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Es llegada la Hora del Silencio….

Por JULIO ENRIQUE ÁVILA

Para Alfredo Camacho

Artista y Diplomático,

Embajador del Espíritu.

 

Es llegada la hora del silencio.

La hora interior

en que todo se expresa sin palabras;

porque las voces, las múltiples voces,

agitan sus alas inconstantes,

atolondradas y sin rumbo,

sólo en la superficie de las cosas,

en lo que está dorado por la luz

y acariciado por el viento

-cuanto más la forma, la melodía o el aroma-

pero no descienden al abismo,

al manantial de donde brota

el pensamiento, génesis de la vida.

 

Las palabras son hermosas – a veces-

bellamente coloreadas – a veces-

ágiles y cautivadoras –a veces-

pero como los pájaros,

como las mariposas,

buscan los huertos florecidos

y las pomas ricas de miel,

y huyen la aridez de los páramos

y las profundidades adonde no llega el sol.

No penetran al mundo en que se agitan

las raíces, a lo sombrío donde se incuba

el dolor del mundo.

 

Es llegada la hora del silencio.

La hora de la conciencia,

del auscultarse a sí mismo,

sin temor y sin orgullo,

de comprender sin espanto

la cosa miserable que es un hombre.

La hora de comprenderse..

De comprenderse!

Qué bondadosa y qué justa;

pero qué amarga y qué cruel

la hora del silencio!

 

Ya se atisba el oasis de la humildad,

el oasis de aguas amargas

que paladea el pecador arrepentido,

el que lleva todavía en las manos

la manzana intacta,

con los sentidos muertos

y una luz lejana en los linderos del infinito…

 

Es llegada la hora del silencio.

Pero el recuerdo, sin embargo,

se aferra tenaz a lo vivido,

hace repicar campanas en los horizontes,

arropa con celajes a las nubes,

y ofrece a las manos temblorosas

y ávidas, sus formas insinuantes…

La ilusión enciende su falaz linterna.

 

Allá lejana, lejana, muy lejana,

como clavada en el azul,

la plácida adolescencia,

los arrullos de las tórtolas

en los naranjos en flor,

los nidos, las mieles de chumelo,

y el tiempo leve, dulce al paladar

como una golosina…

Luego la juventud inquieta,

el beso casto de la novia,

el jazmín que se deshoja entre los dedos,

la obsesión del primer verso

y su desvelo inútil,

y el amable lazarillo del ensueño…

 

Después la lucha, la vida en torbellino,

la granada con sus labios de sangre,

la vanidad y el dolor de la pompa de jabón,

y el arrepentimiento,

como un cuenco de sal sobre la herida…

 

Mas es llegada la hora del silencio.

La ilusión ha roto su falaz linterna…

Y en el alma, trémula y asombrada,

entre las amapolas ya marchitas,

Ha florecido una azucena!

 

San Salvador, Dic. 13 de 1954

 

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