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30 de julio de 1975: “Odio a las víctimas que respetan a sus verdugos”

                                                         Jean Paul Sartre

Por Óscar Miguel Marroquín

La tarde era joven aún; los cipotes universitarios caminaban gritando y cantando a todo pulmón: “GORILAS HIJOS DE PUTA, LOS ESTUDIANTES SOMOS VERGONES”; esa era la consigna favorita del momento. Iban en dirección al paso a desnivel del Seguro Social; mientras la Guardia Nacional, fusil en mano esperaba la orden de disparar, disparar a matar. Para ese entonces, los salvadoreños éramos gobernados por un gorila, que es lo mismo decir, por el coronel Arturo Armando Molina; el presidente era parte de la continuidad de una dictadura militar. A manera de dato histórico, anterior a Molina tuvimos la desgracia de haber sido gobernados por un militar llamado Fidel Sánchez Hernández, a quien apodaban “Tapón”. Este fulano se fue a la guerra contra Honduras; dicen que por cosas del fútbol.

Previo a la masacre de los estudiantes, se celebra el certamen mundial de belleza Miss Universo; irónicamente, el gobierno del presidente Molina aprovechó el evento para asegurar que El Salvador era el “país de la sonrisa”. Claro está que, con tan irónico eslogan, burgueses y militares tenían como pretensión esconder los graves problemas; económicos, sociales y políticos, producto de la total ausencia de democracia; amplios sectores de la sociedad se acercaban inevitablemente al estallido de una posible guerra civil.

La oligarquía, generales y coroneles fracasaron en el intento por amedrentar a los estudiantes; los cipotes nuevamente salieron a las calles, los gritos de protesta y reclamo se extendieron a lo largo y ancho del país; la terquedad de la juventud se apoderó de las calles una y mil veces más; la torpe y criminal oligarquía no conoció nunca lo dicho por William Shakespeare: “La sangre joven no obedece un viejo mandato”.

Con premeditación, ventaja y alevosía, la detestable Guardia Nacional abrió fuego contra los estudiantes; este fue el preludio de nuevas masacres y asesinatos selectivos a manos de la sanguinaria Policía de Hacienda, Policía Nacional y los paramilitares de la Organización Democrática Nacionalista (ORDEN). Un botón basta para muestra; dos años después de la masacre de los estudiantes universitarios, Monseñor Óscar Arnulfo Romero increpó a Molina por el bestial asesinato del sacerdote Rutilio Grande junto a dos campesinos, crimen ejecutado por la Guardia Nacional, alias Escuadrones de la Muerte.

La rancia y nauseabunda oligarquía olvidó que los universitarios buscaban romper con el viejo y podrido estatus; buscaban un nuevo paradigma social, político y económico que nacía como parte de la dialéctica. Las familias más ricas y poderosas de El Salvador creían tener el derecho de matar o dejar vivir; la fuerza armada y “cuerpos de seguridad” nacieron como una especie de guardia pretoriana; en el campo y la ciudad, el verde olivo fue siempre sinónimo de muerte, tortura, desaparición o encarcelamiento.

Cabe recordar que, en 1970, ya había sido fundada la organización guerrillera Fuerzas Populares de Liberación (FPL). Esta organización decidió enfrentar por la vía armada a la ominosa oligarquía y sus sicarios a sueldo llamados Fuerzas Armadas de El Salvador. Quienes se creían dueños del país y de los ciudadanos sistematizaron la represión; es decir, nadie en su sano juicio podía haber creído que la represión contra las organizaciones populares fue nada más un capricho de los criminales cuerpos de seguridad; los oligarcas decidieron el camino de la aniquilación física de toda persona considerada por ellos de “comunista”.

La orden fue clara: asesinar a los estudiantes universitarios, es decir, se planificó y ejecutó un crimen a la sombra de la Constitución y de las leyes primarias. La Guardia Nacional fue instruida para utilizar armas reglamentarias, fusil alemán (G3) de alto poder de penetración para asesinar a los manifestantes y no para utilizar equipos no letales. Difícil sería creer que el presidente Molina actuó por cuenta propia; es decir, los oligarcas del momento y el gobierno norteamericano temían un posible efecto dominó[1] después del triunfo de la revolución cubana en 1959.

La masacre fue el preludio de una represión más generalizada, es decir, fue una muerte anunciada para un pueblo que exigía cambios estructurales; por ejemplo, los campesinos exigían reformar la tenencia de la tierra, pero a cambio, la oligarquía no solo se oponía a una reforma agraria por considerarla nociva a sus intereses. La Iglesia católica acompañó a los campesinos en su organización; la oligarquía vio esto como un caso de vida o muerte; en otras palabras, consideraba una posible reforma agraria como parte del avance del comunismo en El Salvador.

Medio siglo ha pasado ya desde aquella masacre y no han logrado apagar la llama no solo del recuerdo, sino también de la exigencia por conocer los nombres de todos los criminales: militares y civiles que dieron la orden de matar. Esto a manera de memoria histórica; por conocer, además, cuál fue la implicación de los Estados Unidos en este horrendo crimen. La herida continúa abierta, y por más intentos que hagan los nuevos sátrapas, el reclamo estará y seguirá siempre vivo. Una herida solo es posible cerrarla cuando los ofendidos conocen la verdad.

El relevo generacional de los estudiantes universitarios sigue elevando por lo alto el pensamiento del influyente poeta alemán Bertolt Brecht: «Señores, no estén tan contentos con la derrota (de Hitler). Porque, aunque el mundo se haya puesto de pie y haya detenido al Bastardo, la Puta que lo parió está caliente de nuevo».

La Guardia Nacional desapareció con aquellos acuerdos de paz firmados en Chapultepec, México; los cipotes universitarios no respetaron nunca a los esbirros, no hubo respeto alguno a los verdugos de aquel 30 de julio. La batalla en las calles fue campal, permanente y decidida. Los escuadrones de la muerte fueron derrotados por los universitarios.

Ahora, 51 años después, el grito no se apaga, crece ante la permanente injusticia: económica, social y política; se alza ante quienes inútilmente sueñan con repetir la imposición de una nueva dictadura.

 

[1] file:///C:/Users/HP/Downloads/Dialnet-CubaCincuentaAnosDespuesDeLaRevolucion-3235771.pdf

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