LA VENTANA
(OBRA INÉDITA, SIN FECHA)
SALARRUÉ
Rafael Lara-Martínez
Professor Emeritus, New Mexico Tech
Desde Comala siempre…
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desconcertante. Dios ponía la realidad. Yo ponía la fantasía. Dios —para volver a la figura palpitante— prefería meter por las puertas a los personajes a quienes yo me obstinaba a en sacar por las ventanas.
¡Por favor, entendámonos! (acento y signos a mano) No es que yo creyera que Dios me prestaba servicios de mero secretario a peón de la labor, ni que fuera un poder inferior al mío, por lo que se deduce, sino que confirmaba mi calidad de dios congénere o por lo menos mi identidad con él. Como cre/ación suya, como personaje xxxx de él, yo sólo hubiera pedido inventar personajes de una segunda categoría, comparsas y maniquíes charlatanes; pero como yo estaba me había, algo así emancipado de su dominio, me había tornado en un émulo y creaba mis personajes poniendo en ellos el mismo soplo de grandeza que él había puesto pusiera en sí al hacerme un personaje central, xx como ya insinué. Mis personajes, ventajosamente desmaterializados, sobre ser posiblemente inmortales en su mundo de conceptos, eran además novedosos y rebeldes, a tal grado, que yo xxxx reconocía en ellos, para conmigo, la actitud que yo mismo tomara para con mi creador. Siendo un leve producto de mis elucubraciones literarias, llegaban en un momento a cobrar una vida que nunca pudo estar en mí, espantándome con sus ideas y proyectos, actitudes y tendencias, al grado de hacerme muchas veces temblar al hacerme concederles una personalidad tan positiva como la mía, no obstante a pesar de ser mi obra. El poder de destruirlos por despecho, me quedaba, sin / embargo; pero ello no podía hacerse sin faltar a la justicia, base del poder divino, que les autorizaba a tener la vida propia de ellos, a desarrollarla independientemente y aún a crear vidas nuevas. Acaso Dios mismo destruía por despecho la vida de algunos hombres, truncando injustamente un desarrollo que podría haberles capacitado para tener un xx curul en el Olimpo. (fin de la página 14)
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Distribución Un Planeta
Sí, ya era un archivo de almas. ¿Quién las había puesto en mí? ….. Ellas vivían en sí como en un planeta misterioso. Yo era un planeta. He ahí otra de las cosas milagro tremendas que yo descubría: yo era un planeta habitado, y habitado por seres que no se diferenciaban de los terrestres sino de la parte corpórea, siendo mis habitantes infinitamente más sutiles, más ligeros, más etéreos, pero sobre todo más individuales, distinguiéndose unos de otros con líneas inconfundibles.
En tal virtud, llegué a considerar en cada individuo un planeta distinto. Todos xx éramos planetas; algunos habitados, otros en formación, otros desiertos o moribundos. El sistema planetario humano era inmenso. Se había logrado entre algunos la comunicación, estableciéndose viajes constantes, xxxxxx. hasta mí llegaron en vuelo heróico (heroico) un Quijote, un Hamblet, un Ulises, un Sancho… Los míos ensayaron y ensayan arduas travesías.
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Encarnación
Hay muchos modos de ver las cosas. ¡Claro! Por de pronto, quiero suponer que soy un meticuloso archivero de almas desconocidas. Grandes estanterías, nutridas de pequeños compartimentos se alzan xxx en tono mío guardando en esos pequeños alvéolos rotátiles, almas de seres que esperan acaso con ansia ver la luz del mundo. Mi mano, a capricho, puede abrir una casilla y libertar a un prisionero. El encanto de este oficio es inenarrable. Cada gaveta es una sorpresa. Cada personaje deleita mis cinco sentidos y puesto sobre la mesa vivo su vida estupenda sin parecer enterarse de mi presencia, de que le observo y estudio a voluntad con la tolerancia de un padre y de que ninguna de sus palabras o actos pueda escapar a mi poder omnímodo de Creador. (fin de la página 15)
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Ahora, ¿quién puede asegurarme que un día / cualquiera xxxxxxx no me encontraré por ahí al destapar uno de tantos recipientes, con el Redentor de la Humanidad o con el mismo Diablo?… Mi torpe mano, tanteando al acaso, puede muy bien dar de / repente con xxxx la extraviada casilla que guarda el propio Yo: el resumen grandioso de todo aquel contenido. Yo: todos nosotros en uno, incorporados, unificados en la verdad, frente a frente al mal divino Dios-Demonio, señor del Universo, de igual a igual plantados ante él aunque sea frente al límpido espejo de la Verdad.
Alguna vez intenté corporizar mis personajes valiéndome del teatro. Muchos de ellos clamaban insistentemente por la encarnación y de esa manera traté de complacerles; mas ellos regresaron transidos y maldicientes a causa del completo fracaso. Los actores que probaron a darles vida no hacía otra cosa que / xxxxx emitir mis ideas y realizar actitudes ajenas en absoluto a los temperamentos de mis personajes (como en las obras de Luis Pirandello). Para darles vida, a estos seres se precisaban cuerpos vivos pero sin alma. Y yo no podía agarrar a un actor y extraerle el alma como un corcho, para tal fin. Forzosamente hubieron de seguir viviendo en un mundo inmaterial, en aquel mundo blanco de los libros, multiplicado por las prensas, como en un ciclo de espejos. Así xxxx pues, mis personajes se dividían en tres categorías dentro del tiempo: personajes increados o archivados, personajes creados inéditos y personajes editados.
