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Ingleses en Centro América IX

Caralvá

Intimissimun

Suplicios ingles en Nicaragua

Gaceta de El Salvador en la República de Centro-América

San Salvador mayo 31 de 1850

Copia – Subprefectura de este distrito – Managua, abril trece de mil ochocientos cincuenta – Complace con la orden suprema dictada en este día. Eleodoro Rivas. Luciano Gutiérrez – Onofre Gomes – En la misma fecha, hice venir a mi oficina al Sr. Raimundo Selva, y ante testigo de asistencia le recibí juramento en forma legal, ofreciendo él decir verdad en cuanto sepa y se le pregunte, y siendo interrogado sobre los procedimientos que los agentes y súbditos británicos practicaron en su persona y demás súbditos nicaragüenses, en el puerto de San Juan, dijo: que habiendo llegado el 25 de marzo al puerto de San Juan, con dirección a los Estados Unidos del Norte, procuró andar lo mas violento que pudiese sus asuntos en aquel puerto, para no tener demora a la llegada del vapor, en que pensaba hacer su viaje; y que siendo uno de sus negocios el cobro de una deuda, perteneciente a su primo D. Florentin Sousa, de quien tenía poder judicial para cobrar del deudor, que lo era el vizconde de Barruel Bombert, se dirigió a la casa de éste a haber efecto el cobro; y como el expresado Barruel le recibiera con insultos, en lugar del pago, se presentó ante la autoridad del puerto, el Sr. comandante Dele, pidiendo se hiciese efectivo el pago de aquella cantidad: que Dele le contestó ser necesario llamar al cónsul Green, por no poder conocer él solo de aquellos asuntos; que en efecto llegó éste, a quien le presentó los documentos, que justificaban la legalidad  de la deuda; que reconvenido Barruel por Green, dijo haberla ya pagado, poniendo por testigo al Sr. Beschor, quien llegó inmediatamente, y después de haber hablado algunas palabras en idioma inglés, se le quitaron los documentos, se pusieron a disposición d Barruel, y se le dijo por el comandante Dele, que el cónsul absolvía a Burruel en aquel asunto, por que el Sr. Beschor había declarado ser efectivo el pago de aquella deuda; que con este motivo se retiró el exponente, y contó a varias personas del puerto aquel escandaloso modo de administrar justicia, que como a las seis y media de la tarde, fue en compañía de su cunado D. Trinidad Salazar, y de su hermana Lorenza Selva a casa del Sr. capitán Zapata a hacer una visita, en donde permanecieron como hasta las siete y media; que regresó para su posada con los antes dichos, de quienes tuvo que separarse para pasar a casa del Sr. Panfilo Marenco a asuntos particulares; que ahí encontró una reunión, compuesta como de cinco marineros, que se divertían en tocar una guitarrilla que estos se le acercaron al exponente a pedirle un real para cuerdas que no tenían, diciéndole, que querían pasear aquella noche, que al efecto se les dio; y que cuando iban dos de estos a comprar las cuerdas, se apareció un hombre negro, reconviniéndolos, obligándolos a irse a embarcar que el declara le dijo al negro; que con qué derecho quería evitar que aquellos hombres se divirtieran, aconsejando al mismo tiempo a los marinero, que si insistía el negro en sus reconvenciones, le patearan; que esto fue bastante para que el negro corriera, y se apareciera a los poco minutos el comandante Dele a la cabeza de cinco policías, que llevaban por distintivo un gorra con una R de plomo al frente, cosa que no llevaba el negro de que antes ha hablado; que, a la vista de éstos, los tres marineros que quedaban con el que declarante echaron a correr, sin que nadie los persiguiera, y que el exponente se quedó en el mismo sitio sin moverse; que entonces Dele acercándose a él hablo en idioma ingles a los policías, quienes inmediatamente le agarraron de las manos y del cuello, llegándole casi en peso hasta el cuartel, en donde le remacharon esposas y le ataron a un poste; que como al cuarto de hora se aparecieron