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A cien años de la Reforma de Córdoba (1)

René Martínez Pineda
Director Escuela de Ciencias Sociales, UES

El siglo XX tuvo un inicio prometedor –cuando el grito de los libros se puso a la par del tronar atroz de las bombas en Europa y del estallido de la revolución soviética- que no daba pie para imaginar que, tan sólo una década después, el llamado a ser el siglo-libro se convertiría en el siglo-sangre de las feroces dictaduras militares en América Latina. En ese inicio tuvo mucho que ver el movimiento universitario conocido, desde 1918, como La Reforma de Córdoba –una sublevación del cuaderno en blanco y del lápiz sin punta, a mí entender- el cual surge como una territorialidad política, social, intelectual, ideológica y cultural que rompió todos los esquemas y se rompe a sí misma de forma constante para ir readecuando la educación superior pública a las exigencias de la sociedad, sin replicar sus taras. Al menos esa fue la idea originaria: que la democracia se graduara con honores en la universidad para que luego ejerciera en la sociedad. Desde esa lógica dialéctica se constituyó, en el corto plazo, en un movimiento tan audaz como sui géneris en América Latina que instauró una frontera indeleble entre la tradición y la modernidad de la educación universitaria.
Sus secuelas prácticas en las multiformes reformas posteriores de la universidad pública son, muchas veces, contrarias al sentido de las agujas del pensamiento cordobés o, en el mejor de los casos, una mala interpretación de ese pensamiento o una aplicación mecánica en un contexto muy distinto, tanto en las características de la sociedad capitalista –que se pervierte en sus propias perversiones- como del estudiantado. Pero, no obstante ser así, siguen siendo válidos los principios de entonces, aunque su aplicación debe reacomodarse para no viciar tales principios con las mañas de la politiquería burguesa o el populismo inocuo de los tiranos.
En la agonía del siglo XIX (el siglo-expropiación), la élite estudiada del continente, al estar al tanto de las reformas en Europa (ya sea por medio de los periódicos o por sus constantes viajes de negocios o diplomáticos) encontró los elementos de juicio suficientes para increpar, en silencio, la metafísica colonial de la universidad por inamovible, providencialista, anacrónica, elitista e insular en su concepción de la lógica de la Ciencia y de la Educación Superior dividida en profesiones como estancos incomunicados entre sí. José Martí, en su aleccionador ensayo “Nuestra América” (el que volví a leer en el congreso centroamericano de sociología, 2018) construyó la imagen de la nueva universidad continental que, por vez primera, no fue una copia en miniatura de la vieja universidad de la Nueva España, o sea una universidad crítica y libre de los esquemas europeos antiguos, lo cual se tradujo en una propuesta de universidad abierta a la investigación científica, al saber universal, al pensamiento político y a los intereses populares (representados por los estudiantes), así como a las nuevas ideas sobre una democracia participativa y directa que se sustentaría, para alejarse del talante encomendero de la Colonia, en una cultura política democrática, no de súbdito, porque esa era y es la medida de ser libres a través de la cultura y del conocimiento. 
En las primeras décadas del siglo XX, intelectuales de peso (entre ellos: José Ingenieros, Ortega y Gasset, Rubén Darío y Mariátegui), arremetieron con firmeza objetiva contra la arcaica universidad enclaustrada en los vetustos modelos de pensamiento socrático y en los enfoques escolásticos platónicos que, escudados en la erudición de papel, no salían de sus aulas que estaban carentes de probetas sociales y culturales; que estaban carentes del vocinglero rumor de los estudiantes como símbolo entusiasta del imaginario popular que se subvierte para subvertir. Los almidonados sabelotodo fueron interpelados y pelados en público por los intelectuales con buena reputación internacional y, producto de ello, sus ideas fueron oídas ávidamente por las juventudes que hicieron del cambio (social y de paradigmas científicos) un objeto de estudio en mutación constante. Argentina fue el país ideal para iniciar una lucha intelectual de este tipo, pues, más que los otros países de la región, se sumergía de lleno en las relaciones de producción capitalistas subsumiendo en el capital las viejas formas del trabajo.
El ambiente intelectual era el propicio para la reforma porque el mapa geopolítico había cambiado, radicalmente, en el 1917 de Lenin. Por un lado, la Argentina que vivía una industrialización exitosa y culta se combinaba con la Argentina que mantenía una economía rural basada en la pequeña propiedad agrícola, dinámica y creadora de un mercado interno en expansión, lo cual significó convertirse en un crisol multicultural y multi-educativo incidido, sobre todo, por los ciudadanos europeos o con formación en las universidades europeas y en la palestra pública europea. Miles de inmigrantes, particularmente italianos (lo que les hizo creer a los argentinos, pocos años después, que eran tan europeos como ellos, hasta que descubrieron las coordenadas exactas de las Islas Malvinas, en 1982) engrosaron las filas de un proletariado fecundo que se organizaba en sindicatos y gremios y, con ello, le dio a Buenos Aires un vaho pequeñoburgués que buscó el camino de la Modernidad. 
En 1918 comenzó, en Córdoba, el movimiento reformista luego de una serie de tertulias espontáneas (en los cafés humeantes, líquidos y bohemios de un Buenos Aires que buscaba romper las fronteras vernáculas del horizonte ultramarino) que mostraron el camino directo hacia la modernidad desde la universidad. La noción sociológica y pedestre de una democracia de amplio espectro, pero sin espectros chocarreros; el impulso de las humanidades fincadas en el Humanismo como signo de la sociedad en pleno proceso de construcción de las ciudadanías en tanto “mea culpa” de los desmanes y expropiaciones del capital que nos dejaron con las venas abiertas; la vocinglera investidura de lo argentino que se convirtió en la investidura de lo americano fueron los principios básicos que quedaron plasmados en el manifiesto liminar de la reforma, dado a conocer el 21 de junio de 1918 en la Universidad Nacional de Córdoba. Como reivindicación de lo propio, en el manifiesto se afirmó que: “estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”… en la que se cuestionó toda la estructura burocrática, los soportes científicos y los componentes humanos de la universidad: funcionarios, profesores, textos, doctrina providencialista y hasta la disposición de los campus. Ese cuestionamiento supuso, sin serlo, que las bombas de la Primera Guerra Mundial hacían blanco en los cimientos de la universidad.

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