Antes de hablar de aquél que motivó este libro —y como ya dije— porque es para mí una entretención encantadora, hablaré de algunos personajes xxxxxx cogidos al txxto acaso para matar el tiempo, ya que no nos urge salir de estos campos espectaculares, pues como buen/os pescadores mo tenemos prisa ninguna. (fin de la página 16)
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Impotencia
Había en mi almario personajes tan encantadores que llegué a sufrir enormemente por la impotencia de darles un cuerpo humano para tenerles a mi lado ye deleitarme con sus (su) conversación, con sus actos y proyectos. Podría comparar aquel estado de insatisfacción con la leyenda que asegura para los muertos x una vida igual a la que dejan x entre sus parientes y amigos, pero sin ser oído ni visto por ellos. ¿Serían todos estos seres mis verdaderos parientes? ¿Estaría yo muerto en el mundo de ello? yo necesitaba tener algunos de mis personajes en mi casa, conversar (z tachada) con ellos, convivir familiarmente, escucharlos en su voz, palparlos en su carne, pero sobre todo hacer que ellos me vieran. Qué no hubiera dado yo por tener a mi lado a Yandé la encantadora danzante de rubios cabellos y ojos verdes; al viejo y sabio Juan Draco de barbas bronceadas y ojos prietos negros; a Geraldina, la zagala descalza enamorada de Jorge, el montañés artista. Al jubiloso Nicolás Tartufari, quien tocaba maravillosamente el acordeón y que había venido a América por el amor a una casita de campo para su mama (mamá). ¿Por qué no entregarme una noche entera a las delicias de Leilán, la fogosa cantante? ¿Por qué no escuchar embelesado todo un día, el milagroso pianista Martel, delgado y blondo, ya casi ciego de tanto entornar los ojos en el éxtasis? ¿Por qué no poder arrojarme trémulo a los pies del divino Otairk de Terezán, blanco, x sereno / y luminoso como un picacho nevado? También me hubiera deleitado la compañía del gran poeta Oraldo Bott, quien con cuatro frases sencillas derretía la vulgaridad más cruda. (¿ corregidos a mano, igual de múltiples letras)
Mas nada podía yo hacer para dar cuerpo a estos seres que allí estaban constantemente a mi lado y que eran mi obra y mi asombro. (fin de la página 17)
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Dualidad
En algunos momentos llegué a creer que yo también era obra mía. Esta idea me torturó durante muchas noches consecutivas. Yo era muy incompleto, lo reconocía, me faltaban y me sobraban partes como a todos aquellos seres que yo creaba: era inarmónico, imperfecto.
Poco a poco me había ido haciendo a la idea de dos mundos: un mundo real y otro más o menos xxxx irreal. Aunque no podía decir cual (cuál) de los dos era irreal. Desgraciadamente, la lógica (letra c a mano) me inclinó poco a poco a creer que el más real de los mundos era el mundo de mis personajes. Estaba colocado entre los dos, de una manera un tanto incómoda, quizás inmerecida. Me hallaba como el que cae en un banco de arena movediza.
Este descubrimiento de la dualidad del mundo, que pudo haber alegrado a cualquier ambicioso, a mí me ponía el corazón brinquisco como un pececillo en la arena. Era casi seguro que xx había caído accidentalmente (x =cc) dentro de un cuerpo humano puesto al descuido. la cosa tenía poca o nada de gracia.
Estaba allí, aún sin reponerme del susto. Debió ser una imprudencia temeraria o algo análogo; sólo sé que cuando volví en mí, estaba cogido.
Pero, ¿qué era yo? No era / únicamente un hombre, puesto que un hombre es un yo enfundado en un cuerpo. Entonces, yo era un yo. ¿Pero qué era un yo? ….. ¿En qué parte de mi cuerpo estaba éste yo trabado? Parecíame que en la cabeza; no obstante hubo veces que me reconocí en el corazón. Alguan/na otra vez, a causa de un dolor agudo me trasladé al pie o al estómago. Andaba por ahí escurrido sin saber a ciencia cierta…. Pero, donde con más frecuencia me advertía era en la cabeza; no porque padeciera de jaqueca, sino porque mi vida de reflexiones merecía fraguarse en el cerebro. (fin de la página 18, escrita en tinta roja la mayoría del párrafo final)
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Por una pate (parte), yo comprendía que el mundo objetivo era un mundo de imágenes forjadas por mis sentidos al entrar en contacto con ciertas vibraciones; mas, al mismo tiempo estas vibraciones era (eran) producidas por mi conciencia y no por los objetos externos, que eran un efecto y no una causa. ¿Por qué? No sé decirlo. Sentía que todo estaba en mí y que por consiguiente vivía en un mundo que por una parte estaba dentro y por la otra fuera de mí. La percepción sensoria me daba la ilusión de un mundo externo, siendo que todas las cosas, mi propio cuerpo inclusive, estaban dentro de mí. Una vez más me encontraba con un descubrimiento volcánico: yo era un hombre que estaba dentro de mí / mismo (subrayado en rojo). Bien hubiera podido decir que era un hombre vuelto al revés como un calcetín.

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