los policías corriendo hasta el cuartel; que se estuvieron alistando unas armas como otro cuarto de hora, saliendo después en unión del Sr. Beschor, bajo cuyas órdenes cree el que habla marchaban; que a la media hora oyó hacia la playa de la bahía una gran bulla de marineros, llegándose al cuartel, originado tal vez de esta bulla, el encargado de negocios de S.M.B. Federico Chatfield, el Sr. N. Pavon, el Barruel, el Sr. Samuel Zapata y el cónsul Green; que, como conociera  el  que habla entre ellos al Sr. Chatfield, le suplicó evitara o suavizara aquellas tropelías, teniendo por contestación, que le arrancara de la boca el puro que fumaba, de la manera más grosera, y le pegara un cinchazo en la cara, del que no pudo evitarse el que habla por hallarse atado a la manera que antes ha referido; que a la media hora había calmado completamente la bulla, llegando al cuartel el Sr. Beschor y dos de aquellos con quienes había salido; que inmediatamente de llegado éste, tomaron al que habla, por la cadena con  que le tenían atado, y le condujeron al piso superior de la casa cuarte y le amarraron en una de las tijeras de la casa, donde permaneció suspendido toda la noche hasta las seis y media de la mañana que abrió la puerta el sargento de policía para conducirlo abajo, en donde tenían formada una escolta de siete hombres, listos para azotar a diez y seis marinos de la Capitana, los que fueron tomados de uno en uno, amarrados a una picota, desnudados de sus cotones, y aplicados a los lomos tan fuertes chicotazos, que casi quedaban exánimes y sin sentido; que después de concluida aquella cruel operación en esos infelices, se le dijo por el comandante dele que, en nombre de S. M. Mosquitia se le iba a  castigar lo mismo que aquellos que en vano suplicó se le dijera la causa de aquél atroz castigo; que en vano pedía se le dieran cuatro tiro, antes de ser azotado de aquella manera, pues cuando decía esto el que habla, estaba ya de improviso, asido de los brazos por dos robustos negros, desnudado hasta la piel, atado cruelmente a una columna, y azotándolo de tal manera, que perdió el conocimiento, llevado en peso a lugar a donde antes había estado preso, pues que por si solo no hubiera sido posible conducirse; de ahí permaneció tres días preso, sin permitir siquiera su viaje para Norte-América en el vapor de aquel mes, ni menos regresar para acá que a empeños de algunas personas como el vice-cónsul Sr. Tomas Manning, le permitieron regresar al interior, obligándose al Sr. Trinidad Salazar, comandante del puerto de San Carlos, que lo embarcaría inmediatamente sin permitirle ni un minuto estar en tierra; que así lo ofreció y lo cumplió el Sr. Salazar, viniéndose inmediatamente el día 28 con el que habla; que después en el fuerte supo por algunos marineros y el mismo  Salazar, que la bulla del 25 por la noche, fue en razón de que los policías obligaban a los marineros, de la manera mas brusca, a embarcarse y permanecer a bordo;  que ellos en número como de cientos treinta se les opusieron y los hicieron correr; que inmediatamente se armaron en numero de quince, y divididos  en partiditas, una por Beschor, otra por Green y otra por Dele, se dirigieron al sitio de las piraguas, en donde estaban los marineros para obligarlos a balazos a embarcarse; que como los marineros viesen que cualquier resistencia podía comprometerlos, huyeron a todos sus respectivas piraguas, sin evitarse por eso, de ser algunos de ellos fuertemente estropeados de palos y heridos de bayonetas; que lo dicho es la verdad que ha declarado, en ellos se afirma y ratifica, y firma conmigo  . Eleodoro Rivas – Raimundo Selva – Luciano Gutiérrez – Onofre Bones – Evacuada la  orden suprema, de devuelven en la misma fecha estas diligencias- Rivas.

Conforme -Ministerio de relaciones del S.G. del Estado Managua, abril 28 de 1850 – Salinas    amazon.com/author/csarcaralv

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