida el 11 de julio de 1980. Rigoberto Góngora fue otro de sus amigos con el que estuvieron juntos en varios proyectos y también fue protegido en casa de mis abuelos maternos antes de irse a la montaña donde formó parte de las FPL. El día que se marchó les dejó una carta con un poema escrito por él dedicado a mis abuelos.

En la casa de mi papá siempre hubo libros, mis abuelos les inculcaron el hábito de la lectura a sus hijos. Cuando lo desaparecieron mi papá tenía 23 años y me sorprende ver cuántos libros leyó, muchos de los que poseo en mi biblioteca tienen sus anotaciones en las márgenes. Leyendo aprendió el oficio de la literatura y ahondó en temas de filosofía, sociología y psicología, y a jugar Ajedrez.

“Cantaba desafinado, pero cantaba colgado a la guitarra y entre cerrando los ojos. Era alto y flaco. Se dejaba querer muy fácilmente. Las chicas lo veían guapo”, escribió Giovani Galeas en 2001 en el Suplemento Cultural Tres mil.

Así compuso canciones junto a su amigo José Antonio Girón en Tonacatepeque, canciones como El mero gallo y Micaela. Cantaban  innumerables veces el Telar poblano, la musicalización de un poema de Ricardo Castrorrivas.

También cantaba junto a su colectivo, canciones como: Hombre de maíz, El Salvador será libre, Los quisieron destruir y muchas más.

Cuentan que me cantaba. Y en el casete que mi mamá conserva lo escuchó tocando la guitarra para que yo bailara, y decía “heeeeelo” junto a su risa y mis carcajadas de bebé al fondo. Cantaba la musicalización de Regalo para un niño de Oswaldo Escobar Velado (1919-1961), y no me es difícil imaginar toda su dulzura cuando mi abuela cuenta que me llevaba al baño mientras yo lloraba para encender la regadera y decirme que mirará como brotaba la lluvia.

 

Continuará el próximo sábado

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